Vivir de la Tele

Creación, guión y mucha tele

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Autor: anamagdalenaq (página 2 de 6)

NaNoWriMo: 5 excusas por las que no participaré este año

Lo siento. Comienzo este post pidiéndome perdón a mí misma. Primero, por haberme creado ilusiones durante casi dos meses, por esperar con ansias este momento y por echarme atrás a última hora. Segundo, por lamentarme. A pesar de que solo he participado en dos ocasiones, el NaNoWriMo se ha convertido en un imprescindible: me permite liberarme de las ataduras que yo misma me establezco, escribo sin mirar atrás y tan solo me concentro en la cifra (y en que la historia se sostenga, aunque solo sea un poquito). Este año no va a poder ser, pero no dejo de pensar en la sensación que me produce el reto, el esfuerzo y la recompensa al final del proyecto.

5 razones/excusas por las que este año me pierdo el NaNoWriMo

1. No he tenido una buena idea que desarrollar en los meses previos al National Novel Writing Month. Qué le vamos a hacer, pero a veces la inspiración no llega, mucho menos cuando no quedan huecos libres en mi cabeza.

2. No he tenido tiempo de planificar. Con uno o dos conflictos puede diseñarse una buena historia, pero esta vez me ha sido imposible centrarme, pararme a ordenar las ideas (más bien, los atisbos de ideas) y comenzar lo que podría ser un buen borrador.

3. No he organizado mi calendario. Mirando hacia adelante, soy consciente de que noviembre se avecina bastante complicado para mí en cuanto a lo profesional. No puedo permitirme complicármelo un poco más, pese a que la recompensa de ver el número 50.000 en el contador de palabras sea de lo más gratificante.

4. No puedo perder más horas de sueño. Este verano conseguí la Mi Band de Xiaomi y me sorprende lo poco que puedo llegar a dormir y lo mucho que me cunden los días. Si, además de todo, tuviera que escribir más de 1.600 palabras diarias, no creo que llegara viva a fin de mes.

5. No tengo claras mis prioridades. Al contrario que me ocurrió en los dos años anteriores, en esta ocasión no estoy segura de si el NaNoWriMo debe ir por delante de todo lo demás, sobre todo, de mi trabajo actual. Sé que un borrador puede ser una inversión a largo plazo, pero ahora tampoco puedo pensar a largo plazo, sino que debo hacerlo al día. Quizá este sea el punto que más me apena.

Hazlo por mí

A pesar de que solo he participado en dos ocasiones, tengo clavada la espinita por no poder hacerlo este año. Sigo de cerca a los wrimos de España, quienes cada año organizan quedadas en Zaragoza y se animan mutuamente a través de las redes sociales. En esta ocasión, no puedo unirme a ellos en la lucha hacia las 50k, pero no perderé la pista de quienes hayan decidido escribir el primer borrador de algo que, seguro, será mucho más que el principio de algo. Personalmente, el NaNoWriMo ha provocado en mí la sensación de motivación por la escritura que quizá ahora me falta, por lo que me encuentro en una de las mayores contradicciones que se me han planteado nunca: no escribo porque no escribo y, si escribiera, escribiría.

Por ello, os animo a hacerlo: apuntaos al reto. Todavía estáis a tiempo.

Gran Hermano 16 y el porqué de mi desencanto

Cualquiera que me hubiera visto escribiendo el título de este post hace algunos años no se lo hubiera creído. Yo, defensora del formato a ultranza y consumidora compulsiva de todo lo que surgiera en las factorías de la mal llamada telebasura, creo haber llegado a un punto de no retorno en cuanto a mi percepción de los contenidos que podremos ver en la nueva temporada que se avecina. En conclusión y, aunque esto solo sea la introducción del post, Gran Hermano ni es lo que era ni logrará serlo jamás. Y ojalá pueda retractarme de esto que os digo cuando finalice la 16ª edición del concurso, pero ya me estoy temiendo lo peor…

Me adelanto a los acontecimientos y, claro, malpienso

Tras varias ediciones aguantando las soporíferas tramas programadas con calzador en la parrilla del reality, solo puedo pensar que lo que está por venir es poco más de lo mismo: historias de amor pasadas de rosca, mecánicas demasiado básicas, protagonistas faltos de acción de motu propio y “antagonistas” con aires de grandeza que tan solo llegan a eso, a aires. Atrás quedan los inolvidables participantes que revolucionaban la casa no solo con chillidos y comportamientos forzados como los que hemos visto en las últimas entregas, sino con verdaderos conflictos. Y cuando me refiero a conflictos no pretendo defender las broncas más que subidas de tono que hemos podido presenciar en ediciones como la tercera, la sexta o la onceava; sino al equilibrio de la mezcla de elementos que conforma un buen reality show: la lucha de egos, la escalada hacia el premio, la complicidad, la enemistad (y el enemigo común, muy importante en Gran Hermano) y la identificación con el público espectador. Todo ello conforma el conflicto, ya que los participantes deberán mantenerse en una continua elección de movimientos, pese a que nieguen la estrategia, con el fin de conseguir ser el último habitante de la casa de Guadalix de la Sierra. No quiero ser negativa, pero malpienso y creo que calibrar la balanza que lleva estropeada tantas ediciones va a ser una de las tareas más complicadas a las que se enfrentará la factoría encargada de dar vida al programa.

¿Qué necesito para reconciliarme con mi programa favorito?

Mientras que el conflicto no se crea solo y hace falta mucho trabajo para que las tramas resulten creíbles, para que el casting no resulte aburrido en mitad de la edición y para que, en conclusión, el público no se aburra. Y aunque con esta que comenzará en breve sean ya 16 las veces que Telecinco ha encerrado a desconocidos (y no tan desconocidos) en una casa para mostrarnos cómo reacciona el ser humano en un territorio tan hostil como aquel vigilado las 24 horas del día, soy de las que defiende que un programa puede renovarse y no caer en su propio cliché. No es tarea sencilla, pero considero que Gran Hermano 16 podría sobrevivir al desastre si tuviera en cuenta lo siguiente:

  • Un ritmo trepidante creciente: mientras que la primera gala es la más aburrida de todas, en las últimas entregas de mi reality favorito he tenido la sensación de ver las mismas reacciones durante semanas y hasta el final del recorrido del concurso. Una de las cosas que necesito para que la 16ª edición de Gran Hermano no sea la última (para mí) es una historia que enganche, un ritmo adecuado del relato y un buen tratamiento de los “hechos”, es decir, que se otorgue la importancia que merece lo que realmente lo merece. Algunos espectadores estamos cansados de ver cómo un concursante sobresale por encima de los demás, pese a que su importancia real no sea tal. Y aunque la percepción sea subjetiva, es resulta molesto que este fenómenos se haya repetido durante las últimas entregas, ¿quizá por falta de buen contenido?
  • Un buen casting: pese al tópico de la petición, Gran Hermano 16 necesita unos participantes dignos de ser recordados tras años y años de la emisión. Si os soy sincera, me cuesta recordar a la gran mayoría de los concursantes de las últimas ediciones, por tanto, han resultado innecesarios o nada trascendentes para el programa. Viendo el revuelo formado en redes sociales y el bombo que el propio reality ha dado en los medios, ojalá el “éxito total de la convocatoria” del que habla la organización no sirva para dejarnos la miel en lo labios. No me quito de la cabeza los grandes hermanos que han aportado más “chicha”: Carlos Navarro “el Yoyas” (GH2), Raquel Morillas, Patricia Ledesma, Kiko Hernández (GH3), Matías “Tone” (GH4), Aida Nízar, Ainhoa (GH5), Bea, Nicky (GH6), Pepe Herrero (GH7), Dani “el sucio” (GH8), Amor, Melania, Ángela (GH9), Almudena “Chiqui”, Ana Toro, Javier Palomares (GH10), Nagore, Tatiana, Indhira, Arturo(GH11), Chari, Rubén, Patricia Hurtado, Laura Campos (GH12), Pepe Flores, Daniel Santos, María Sánchez (GH12+1), Igor, Desiree (GH14), Lucía, Shaima, Alejandra (GH15). Como veis, la lista de imprescindibles fluctúa a favor de las ediciones intermedias, cargaditas de personajes clave para que las tramas más o menos largas en el recorrido del programa tuvieran sentido y enganche para el espectador. Sin embargo, ¿qué recordáis de Gran Hermano 15? Del triángulo Omar-Paula-Lucía, de la TSNR entre Azahara y Juanma, de la relación lapa-ameba entre Yolanda y Jonathan y de Loli echando las cartas en el confesionario… ¿Algo más? Porque yo, no.
  • Unas pruebas decentes: el sentido de ser de las pruebas que se realizan a lo largo del programa es el de comportarse como detonantes de los conflictos entre los participantes. Además de ello, también le sirve al espectador para conocer mejor los roles de cada uno de ellos. Sin embargo, si estas pruebas carecen de interés o resultan tan sencillas que no provocan las reacciones esperadas, no tiene lógica que sigan existiendo. O las quitan y nos dan a cambio más “metraje” de tramas, personajes y entresijos; o las diseñan con un poco más de gracia…
  • Un tratamiento justo del programa: tenemos la suerte de que Gran Hermano sea uno de los programas insignia de Telecinco. De no ser así, harían lo que quisieran con él: lo moverían por toda la parrilla si los datos de audiencia no son los esperados y marearían al público con estrategias televisivas y comerciales que se le escapan a la mayoría de los espectadores. En general, maltratarían tanto a los fieles seguidores del programa como al propio formato. Confieso que han habido ocasiones en las que me he sentido “maltratada”, sobre todo durante las últimas entregas del reality: aunque la formalidad en la programación no es uno de los puntos fuertes de las cadenas, no entiendo cómo se puede anunciar un contenido para su emisión a una hora y que se realice ésta minutos después (y cuando hablo de minutos quiero destacar que un minuto en televisión es algo tan preciado como el dinero, si no más), tras una avalancha de publicidad o contenidos que nada tienen que ver con lo prometido. Comprendo que el mercado publicitario haya caído en picado (como todo) y que debamos tragarnos más anuncios para que los programas sobrevivan, pero… ¿Es que no hay otras formas de publicidad, más novedosas y menos invasivas? ¿Por qué no investigamos un poco y dejamos a un lado todo lo arcaico? ¿O es que estamos acomodados?

