Hace cosa de un año que escribí un post reivindicando la calidad en las creaciones españolas en cuanto a la ficción televisiva se refiere. Anoche presenciamos un espectáculo ridículo con el estreno de Alatriste, por otra parte, serie condenada a muerte desde que se conocieron las primeras noticias de los problemas con la producción y, más aun, tras ver las promos que tanto bombo daba Telecinco y que tanto nos chirriaba a muchos. Como Dreamland (parece que los pasos están marcados para la inevitable tragedia), un proyecto ilusionante se ha quedado en tan solo un mal amago. ¿Qué es lo que ha fallado en la ficción para que el fracaso resulte tan evidente?

No siempre hemos fracasado en las adaptaciones

Que la tendencia actual sea la del hastío, la del tópico y la de lo contrario a la sorpresa no significa que llevemos toda la vida haciendo las cosas mal. La televisión pública puede presumir de contar con repertorio de adaptaciones que ha llevado a la pequeña pantalla con maestría, buen gusto y sentido del medio absoluto. Nombres como La Plaza del Diamante o Fortunata y Jacinta son muestra de que cualquier tiempo pasado fue mejor si hablamos de coger una novela, desmenuzarla y transformarla en un guión y posterior producto de televisión. Ojo, no juzgo ni que la serie sea mejor que la obra original ni lo contrario, sino la calidad de la adaptación.

En el caso de Alatriste, el desencadenante de este post, las comparaciones son odiosas. Si Pérez-Reverte conquista a su público lector a través de sus historias y de su conocimiento de los hechos (no puedo juzgar esto porque no he leído su obra, al igual que me es imposible criticar una serie que no he visto), en la serie todo parece de lo más caótico, improvisado y cutre. En la noche de su estreno todo parecía más propio de un teatro de colegio (de los más caros, por supuesto) que de una super producción como la que nos quisieron vender. Resulta obsceno que, a pesar del enorme presupuesto y de la infinidad de medios con los que contaban, no fueran capaces ni de caer en la cuenta de que una prostituta recitaba versos de Quevedo que le faltaban veinticinco años para ser escritos.

Nos gusta la cercanía. La necesitamos

Uno de los grandes secretos del éxito de las ficciones (no solo en televisión, sino en cualquier plataforma) es el de la identificación del público con los personajes y las situaciones que observa más allá de su propia realidad. Que Alatriste esté basada en el siglo XVII no implica que sea imposible empatizar con los comportamientos de los protagonistas y secundarios que conforman la serie. De hecho, hemos comprobado que el espectador puede llegar a identificarse incluso con ficciones de corte fantástico, donde a primera vista es poco probable que encontremos elementos de referencia. Es el caso de Game of Thrones y el boom surgido no solo a raíz del éxito de la serie producida por la HBO, sino por la fiebre lectora acrecentada desde el estreno de la ficción. Los devoradores de los libros y fieles seguidores de la adaptación en la pequeña pantalla la han elegido no solo por su cuidada estética o por el interés que suscitan las diversas tramas, sino porque es inevitable elegir a un “favorito” entre los protagonistas de la ficción.

Quizá sea demasiado pronto para sentirnos identificados con alguno de los personajes de Alatriste (dibujar el universo de una ficción en un solo capítulo está al alcance de muy pocos creadores), pero ni siquiera hemos sido capaces de reconocer las subtramas, las metas ocultas, lo justifique el porqué de las acciones de estas marionetas. Anoche tan solo vi intentos de miradas profundas, acompañados por una banda sonora inadecuada.

¿La tele que nos merecemos?

Me da mucha pena leer constantes tweets y comentarios en las revistas de información televisiva de espectadores resignados con la televisión que “nos ha tocado” tener. Pese a que Pérez-Reverte se lamentara de que Telecinco no fuera la HBO y de que España sea España, opino que ni una cadena generalista debe imitar los contenidos de un canal de pago (puesto que no poseen la misma función) ni el público de ésta debe permitir semejante desfile de morraja. Somos espectadores (algunos más activos, otros más pasivos) de todo lo malo que “nos merecemos”. Estoy cansada de que algunos títulos sean un “sí o sí” en la programación y de que se alegren al ver un número de dos cifras en las audiencias de la mañana siguiente como si de  un triunfo se tratara.