 Habemus fecha y primera concursante

El domingo 13 de septiembre se estrena la 16ª entrega de mi reality favorito. Además, conocemos a la primera participante (aunque no sé si creérmelo del todo, ya que esta es la edición de los secretos) de este Gran Hermano, a quien han sorprendido en la rueda de prensa que el programa a dado para presentar lo que está por venir. Tras el despotrique, solo me queda soñar con que será la entrega del regreso a los orígenes, a las buenas historias y a los personajes que merezca la pena conocer a través de la pantalla. Como todos los años, nos han pintado la novedad como la panacea… ¿Nos lo creemos esta vez?

La televisión como servicio público 1: qué es, qué no y qué debería

Desde que me puse en marcha con este blog sobre televisión, lo que más me gusta del mundo, y sobre creación y crítica de lo que vemos en la pequeña pantalla, aprendo muchísimo a la vez que escribo. Os pasará a todos que, de una u otra forma, mantengáis un ritmo de publicación constante en algún medio de comunicación o tengáis que investigar a fondo sobre algún tema antes de escribir sobre este. Hace algún tiempo que publiqué un post sobre cómo, a mi parecer, Televisión Española no podía ser considerada una cadena pública y no pude evitar pensar en ello más allá del artículo. Tras analizar estrenos, leer información sobre lo más o menos nuevo y repasar los análisis de los títulos que mejores ratos me hicieron pasar frente a la tele, el debate del servicio público sale a flote en cuanto presenciamos la evolución de la cadena pública, hacia arriba o hacia abajo. Tras haberme pasado un tiempo buscando bibliografía sobre el concepto de servicio público en televisión, me encuentro con que hay mucho texto jurídico pero poca interpretación del mismo.

Definición de servicio público: la necesidad para la población/los espectadores

Según leemos en la ley 7/2010, de 31 de marzo, General de la Comunicación Audiovisual, la función de servicio público debe comprender la producción de contenidos destinados “a satisfacer necesidades de información, cultura, educación y entretenimiento de la sociedad española; difundir su identidad y diversidad culturales; impulsar la sociedad de la información; promover el pluralismo, la participación y los demás valores constitucionales, garantizando el acceso de los grupos sociales y políticos significativos”. Casi nada. Tras leer el texto jurídico y perderme varias veces entre tanto término técnico, creo que lo que debemos preguntarnos antes de entrar en el centro del asunto es qué entendemos por necesidades del público. En general, ¿qué es lo que espera la audiencia (en este caso, todos los ciudadanos) cuando se sienta a ver la cadena pública?; y, específicamente para este medio, ¿es un contenido exclusivo de televisión e imposible de trasladar a otros medios de comunicación? ¿Es realmente necesario para los espectadores?

Resulta casi imposible encontrar un solo programa que cumpla todas las premisas planteadas arriba, más aún cuando vivimos momentos en los que parece más importante satisfacer las necesidades de entretenimiento que las de conocimiento. Pese a lo general de la televisión (ya que posee contenidos para públicos de todas las edades y de, prácticamente, todos los gustos), es muy complicado generar un contenido que cumpla la función de servicio público en su totalidad, y por ello me planteo que quizá el secreto esté en las pequeñas dosis. Aunque el diseño, producción y emisión de un formato que respete todos los principios exigidos sea, más que utópico, antitelevisivo si somos realistas, el servicio público se cumple en aquellos programas que poseen matices del mismo y cubren las necesidades mencionadas. Sin embargo, debido a que los tiempos reducidos de la pantalla doméstica no permiten extensos discursos, resulta muy complicado.

El papel crucial de las Comunidades Autónomas en el servicio público en televisión

Según la ley General de la Comunicación Audiovisual mencionada arriba, las Comunidades Autónomas juegan un rol más que necesario para que el servicio público en televisión se ejecute como es debido. No solo a través de las herramientas de la estatal, sino con el apoyo de los canales que facilitan el acceso a una información y entretenimiento más cercanos al espectador por la inclusión de elementos “conocidos” para quien ve la televisión, la función de servicio público podría ser alcanzada si se cumplieran los principios básicos incluidos en el texto jurídico.

Pese a lo criticado de todas las televisiones autonómicas (el posicionamiento ideológico según los gobiernos del momento, lo “rancio” de ciertos contenidos y la repetición incesante de las mismas caras contando las mismas noticias y los mismos chistes), creo que no existe otra herramienta más útil y directa para desempeñar la función que hoy me preocupa. Mientras que la televisión nacional tiene que dividirse en públicos objetivos muy dispares, la dirigida a los habitantes de un territorio menor en extensión y similar en cultura tiene muchas más posibilidades de acierto. Por ello, es más fácil alimentar las necesidades de una audiencia con inquietudes y problemáticas similares. Aunque generalizar nunca sea recomendable, tiene sentido que empaticemos con los formatos que se acercan a nuestra cultura y que recojan las preocupaciones que nos atañen a nuestros semejantes (a los más semejantes, entre los semejantes).

Hablemos de ejemplos concretos. Con el fin de curso terminaba la tercera edición de La Báscula en Canal Sur (televisión pública de Andalucía), programa que cerraba su andadura (hasta la próxima temporada) con un share más que aceptable y mantenido semana tras semana. El espacio se ha popularizado entre los espectadores de la comunidad autónoma ya que reúne una serie de claves que lo convierten en un espacio ideal para la franja donde se emite y para el público al que está dirigido: además de ofrecer las guías para mantener una vida saludable, es tan divertido como didáctico. De entre todos los elementos del formato, destaco la capacidad de generar empatía entre los participantes y el público, ya que cualquiera puede conseguir las metas que el programa propone desde la pequeña pantalla. Además, La Báscula se reafirma como servicio público al mostrar la realidad de todos los grupos que convivimos en el territorio: tal y como reza la definición jurídica, este programa promueve el acceso de los diferentes colectivos sociales, que se ven representados en el espacio reservado para la noche del domingo, en prime time y con grandes anunciantes. Tal ha sido la repercusión de este espacio que la comunidad de Aragón se ha hecho recientemente con el formato, el cual se emite en la actualidad y es presentado por Luis Larrodera.

Lo que no es servicio público

El revuelo surgido y tras la elección, difusión y defensa de algunos de los contenidos de la televisión pública es más que conocido, denunciado y no corregido por parte de los responsables. Aunque existan excepciones como Alaska y Segura (o Coronas en su temporada anterior) y Saber y Ganar, ejemplos de la novedad y la tradición en el servicio público de Televisión Española y de cómo sí se deben hacer las cosas; todavía hay mucho camino que recorrer.

El año pasado estudié durante las tardes y pude disfrutar de la programación matutina. Me tragué cientos de entregas de Espejo Público, Al Rojo Vivo, El Programa de Ana Rosa y Las Mañanas de Cuatro. Por supuesto, también lo gocé viendo como Mariló Montero metía gamba tras gamba en el magacín que la pública le dejaba presentar. Todos estos espacios tenían multitud de similitudes, pero encontramos una que nos interesa en este caso y que destaca por encima de todas las demás: aunque la televisión sea un instrumento para el desarrollo del servicio público, esta franja en la programación está desierta de tal elemento. Por supuesto, La 1 tampoco lo cumple. Y pese a lo showoman del personaje que encabeza el programa, lo televisivo que resulte su discurso (sobre todo, a la hora de contestar a las críticas) o el poder viral de sus pifias, resulta vergonzoso que La Mañana pretenda convencer a alguien de que el aroma del limón cura el cáncer  o de que los órganos de un donante contagian con la personalidad de este al receptor. Mientras el magacín de TVE debería formar, culturizar, informar y entretener, yo solo encuentro una comedia absurda, más cercana a la línea surrealista de Amanece que no es poco que de la línea (más bien, de la veracidad) que debería mantener la televisión pública.

Y si hace algunos párrafos enumeraba aquello que me gusta de la oferta de servicio público de la autonómica de Andalucía, también tengo que decir que Canal Sur no es en absoluto la panacea. Por sus platós hemos visto desde niños-loros que recitaban unas cuántas líneas de un guión que no llegaban a comprender para provocar las risas de las señoras (público objetivo de este tipo de espacios, despatarradas casi literalmente en el graderío mientras Juan y Medio no sabía muy bien dónde meterse) hasta las miserias más miserables presentadas en la pequeña pantalla a modo de buffet libre: como el plato de comida asíatica que aparece por la cinta y recorre poco a poco el lugar, exponiéndose en todo su esplendor, mientras espera a ser rescatado por el comensal más hambriento del local. Así trabajaba Toñi Moreno en Tiene Arreglo, con la rifa de penurias en el escaparate de la pública andaluza. Y así le hicieron llegar semejante zasca por vía telefónica cuando se llevó (su equipo, con ella misma incluida en el cupo) el programa a Televisión Española.

¿Mostrar sin pudor cómo sufre una familia y aprovecharse de semejantes circunstancias puede englobarse en la función de servicio público de la televisión? No sé a vosotros, pero a mí se me pone la piel de gallina de solo pensar que toda la tele estuviera basada en el morbo de la tristeza y el sufrimiento ajeno. Y que lo haga una cadena privada me parece hasta lícito (que no moral. Al fin y al cabo, si rechazo un contenido tampoco simpatizo con sus anunciantes. O si no, que se lo digan a La Noria…), pero que la pública no tenga claros cuáles son los principios que debe cumplir me parece terrible. Al menos, los que tiene que evitar por sistema. A pesar de que sean únicas en su especie y, por tanto, exclusivas del medio televisivo, ni por esas encuentro un matiz para considerarlas dignas de los espacios que han ocupado mientras miles de personas esperábamos el despertar de la pequeña pantalla, de la nuestra, porque es nuestra. Ya que la estamos pagando, ¿por qué ibamos a dejar de criticarla?

Sin Identidad y el despegue de la ficción nacional en televisión

Cuando el año pasado comenzó a emitirse Sin Identidad, una serie muy promocionada en la cadena y de la cual no esperaba mucho más que un ligero entretenimiento, sentí que algo estaba cambiando en nuestra televisión. Tras la miniserie Niños Robados, emitida en Telecinco algún tiempo antes y la cual ya abordaba la temática que sería el trasfondo de la ficción escrita por Manuel Ríos San Martín, parecía que no podría sacarse más provecho a las historias contadas por madres e hijos que fueron separados años atrás en una España que hoy nos cuesta reconocer. Sin embargo, Sin Identidad ha roto unos moldes que parecían permanentes. Tras el cierre de la serie estoy tan satisfecha como entristecida.

Estoy satisfecha gracias a un desarrollo de la acción en crecimiento y en constante vaivén, de subidas y bajadas en la historia para mantener al espectador en vilo durante cada capítulo; gracias a la creación de personajes reales, redondos y sorprendentes y gracias a un discurso innovador que, aunque sin alejarse del todo a lo comercial que exigen las cadenas privadas generalistas para rellenar su prime time, no venía a ser lo mismo de siempre, lo mismo de lo que ya nos hemos cansado. Por otro lado, me quedo tristona al haber puesto punto y final a una serie que me tenía realmente enganchada. De Sin Identidad me ha gustado casi todo, más aun cuando apenas nadie se había atrevido a crear un producto tan completo pero, a la vez, tan arriesgado: aunque sea cada vez más común, usar un tema de actualidad como contexto o, en este caso, detonante de la acción, no suele verse en las ficciones españolas de televisión. Más bien, se tiende a evitar por “no meter la pata”. Parece que hemos perdido el miedo al riesgo catódico del contratiempo y yo no puedo hacer otra cosa que alegrarme.

Si todavía no has visto Sin Identidad o te perdiste los últimos capítulos, te recomiendo que no leas más. Esta entrada está llena de SPOILERS. Así que, ¿por qué no te pones al día a la carta?

Una historia bien atada y un guión creíble

La primera sorpresa de Sin Identidad fue su planteamiento: María, una chica perteneciente a una familia acomodada, descubrían que era una niña robada tras una revisión médica. En este punto, decide buscar sus orígenes y se encuentra con Fernanda, su madre biológica; y Amparo, su hermana melliza. En el reencuentro y en la posterior presentación de su familia de sangre a su familia en el papel, conocerá que Enrique, su adorado tío, pertenecía a una trama de venta de niños. A partir de aquí, todo se complica: María, no conforme con las explicaciones ni de su madre ni del resto de su familia, decide emprender su propio camino para conocer el centro de la cuestión. Sin embargo, las trabas que encuentra en el trayecto son cada vez más llamativas y arriesgadas: desde un matón que se alía con su hermana melliza para ambos beneficiarse del plan maquiavélico de Enrique hasta una banda de trata de blancas, que sirve como punto de referencia en la estructura in media res de la ficción.

Pese a lo arriesgado del argumento, el guión que conforma el esqueleto de Sin Identidad es bien claro y no da rodeos. Desconozco si el final de la serie se conocía en el momento en que se cerró la escritura de la primera temporada, pero todo ha tenido sentido a medida de que narración avanzaba y no ha perdido “seriedad” por el camino. De hecho, la evolución tanto de la trama como la de los personajes ha mantenido un ritmo no solo correcto, sino necesario para que el espectador se enganchara: mediante pequeños saltos o cliffhangers, Sin Identidad permanecía en una continua subida de escalera en cuesta, es decir, desde abajo hasta arriba con una inclinación considerable, para dar un salto que dejara al capítulo en el borde del precipicio. Aunque tuviera que adaptarse a los criterios de los contenidos que estamos acostumbrados a ver en nuestra televisión, no ha pecado de explicar en exceso ni de demasiado previsible. Sin haber contado con sorpresas infartantes (no podemos pedírselas a una ficción creada para este panorama, todavía inmaduro), ha alimentado la curiosidad y la intriga en un grado notable.

Pero lo que más me gusta de Sin Identidad es cómo ha sabido mojarse sin salir empapada. Y me explico: ha criticado a los gobiernos, a las empresas farmacéuticas y a las fundaciones que utilizan sus organizaciones para lavar dinero y realizar fines bien distintos a los originales, todo ello justificado por la trama y contado a través de un guión correcto. En contra de lo que ocurre en gran parte de las series dramáticas nacionales, donde parece rechazarse de forma automática, la actualidad es no solo compatible con la ficción, sino que aporta riqueza y credibilidad al relato. Tras el buen uso de este elemento en la serie que terminaba la semana pasada en Antena 3, solo me queda cruzar los dedos para que sigan escribiéndose productos críticos e inteligentes para el gran público que, gracias a una educación audiovisual cada vez de mejor calidad, tolera y disfruta de una mayor oferta.

Ausencia de antagonistas puros: el profundo diseño de los personajes

Es aquí donde tuve más prejuicios con Sin Identidad. Desde que vi las promos de la serie y Megan Montaner se presentaba al público como una vengadora con naturaleza superheróica, pensé que aquello sería una ficción de acción por acción (sin fundamento) y que no iría conmigo. No podía estar más equivocada: desde el primer capítulo encontré una serie de personajes que me cautivaron, pese a lo prematuro de la sensación: una abogada, aunque joven, luchadora y curiosa; un abogado convencido de sus principios (aparentemente), un especialista informático que lo da todo por alguien a quien apenas conoce, una hermana desconocida egoísta y desorientada, una madre frustrada en todos los sentidos de la vida, un primo desgraciado y un tío encargado de la siembra de tal desgracia en toda la familia. Visto así, bien parece que Sin Identidad no es más que una ficción de corte familiar con una estructura más adecuada a las telenovelas que a  una serie dramática de prime time, pero también es cierto que dentro de los círculos más reducidos y estrechos es donde se desarrollan las problemáticas más jugosas. Más aun si a esto le sumamos una trama, primero de investigación y, después, de venganza.

El diseño de los personajes de esta ficción es uno de sus puntos fuertes: aun basándose en el principio del protagonista contra los antagonistas, no cae en los tópicos que hemos visto en otras historias de luchas de egos. En este caso, no hay ni buenos ni malos, pues los buenos ejecutan malas acciones y los malos pueden actuar en ocasiones bajo un sentimiento bueno. El ejemplo perfecto es el de Amparo, la hermana melliza, quien comienza realizando sus planes por culpa del interés y el egoísmo y acaba ejecutándolos por el bien de su hijo y con una gran culpabilidad por haber traicionado a María. Bruno, el primo de la protagonista de la serie, también se desdobla: pese a ser un personaje de lo más cretino, desarrolla sentimientos positivos hacia su mujer y hacia su hijo. En Sin Identidad no existen antagonistas puros, pues hasta Enrique Vergel es capaz de querer a su nieto y de mostrar una ternura que solo consigue aflorar cuando está con él.

Lo que yo no hubiera hecho (ni haría en el futuro)

A pesar de la buena sensación que me deja el desenlace de Sin Identidad, creo que la crítica aporta riqueza al producto. Por eso, no podía quedarme con la espinita: claro que ha habido cosas de esta serie que no me han terminado de gustar, pero tampoco esperaba que fuera perfecta (nada lo es).

Aunque no he podido revisionar la primera temporada, recuerdo que no me convencían las secuencias de la cárcel china. Sin embargo, con el tiempo cobraron sentido. Quizá sería que no estábamos acostumbrados a los cold opens de las ficciones patrias en televisión y, si no nos lo dan picadito y para que lo entendamos, nos chirría. Y me incluyo, qué le vamos a hacer, pero tras una vida consumiendo productos calcados, cuando viene una serie (para colmo, ¡española!) a cambiarnos todos los esquemas nos cuesta asimilarlo. A pesar de todo, la primera impresión que me dio fue muy buena.

Enumero aquellos puntos que no me convencieron en su momento y los que creo imposibles a estas alturas:

  • Un final feliz, en exceso: tras dos temporadas llenas de tensión, intrigas y un mal rollito generalizado no solo entre María y su familia, sino hasta en sus círculos exteriores pero participantes de su venganza, choca que la ficción termine de la forma más feliz posible:  habiendo llevado a cabo lo que había maquinado y con un resultado tan sumamente satisfactorio. Tras ver la última secuencia del último capítulo, aunque escuchemos una narración en off donde se hace referencia a las víctimas que han quedado por el camino, parece que María es la misma que la del primer capítulo a pesar del altísimo precio que ha debido pagar por su venganza: una niña bien que lucía una larga cabellera y trabajaba como abogada sin mayores preocupaciones. Echo de menos que la evolución del personaje se haga patente en el final de la ficción, que veamos una huella de lo que ha hecho y de en lo que se ha convertido.
  • Un final alternativo: en este punto he tenido mis dudas, pues no sé todavía si me pareció adecuado o lo hubiera omitido. Que Sin Identidad no terminara en la última secuencia, sino que se añadiera un trozo más de relato pudo servir para no cerrar la ficción de forma definitiva y así aportar una especie de conclusión abierta para que la sensación del espectador fueran más satisfactoria, si cabe. Sin embargo, yo no compro esta estructura “tramposa” si no va a ser desarrollada en un futuro, pues sino da la sensación de que el resto de la serie no tiene tanta importancia como las últimas frases del guión.
  • Una tercera temporada: tras el final de Quique, sacando la fortuna de su tío para vengar su muerte y comenzar otro ciclo de venganza, muchos espectadores se alimentaban a base del falso hype producido por la ilusión de ver una tercera temporada de Sin Identidad. Sin embargo, creo que esta ilusión no queda más que en eso. Que hubiera otra entrega para contar una historia totalmente distinta no solo rompería con la línea que hemos visto durante este tiempo, sino que caería en el error de narrar los mismo con distintos personajes, por lo que tengo la sensación de que perdería mucho de su encanto.

 

¿En conclusión? Un magnífico sabor de boca

Sin Identidad ha resultado ser la tregua que muchos necesitábamos. Con el manido tópico todavía presente de que aquí no se hacen buenas series, vino y lo rompió para llenarnos de orgullo a quienes defendemos la creación y a los creadores patrios. Ahora, solo espero que los guionistas sigan teniendo trabajo, que a los productores no dejen de ocurrírseles buenas ideas y que las cadenas sigan abiertas a propuestas arriesgadas. Para mí, un sobresaliente.

Vuelvo a escribir: la dificultad (y la satisfacción) de engrasar la maquinaria

Desde que llevo una vida tan frenética como ordenada he dejado de lado lo que más alegrías y berrinches me produce: no he vuelto a coger un folio y a garabatearlo, a darle forma a unos personajes y a complicarles la existencia de la forma más cruel y placentera tanto para mí como para quien los observe desde fuera. Tras varias semanas pensándolo en serio, hoy he decidido finalizar este periodo de barbecho y, volver a escribir y recuperar los proyectos que tenía guardados en un cajón.

Lo reconozco: como Dani Mateo, soy emprendedora porque inicio muchos proyectos, pero rara vez termino uno. Me ilusiono con demasiada facilidad y me resulta muy complicado dar por finalizados los jaleos en los que me meto. Y como no tengo excusas, me confieso en este espacio que es tan mío como de quienes me leéis.

Escribir: lo que me motiva y lo que me satura

Tengo la suerte de que me apasione algo que no tiene fin, al menos, a largo (larguísimo) plazo: la televisión, por mucho que se empeñen algunos en eliminarla del imaginario cultural universal, es un elemento siempre presente, en constante evolución y sorpresa para lo que nos gusta admirarla y desengranarla. Ahora estamos presenciando un periodo de cambio en la ficción nacional y, por suerte, no he dejado de comentar los nuevos contenidos que han ido aterrizando a nuestra pequeña pantalla. Sin embargo, en Vivir de la Tele no hablo de estrenos (a no ser que necesite un poco más de palabras, análisis o una visión distinta a la que aporto en Perdidos en la Tele), sino que voy más allá de lo que veo. Y esto, es una de las cosas que más me motivan para seguir escribiendo, no solo aquí, sino fuera de la “jaula” del post.

Sin embargo, la falta de tiempo y el “querer llevar todo para delante”, como decimos por el sur, son elementos incompatibles en lo que a la productividad efectiva se refiere. Porque sí, me considero una persona muy productiva: me paso el día pensando en todo lo que tengo que hacer y lo ordeno en mi cabeza para que, a la hora de la verdad, la maraña de tareas no pueda conmigo; pero la autoexigencia extrema que llevo practicando desde que iba al colegio no me permite dedicarle tan solo cinco minutos al día a este blog. O blanco o negro: o me siento y paso tardes enteras recopilando información, estructurando un post y, finalmente, escribiéndolo y publicándolo; o no hago nada. Y esto, es lo que me satura.

Aprendiendo a situarme en el ecuador de los estados

Y digo estado con minúscula, refiriéndome a los estados que experimento cuando Vivir de la Tele me viene a la cabeza. Y no solo por el blog, sino por todo lo que debería estar haciendo y no hago. Hace un año que decidí que un proyecto debía reposar algún tiempo, y me temo que ya ha tenido el descanso suficiente. Sin embargo, desempolvar las páginas escritas tiempo atrás me resulta una de las tareas más complicadas del mundo. Por suerte, no he dejado de trabajar en estos meses de parón y no he olvidado cómo golpear las teclas de mi ordenador. Algo es algo, ¿no?

Aunque todavía no me atrevo a lanzarme a la piscina de la reescritura (del repensamiento y del replanteamiento de todo lo que tenía claro, más bien, de lo que creía tener claro), sí que estoy en pleno proceso de preparación de lo que está por venir: quiero crear algo antes de que acabe 2015, algo más corto que extenso, y quizá pueda ser el comienzo de algo que puede alargarse. Sin embargo, hay que comenzar a engrasar la máquina antes de someterla a una carga de trabajo a la que no está acostumbrada porque, si no, puede romperse. Y en ese punto me encuentro, en el de “desacomodarme” y en el de ponerme en marcha.

Por suerte, y aunque no me haya parado a escribir, no he abandonado el proyecto ni un instante. Una profesora del Máster en Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual de la Universidad de Sevilla nos contó que si nos levantábamos con una idea en la cabeza y nos acostábamos con la misma, sería por algo. A mí me ocurre… ¿Será por algo? Quiero descubrirlo.

Más que de 0, empiezo de -5

Arrancar un coche que lleva años encerrado en un garaje es, más que complicado, casi heróico. Aunque mi caso no es comparable, me siento como si llevara años sin teclear una letra y la simple visión de la plantilla en blanco hace que el corazón me de un vuelco (pequeñito). No hay nada que me haga más feliz que escribir (más bien, que haber escrito, a lo Dorothy Parker) pero, a la vez, no hay nada que me resulte más trabajoso que sentarme en mi escritorio, eliminar el “ruido” que me desconcentra y sacar algo productivo de toda una tarde dándole vueltas al coco.

Ojalá todo esto me lleve hacia alguna parte y, si no lo hace, tampoco pasaría nada. He disfrutado mucho en el primer proceso de creación, que va desde el NaNoWriMo de 2013 hasta junio del año pasado. Un año después, tras ver las cosas desde la barrera y de convencerme de que mi proyecto no es tan ajeno como a veces he tenido que creer (obligándome a desvincularme tras haberle cogido demasiado cariño), vuelvo a la carga. Ahora comienza el segundo proceso, más bien, la segunda parte de un gran proceso: vuelvo a los mapas de tramas, a los corchos llenos de hojas, a las carpetas y carpetas desperdigadas por mi ordenador, a las copias de seguridad y a las pérdidas de sueño en mitad de la noche. Por supuesto, vuelvo a la libreta junto a la cama, ya que nunca se sabe cuándo puede pillarte la inspiración ni cuál será la idea que haga de mi proyecto un conjunto redondo.

¿Me ayudáis a no perderme en este viaje? Como apoyo del blog, hace poco que he creado un newsletter quincenal donde iré contando aquellas cosas que influyen en mi proceso de trabajo, para bien y para mal. Si, como yo, eres un “culo inquieto” y no puedes estar más de cinco minutos sin hacer nada, suscríbete y ayúdame a no rendirme. Escribir es tan sufrido como satisfactorio. ¿Seguimos luchando?

Transmedia: cuando la televisión traspasa la barrera de la pantalla

El transmedia está de moda. Quizá sea la primera vez que te topas con este término desconocido o quizá, como me ocurre a mí, estés un poco saturado de encontrártelo allá adonde vayas. La narración transmediática funciona de la misma manera que un río: una historia es contada a través de distintos afluentes gracias a la participación de los consumidores de la misma, los cuales achican aguas o abren nuevos canales para que los contenidos circulen con libertad. Pese a la complejidad que entraña este sistema, El Ministerio Del Tiempo es el ejemplo perfecto para ilustrar un término que a muchos se nos escapaba.

En la variedad está el gusto: la multiplataforma

El final de la primera temporada de la ficción que ha despertado del letargo a los espectadores desencantados con la programación nacional ha supuesto el comienzo de una era: la del crecimiento hacia otros géneros nunca vistos en nuestras pantallas y en soportes que se salen de ella para dotar de riqueza a los contenidos. Acostumbrados a ver las series desde nuestro sofá, sin más dispositivo que el smarphone por si sucediera algo digno de ser comentado en las redes, El Ministerio Del Tiempo cambia la concepción de visionado gracias a la multitud de plataformas que surgen a su alrededor. Desde el podcast hasta la televisión online, la experiencia calma la curiosidad de los espectadores que no se conforman con los 70 minutos aproximados de capítulo semanal ni con el especial emitido tras este en la misma cadena.

Queremos saber más, no nos conformamos con consumir aquello que nos ofrecen a través de los canales habituales. Por suerte, la multiplataforma es uno de los elementos que caracteriza a la ficción creada por Javier y Pablo Olivares como única. Dentro del maravilloso universo elaborado no solo por ellos, sino por los seguidores, encontramos un especial emitido tras el episodio, un podcast, un programa de televisión online y una mastodóntica carga de contenido generado a través de las redes sociales, en Facebook y Twitter, por usuarios ajenos al proceso de escritura de las tramas y diseño de los personajes. Gracias a este último punto, El Ministerio Del Tiempo ha cruzado la barrera de la emisión nacional y ha impregnado de ministeria hasta a los espectadores situados en América Latina. Aunque el público que sigue la serie a través del canal online no se ha tenido en cuenta hasta febrero en la elaboración de las audiencias “oficiales” (las que elabora Kantar Media), la carga es más que significativa cuando con tan solo tres capítulos emitidos acumulaba un total de 263.000 visionados a la carta.

La clave de la revolucionaria ficción que acaba de emitir la cadena de televisión pública ha sido la retroalimentación entre los canales: mientras cada capítulo despertaba un interés especial en los espectadores, estos se valían de las redes para calmar (o potenciarlas, según se vea) sus ansias de Ministerio. Por otro lado, los contenidos “extras” que han surgido a partir del producto más convencional (que no central, ya que para considerarlo transmediático no puede haber un centro, sino varios elementos surgidos al mismo tiempo) han enriquecido los contenidos base de una forma más que significativa: conocer más de la historia ayuda no solo a que la comprensión de cada episodio sea más efectiva, sino que potencia la búsqueda autónoma de los porqués que quizá se nos escapen.

Pero lo que más ha llamado mi atención desde que la ministeria comenzó a ser una tendencia digna de ser estudiada ha sido la creación de perfiles en las redes sociales que imitaban los comportamientos de los personajes de la serie. El fandom no solo impregna las redes en su potencia más básica, a través de la discusión surgida gracias a los hashtags y a medida que se disfruta de la entrega semanas; sino que va más allá de la realidad, si entendemos realidad como lo que veíamos en la pequeña pantalla cada lunes y estaba escrito en el guión de los hermanos Olivares, José Ramón Fernández, Anaïs Schaaf y Paco López Barrio. Así, mientras que algunos seguidores interactuaban en Twitter bajo la identidad de personajes como Irene Larra, Alfonso de Entreríos, Ernesto Jiménez o incluso la esposa fallecida de Julián; otros daban rienda suelta a su imaginación y utilizaban el escenario del Ministerio para crear historias paralelas. Marcos Muñoz escribe fan fics profundizando en lo que ya se cuenta en la serie, aportando novedad al relato y alimentando la curiosidad de los que se quedaron con ganas de más tras el episodio de obligado vistazo.

Transmedia y televisión: ¿un modo de visionado incompatible con el espectador estándar?

Es cierto que la multiplataforma permite al público un enriquecimiento del proceso de consumo que se escapa de lo habitual (al menos, de lo que conocíamos hasta hace algunos años). Sin embargo, estos nuevos espectadores no son los únicos que disfrutan con la ficción, sino que los consumidores tradicionales de sofá y mando a distancia también han tenido parte de culpa de la renovación de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo.

Aunque nadie conozca a nadie que tenga audímetro en su casa (en caso contrario, por favor, ¡manifíestense!), todas las mañanas nos levantamos con los datos arrojados por Kantar Media y nos alegramos o nos sorprendemos según si nuestros contenidos favoritos del día anterior han obtenido buenos o malos resultados. Bien es sabido que El Ministerio del Tiempo no sacaba todo lo mejor de sí en cuanto a las audiencias tradicionales, debido a la guerra del share que se libraba cada lunes en la televisión (luchaba contra Bajo Sospecha, una de las apuestas de Antena 3 para los contenidos de ficción, que se llevaba a gran parte de la tarta), pese a que en redes sociales hubiera provocado tan movimiento.

El universo del entretenimiento en general crece a pasos agigantados. Para ciertos usuarios, la televisión se ha convertido en una herramienta que depende de forma directa de la conversación en la red, aunque también es posible verla de forma independiente puesto que la totalidad del relato se comprende sin necesidad de elementos extra. En este caso, que El Ministerio Del Tiempo tenga naturaleza transmedia no impide su acceso a una parte del público objetivo del prime time de TVE: el espectador estándar, más mayor que el multitarea y multiplataforma, alejado de las nuevas tecnologías y que disfruta de la televisión en familia o en solitario, sin otros dispositivos que lo “entretengan” del visionado.

Para mí ha sido el descubrimiento del año. Que la televisión pública apueste por una ficción novedosa, no en cuanto a historias, sino en métodos para contarlas, abre una puerta que creía cerrada en el panorama que nos queda más cercano a los que disfrutamos de la pequeña pantalla. Pese a los disgustos que nos llevamos cuando nos enteramos de las burradas que se cometen en un servicio pagado por todos, es inevitable que se nos escape la lagrimita cuando contenidos como El Ministerio Del Tiempo aterrizan, son bien cuidados y valorados como se merecen: no solo como títulos que solo recordarán los más frikis, sino como las míticas creaciones que Televisión Española solía hacer y parecía haber olvidado el método. Como Fortunata y Jacinta, Verano Azul, La Plaza del DiamanteAnillos de Oro, Los Gozos y Las Sombras o Cuéntame Cómo Pasó. Por El Ministerio Del Tiempo no pasarán los años que la desgasten… Como las buenas series.

IMAGEN: Alex Muñoz, magnífico ilustrador, me presta su creación de El Ministerio Del Tiempo para dar color a este post. De nuevo, ¡mil gracias! La imagen no se ve al completo, pero podéis hacerlo aquí mismo.

Disculpad el paron de casi un mes que ha sufrido el blog. Como diría Loulogio, me ha surgido un imprevisto: la vida. Sé que no es excusa, pero todavía tengo que acostumbrarme a un ritmo que no termino de dominar… ¡Volveré pronto! Lo prometo 🙂

Las series que podrían haber sido buenas: de tramas tópicas y personajes insulsos

Tras el espléndido desfiles de nuevos contenidos de ficción que presenciamos en estos momentos, parece que todo lo que consumimos o hemos consumido recientemente esté cubierto de un halo de calidad. Es cierto que desde el último año asistimos a estrenos de televisión sorprendentes que indican que algo está cambiando, aunque poco a poco, en un panorama que parecía anclado en los gustos de la famosa señora de Cuenca. A pesar del despertar de los directivos en cuanto a las nuevas tendencias, del reciente (y no del todo cierto) gusto por el riesgo en la producción y realización de series y en la educación paulatina de los espectadores ante unas estructuras y personajes desconocidos hasta ahora, todavía encontramos señales que indican lo lejos que estamos de considerar que todo el camino está andado.

¿Por qué no terminamos de despegar?

2015 está resultando un año de sorpresas: si muchos nos maravillamos ante el estreno de El Ministerio del Tiempo y tememos la posibilidad de que Televisión Española decida no renovarla (por pura inconsciencia de no saber que tiene entre manos un producto de culto, mezclada con un interés comercial incompatible con su naturaleza de cadena pública) también nos espantamos ante creaciones que parecen haber nacido hace décadas. El mundo parece avanzar demasiado rápido para según quienes, los que prefirieron quedarse anclados en las tramas ligeras y tópicas, en los personajes que no dan más de sí y en alimentar las necesidades de un público (quiero pensar que mínimo) que se conforma con poco. Por suerte, la tendencia indica que los creadores y los encargados de dar el visto bueno a los contenidos presentados tienen menos miedo al fracaso que hace algún tiempo, lo que propicia que las ficciones que hoy vemos en nuestra televisión tengan un mínimo de consideración entre una crítica más que resabiada.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Pese a que el público español no tenga nada que ver con el internacional (los hábitos de consumo y gustos son distintos), llevamos mucho consumiendo ficción extranjera y asimilando unos gustos impensables hace dos décadas. A los que disfrutan con Homeland, Six Feet Under, Broachurch o Community entre otras, se nos quedan cortos los personajes planos, las tramas insulsas y las historias poco arriesgadas que nos presentan en series como Los Nuestros, FamiliaBajo Sospecha o Dreamland. Menos la última mencionada, que es un caso aparte digno de análisis exhaustivo, podemos atrevernos a afirmar que tampoco resultan un fracaso, más bien, un lento viaje hacia una cima rodeada de bruma.

Hablemos de casos concretos: tramas y personajes

  • Bajo Sospecha: aun en mitad de la temporada, con tramas abiertas que provocan intriga en el espectador, carece de perfiles que otorguen a la ficción del realismo que necesita. Pese a tratarse de un caso fácilmente identificable con el espectador (una niña desaparece en un pueblo el día de su comunión), no consigo empatizar con ninguno de los personajes, quizá por esa extraña pretensión de querer parecer más malos de lo que realmente son (¿o no?) o porque a más de uno le falta una buena reescritura del perfil psicológico. En concreto, no entiendo a Laura, interpretada por Blanca Romero, aunque confío en que sea una cuestión de tiempo y me sorprenda en el desenlace de la temporada con todos los porqués que han ido quedando colgados capítulo a capítulo.

  • Física o Química: mientras que los extranjeros han sabido sacarle un jugoso partido a los conflictos de adolescentes encerrados en los pasillos de un instituto poniéndoles mucha música y mucho drama, nosotros no nos sentimos cómodos en esta división. Sin embargo, hubo un tiempo en que supimos hacer buena ficción estudiantil y de cuya cantera salieron actores que hoy siguen trabajando en el audiovisual. ¿Qué le fallaba a FoQ? La cantidad de tópicos que rellenaban sus tramas: la adolescente embaraza, el alumno que se lía con la profesora, el gay que no sale del armario, la chica mala malísima… Una serie evidente a más no poder, a la vez que altamente adictiva debido al morbo que siente el espectador cuando descubre que lo que cree que va a ocurrir, ocurre.

  • Familia: de nuevo, los personajes no son creíbles en esta ficción que tenía potencial para ser un buen recuerdo. Esta serie, que tan solo aguantó una temporada en parrilla y de la que casi nadie se acuerda a estas alturas, tenía muchos puntos en común con la genial Pelotas (demasiados, diría yo) aunque pecaba de pretenciosa. A diferencia de los personajes planos que encontramos en otras series, Familia contaba con unos componentes tan poco comunes que constaba de creer: una madre traumatizada por haber tenido que abandonar su carrera como actriz, un padre frustrado por no conseguir sus metas como entrenador de un equipo de fútbol, una hermana megalómana y escritora de novelitas rosas con aires de García Márquez, otra hermana adúltera y la última, la protagonista pese a la coralidad aparente del escenario, sobre quien cae toda la responsabilidad de este peculiar conjunto. Nadie es perfecto, y menos en una serie dramática de televisión (que se lo digan a los de How To Get Away With Murder, The Sopranos, Breaking Bad o My Mad Fat Diary), sin embargo, la imperfección tiene que ser dosificada a cucharaditas, no de golpe y porrazo.

  • Aquí Paz y Después Gloria: pese a la novedad de esta ficción, de la cual tan solo hemos visto un capítulo, me atrevo a decir que la serie que Mediaset se llevó a talleres tras un piloto que no convenció a su equipo posee un planteamiento incorrecto. Aunque la trama se pudiera ajustar a un desarrollo cómico de los acontecimientos (los tópicos, más que risa, dan vergüenza ajena), me cuadraría y me atraería muchísimo más si la narración fuera dramática: un timador se ve obligado a huir de un grupo de matones muy peligrosos (me conformaría con que no fueran tan penosos como los que nos presentaron) y debe hacerse pasar por su hermano gemelo, herido/muerto/desaparecido tras un accidente que tienen los dos. El planteamiento es bueno si la evolución es correcta, pero un personaje cómico tiende a no evolucionar. Por tanto, ¿qué elemento novedoso tiene que aportarnos esta serie? Porque se risas vamos más bien justos…

Gracias, artífices

Mientras se investigan nuevas historias y tendencias, otros no parecen querer abandonar la comodidad que otorga permanecer en los estándares que triunfaban décadas atrás. No me refiero a los creadores, los cuales sé que siempre tienen algo nuevo en mente, sino de quienes derriban este algo por no resultar adecuado para el momento o para el público objetivo. Pese a la negativa (antes más habitual que ahora, cuando parece que las puertas comienzan a abrirse con mayor facilidad visto el éxito de la ficción “más compleja” al otro lado de la frontera) de los que eligen qué se emite y qué se desecha, tenemos la suerte de contar con cabezas inquietas que, sin dejar de lado el sentido comercial (siempre hay que tenerse en cuenta ya que el guionista es vendedor de ideas en cierta medida), son capaces de hacernos llegar las historias más interesantes, enérgicas y apasionantes. Gracias. Tan solo os pido una cosa: no permitáis que os derroten.

IMAGEN: Antena 3

El fascinante mundo de los reality shows, vol. II: granjeros, tróspidos y colegiales ni-nis

Puedes leer el primer post de esta serie aquí.

Con la llegada de la final de la tercera edición de Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo no he podido evitar escribir este post más nostálgico que serio. Aunque lo intente, es imposible que me limite a repasar los puntos teórico de aquellos programas de televisión que me sacaron más que una carcajada, porque cuando hablamos de los realities de la última etapa de este tragicómico medio, más nos vale reír que echarnos a llorar, como pretenden que hagamos algunos al tacharnos desde de analfabetos hasta de antisociales. Y nos hemos reído más que bien.

La tele, como las plataformas de difusión de contenidos más adaptadas a las necesidades del público actual, es un pozo sin fondo en el buen sentido de la expresión. Cuando creemos que hemos llegado al final de su explotación, alguien crea un formato que sorprende a la crítica y a los espectadores por su dinámica, por su feeling y por sus datos de share. Le pese a quien le pese, los realities han protagonizado este fenómeno de reciclaje positivo y no solo han dado la vuelta a la percepción que muchos tenían sobre ellos, sino que han creado una especie de mitología en base a esa percepción incorrecta.

Actores, ¿juguetes rotos?

Esta mitología está compuesta tanto por historias más o menos épicas y por personajes que se quedan grabados en el imaginario del medio. La magia de este fenómeno es la que produce que, quienes solo consuman un par de horas de programación generalista, pueden llegar a reconocer ciertas caras sin saber de dónde han salido. Sin embargo, más que rememorar a los personajes que se han hecho un hueco en la historia de la televisión, pretendía acordarme de aquellos que lo intentaron y se quedaron en el camino.

Los “actores” (entrecomillados, ya que ni lo son de oficio ni de intención, tan solo es una denominación para situarlos en este contexto) que protagonizan estos formatos son incategorizables y dificilmente descriptibles. Aún así, poseen un poder de atracción sobre el espectador equiparable con la del paciente que se deja hipnotizar por su terapeuta, quien no puede dejar de mirar el elemento que se balancea frente a él. Como Zeus convertido en toro blanco para atraer a la joven Europa, Florentino de la Florence bajaba las escaleras del plató de Gran Hermano VIP a trompicones mientras lanzaba particulares acusaciones a una Nagore que tampoco se callaba la boca, David Pedre (Un Príncipe Para Corina) cocinaba unos macarrones con tomate a la princesa de su cuento o María Amparo (Supermodelo) realizaba su desfile más trágico cuando resbalaba en el bordillo de la pasarela para ir a parar a la piscina del set. Sin que pudieran ser considerados ejemplos de nada digno de ser enseñado ni en las escuelas ni en las casas de cada uno, no podemos evitar admirar tal espectaculo. ¿Y qué le vamos a hacer, si nos divierte?

Si despejáramos la incógnita de la ecuación “Juan Camus + Cayo Paloma”, ¿cuál sería el resultado? Si se trata de rescatar a juguetes rotos para volverlos a destrozar… Puede ser una fórmula ideal. Que se prepare Anna Allen…

Los distintos realities que hemos presenciado a lo largo de la historia reciente de la televisión han dejado “residuos” imposibles de depurar. Mientras que el universo Telecinco los recicla una y otra vez para rellenar los programas que los sitúan líderes de audiencia, otros no consiguen atravesar la barrera que separa el terreno de los frikis malos del de los frikis buenos. Sin embargo, esta división es cada vez cada vez más difusa y por ello, mucho más sencilla de ser rebasada por quienes jamás se hubieran imaginado en tal terreno hostil. Así, una ganadora del Premio Planeta como Lucía Etxebarría coincidió el tiempo y en espacio con actores de la talla de Gaby (ex novia de Paquirrín y ex participante del indescriptible Mujeres y Hombres y Viceversa) o Pedre, a quien recordaba un poco más arriba y con quien tuvo un conflicto del que nunca sabremos si fue producto de su imaginación o si la realidad superaba a la ficción del momento. Aunque es cierto que han habido múltiples bajas en el arduo camino del reality, otros tantos se han visto aprovechado al máximo el potencial que de otro modo era imposible de sacar a relucir. Mientras la dulce de Lety no descansa de bolos desde que salió de la tercera edición de Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo, me topé con Mª Carmen en un anuncio de Samsung para YouTube.

 

¿Qué reality rescataría? La parrilla más hilarante

Al más puro estilo de El Ministerio del Tiempo, daría cualquier cosa por abrir una puerta y aterrizar en los platósde los programas que se realizaron hace años en la factoría de Eyeworks Cuatro Cabezas y Zeppeling TV, los cuales fueron capaces de crear y mostrar a los espectadores cómo de extraña, curiosa, entrañable y odiosa podía llegar a ser la muestra de la sociedad que, representativa o no (¿y qué importará eso mientras nos partamos de risa?), llegaba a sus manos. Sin dudarlo, tengo mi propio top four de títulos que necesito en la televisión actual:

  • Curso del 63: aunque laSexta lo intentó con Generación Ni-Ni tras el éxito del programa germen, fue Curso del 63 el que despertó la curiosidad de la audiencia por conocer un poco más el comportamiento de este grupo. Aunque ya los conocíamos gracias a Hermano Mayor y, resultaba un fenómeno demasiado reciente y poco explotado en este medio. Sin embargo, a raíz de este nacieron otros como Hijos de Papá Las Joyas de la Corona, incluso me atrevería a decir que Gandía Shore (antes, por supuesto, el original en Jersey) bebe inevitablemente de la mecánica: un grupo de adolescentes es “encerrado” en un espacio distinto al habitual y deberá desempeñar unas tareas con las que estarán más o menos conformes, las cuales desencadenarán una serie de reacciones.

  • Princesas de Barrio: el docu-reality que narraba las aventuras y desventuras de este grupo de chicas me consquistó desde que mostró la cara desconocida de las protagonistas. Además de ser unas chonis de libro (con operaciones de estética, ropajes y actitudes incluidos), algunas de ellas demostraron ser tan dulces como ordinarias. Por eso, al igual que me río con los momentos más absurdo de los Gipsy Kings, me divertía al ver cómo estas “amigas” iban juntas al concierto de Camela o se enamoraban de las prestaciones de la Thermomix. ¡Como para no cogerles cariño!

  • Confianza Ciega: pese a que solo conocía el formato de oídas, hace poco que me puse al día con algunos de los capítulos que encontré en las redes y me sorprendí con el nivel de tensión y de manejo de las emociones de los concursantes por parte del equipo. A pesar de tratarse de un programa de 2001, comenzaban a trastear la fusión del reality con otros formatos como el dating, añadiéndoles elementos inesperados como vídeos manipulados (totales sacados de contexto editados con fragmentos confusos, piezas mal subtituladas, etc). El re Supe por qué el genial podcast Nube, tía! se llama así y sigo sin comprender por qué Antena 3 dejó escapar tal potencia para años después convertirse en la cadena triste (y con razón). Aunque ahora pretendan subirse al carro de la actualidad televisiva con Casados A Primera Vista, ya quisieran las mejores entregas de este contar con las intrigas del de hace más de trece años. A veces avanzamos, pero otras nos quedamos estancados sin remedio. Además, necesitamos a Francine Gálvez de vuelta en la televisión. ¡Es urgente!

  • Granjero Busca Esposa: dejo para el último lugar el programa que para mí fue el más revelador de todos los de esta misma naturaleza que he visto. La maravillosa obra de Grundy Producciones (Sin Tetas No Hay Paraíso, Yo Soy Bea, Factor X) provocó un clic en mi cabeza: yo, que era seguidora acérrima de realities de corte “tradicional”, comenzaba a interesarme por otros productos que sobrepasaban los límites establecidos y se fusionaban con otros formatos. ¿Qué era aquello que me tenía enganchada, me hacía reír y esperaba con ansias a que llegara una nueva edición? Descubrimos el poder de Luján Arguelles para contar una historia cómica y nos maravillamos al comprobar cómo un casting de compatibilidad podía cambiar de forma radical en cualquier momento del programa. Lo que parecía un simple dating show rural provocó una fenómeno que, aunque no trasladable en las cifras (la última edición no superó el 8% de share), inspiró a todos los títulos que fueron aterrizando tras este. Este vídeo es tan solo una muestra de lo hilarante que puede resultar el casting de formatos como este. Pedro nos conquistó a todos por su falta de higiene dental y por su urgencia intestinal mientras pastoreaba ovejas.

La crítica y El Ministerio Del Hype

Me apodero de la expresión que acuñaban los críticos y espectadores que esperan impacientes el aterrizaje de la nueva serie de Televisión Española para la noche del martes. Algunos privilegiados ya pudieron disfrutar del primer episodio de El Ministerio del Tiempo la semana pasada y otros hemos tenido que conformarnos con alimentar nuestra ansia de productos de calidad desde el otro lado de la pantalla. En mi caso, leyendo, leyendo, leyendo y deseando que todo lo que leía fuera verdad.

Creación patria + ciencia ficción = ¿fórmula explosiva o fallida?

Javier y el fallecido Pablo Olivares apostaron por recuperar el antiguo gusto televisivo por lo fantástico, por lo que se escapara de la lógica que conocemos, por lo desconcertante. Con El Ministerio del Tiempo se desprenden de la concepción de “lo cutre” en relación con las historias fundamentadas en principios que nos resultan ajenos, en este caso, los viajes en el tiempo. A mí me resulta inevitable pensar en ciencia ficción sin que mi mente viaje hasta el set de grabación de Scavengers, en el cual un Bertín Osborne demasiado plateado para pasar por ser humano y demasiado peludo para ser un robot conducía un concurso sin pies ni cabeza. Pero ni la serie a la que esta noche asistimos a su estreno es un programa de desafío ni se dirige al mismo público. Tan solo confío en que nos cuenten una buena historia.

Los guionistas encargados de dar forma a El Ministerio del Tiempo ya nos han contado buenas historias en ocasiones anteriores. Aunque no he visto Isabel, loada por muchos y que no logra convencer a otros, sí que me tragué Pelotas años después de que fuera retirada de la parrilla y he de admitir que me reí a carcajadas con las mejores temporadas de Los Serrano (en las que Marcos y Eva todavía tonteaban y no se sabía nada de los SJK). Ahora, en un género arriesgado y para una audiencia resabiada, más aun tras las buenas palabras de los críticos más destroyers del país,  la historia que nos transmitan no solo tiene que ser buena. Tiene que ser la bomba.

Abriendo el apetito

Con el goteo constante de opiniones sobre la serie, con más incertidumbre que datos y con unas ganas terribles de probar a qué sabe la nueva ficción de la pública (Víctor Ros fue un aperitivo de lo más suculento), esta noche llega El Ministerio del Tiempo para conquistar a los espectadores como lo hizo con la crítica. En este vídeo podéis comprobar sus reacciones que, para sorpresa de quienes seguimos de cerca sus artículos y qué es lo que piensan sobre todo lo que se estrena en nuestra pequeña pantalla, sorprende hasta a la audiencia más estoica. Sin duda alguna, me quedo con el tweet-sentencia de Alberto Rey que, a diferencia de lo que estamos acostumbrados a leer en sus despiadados y maravillosos textos, califica la novedad como “muy buena”… ¡Guau!

Por si fuera poco, TVE colgaba en su página web los primeros cinco minutos de la serie que seguro dará que hablar esta temporada. Además, nos mostraba tres minutos más de la misma en la noche anterior a su estreno, y aunque con un visionado que resulta efímero, es cierto que notamos evidentes diferencias de calidad y escritura en comparación con ficciones de esta misma temporada… Pero, como las comparaciones son odiosas, no compararemos (por ahora). Vedlo vosotros y, si os parece, hablamos.

Hablemos, pues

El Ministerio del Tiempo ha prometido tanto (no por sí misma, sino por las voces de la crítica) que dudo mucho su fracaso. No solo me fío del criterio de quienes ya han podido disfrutar del primer episodio, sino del equipo que respalda a la ficción que seguro revolucionará la concepción del espectador de series extranjeras que rechaza cualquier creación nacional por, simplemente, ser española. Como con el cine y la música, siempre habrá quien se aleje de “lo suyo/nuestro” por prejuicio. Con El Ministerio del Tiempo (más bien, El Ministerio del Hype tras la expectación creada) esperamos que no nos sirvan ni los prejuicios ni la experiencia anterior (no podemos negar que han habido y habrán muy malos productos, pero de aquí y de la China popular). Por mi parte, tan solo con el material mostrado antes del estreno de la serie, la gestión del movimiento en redes sociales y los adelantos que nos dan a los espectadores (eso sí, a cucharaditas), ya me valen para confiar en que, más o menos buena, la ficción que viene será distinta a las demás. Y vosotros, ¿qué esperáis de El Ministerio del Tiempo?

IMAGEN: TVE

¿Estamos preparados para consumir buena ficción?

Si hace algunas semanas escribía sobre el hype creado tras conocer los nuevos contenidos que aterrizarían en el panorama nacional con el 2015, hoy os cuento por qué que me invadió anoche la negatividad después de asistir al estreno de Bajo Sospecha, la nueva serie de Antena 3 y Bambú Producciones, protagonizada por Blanca Portillo y Jon González y escrita por Ramón Campos y Gema Rodríguez Neira. A pesar de que los creadores de títulos como Gran Hotel, Hispania, Gran Reserva o Velvet han sabido dotar a la ficción de un realismo que echamos de menos en los anteriores títulos policiacos, me falta algo para considerarla la serie que nos merecemos.

A pesar de la expectación, los buenos datos arrojados el el primer día de emisión, la calidad de la fotografía y hasta la sorpresa causada (al menos, en mi caso) por un hilo argumental bastante bien definido y por unas actuaciones más que decentes, Bajo Sospecha me dejó un extraño regusto que no sé identificar tras varios días de reflexión desde que aterrizara en la pequeña pantalla. Ya conté qué me pareció en Perdidos en la Tele pero, como suele pasarme cuando analizo el estreno de una serie desde el punto de vista del espectador, me queda la espinita de cuestionarme por qué no me gusta lo que veo (o, en este caso, por qué no me convence) y de responder con lo que creo que ocurre para que esto suceda. Y, allá vamos.

Personajes ¿planos? = reacciones evidentes

Salvo excepciones, uno de los aspectos que no termina de pulir el mundo de la ficción televisiva española es el de la creación de personajes. Así como Jean Cité analizaba cómo Victor Ros, protagonista de la miniserie que llevaba su nombre, no resultaba creíble debido a su falta de matices negativos; creo que los personajes de Bajo Sospecha responden a criterios de definición bastante sencillos: él, dentro del estereotipo de casanova-listillo y ella, dentro del de estirada-listilla, juegan el evidente papel de la pareja-no pareja cuya tensión sexual no resuelta (T. S. N. R.) cansa más que engancha. A pesar de que hayamos podido ver bastante poco en el primer episodio de la temporada, tengo la sensación de que no darán mucho más de sí… Aunque espero que me sorprendan y tenga que escribir otro post rectificando.

Por otro lado, de los demás personajes que juegan un papel más o menos protagonista dentro de la serie, el que más me llama la atención es el jefe de policía. Aparentemente amigable, no duda en soltarle una patada en los huevos (literalmente, sin rodeos metafóricos ni nada, para la desgracia de nuestro casanova-listillo) en cuanto ve venir los problemas o, al menos, la intranquilidad de sus apacibles dominios. A Vidal, el personaje interpretado por Vicente Romero, parece importarle más que Víctor (Yon González) venga a Cienfuegos a meterse en sus asuntos que que la pobre Alicia, pequeña, desaparecida y vete tú a saber qué más cosas, haya dejado algún rastro que ilumine su búsqueda. Además, es el más creíble por estos matices de egoísmo e interés.

No queda sitio para la intriga

A pesar de que nos vendieron Bajo Sospecha como una serie de intriga, frenética y que no daría tregua al espectador en cuanto a la curiosidad que le produciría capítulo a capítulo, experimenté una gran decepción durante el visionado del primer episodio. Aunque tan solo presenciamos el detonante de las tramas, tanto de la central como de las secundarias que funcionan de afluentes de la principal, nos fastidiaron el quid de la cuestión: Alicia, la niña desaparecida, está viva. Podemos justificar esta siembra de información (en mi opinión, forzada) con que lo realmente importante no es el resultado de la búsqueda, sino cómo se realiza y qué desencadena en la familia y en la pareja de investigadores. Sin embargo, lo que no me cuadra es por qué se ejecuta en un punto del capítulo que no coincide con los picos de guion marcados. Llamadme tradicional, pero considero que es necesario que respetemos eso del detonante, primer punto de giro, segundo y clímax, al menos si el producto es español y al público que nos dirigimos también lo es.

Que no se cumpla la estructura básica en ciertos momentos produce que la intriga sufra una caída estrepitosa y sin remedio, pese a que a lo largo del episodio se respire un ambiente de tensión continua, de mal rollito entre los personajes y de preguntas en el aire: ¿Qué es lo que ocultan todos? ¿Por qué algunos están enfadados con otros? Aunque Alberto Rey afirme que Bajo Sospecha engancha “como una perra”, este efecto tan solo se produce durante el capítulo. La verdad, todavía no me ha quitado el sueño, y digo todavía porque confío en que esta ficción despegue capítulo a capítulo.

¿Estamos preparados para consumir buena ficción?

Pese a que las cadenas no estén dispuestas a ceder algunos números de share a cambio de un contenido más fino y exigente. La falsa creencia (al menos, la antigua creencia) del espectador que solo busca un descanso en la televisión, un contenido que no le haga pensar demasiado tras llegar exhausto del trabajo carece de sentido a estas alturas, más aun cuando los consumidores de ficciones extranjeras no hace más que crecer. Quiero creer que sí, que por supuesto que estamos preparados y, sobre todo, que nos merecemos la buena ficción. Hace mucho que no me conformo con la pasable.

IMAGEN: Antena3

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