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Categoría: TV series (página 1 de 2)

Cuéntame Cómo Pasó: más que un pasatiempo, una lección

ALERTA, SPOILER: Si no estás al día de Cuéntame Cómo Pasó es probable que un spoiler te sorprenda. ¡Estáis avisados!

Qué pena me da que termine otra temporada de una de mis series favoritas y tenga que esperar para poder disfrutar de una nueva entrega (si nos dejan, claro). Tras haberme tragado más de cien capítulos de la serie en tan solo un verano, Cuéntame Cómo Pasó se convirtió para mí en mucho más que un referente de la creación televisiva en España (y en el mundo) y los Alcántara pasaron a formar parte de mis recuerdos más tiernos de la pequeña pantalla.

En esta ocasión (la número diecisiete, nada más y nada menos), hemos disfrutado con el romance de Antonio y Merche, quienes vivían una especie de segunda adolescencia volviéndose a enamorar y reconciliándose con momentos tan duros como su primera boda; hemos sufrido con Carlos y sus indecisiones, típicas en sus años de madurez; hemos visto cómo Ines tomaba decisiones que serán clave para el resto de su vida y hemos reído con las ocurrencias de Herminia, quien vive uno de los momentos más frescos en la ficción y resulta cada vez más indispensable en el desarrollo de la serie.

Tramas: apoyadas en la Historia, pero válidas por sí misma

Aunque pudiera parecer que Cuéntame Cómo Pasó es una simple serie familiar, con tramas adaptadas a todas las edades que conforman el público objetivo de la cadena pública en horario de prime time, la creación por Miguel Ángel Bernardeu ha sabido ir más allá de lo que hacen otros títulos. Pese a que todavía no se desprende de las historias infantiles (antes protagonizadas por Carlitos y, ahora, por María), la serie ha sabido focalizar la tensión y los tiempos en aquellos momentos que merecen mayor protagonismo. Por ello, aunque la trama de los niños pueda tener presencia episódica, tan solo complementa a la historia que vertebra cada temporada y que es la que aporta la tensión que caracteriza a la ficción.

Sin embargo, lo que más me llama la atención de cómo crean los guionistas la línea argumental es el paralelismo que se mantiene entre la historia inventada de la familia Alcántara y la Historia real, por así decirlo, de lo que ocurrió en España y tras sus fronteras en los años en los que se desarrollan las temporadas. Así, todo queda justificado por el contexto: el boom de las construcción, que no solo fastidia a Antonio debido a los negocios turbios de don Pablo, sino que hasta llega a afectar al entorno de los más pequeños; la muerte de Franco, abordada desde el punto de vista cómico y catódico, las presiones que experimentó Toni (uno de mis personajes favoritos), a quien aterrorizaron por meter las narices en la trama de los GAL hasta que huyó al extranjero; y el miedo generalizado que sufren todos los personajes debido a los atentados de ETA que se suceden en el Madrid de ya entrados los ochenta, entre otras historias.

La familia Alcántara, expectante ante la inminente muerte de Franco.

La familia Alcántara, expectante ante la inminente muerte de Franco. Fuente

Aunque el peso de la Historia es esencial para que comprendamos ciertos comportamientos, las alegrías y vicisitudes de este matrimonio de Sagrillas vertebra la serie: Cuéntame Cómo Pasó se mide por los pulsos que marcan Mercedes Fernández y Antonio Alcántara, que no son pocos: desde la primera temporada, cuando él pasaba los días entre el ministerio y la imprenta y ella, cosiendo pantalones en el humilde piso de San Genaro; pasando por las ideas y venidas como pareja (ludopatía, cuernos y secuestro, incluído), como familia (por las aventuras de Inés con el teatro, la Iglesia y las agujas, entre otras; por los sustos de Toni y por los de Carlos… Al final, todos los hermanos han pisado la cárcel por una cosa o por otra…) y como vecinos de uno de los barrios más famosos de la televisión (demostrado en esta última temporada con la trama del violador de Galerías Preciados).

Personajes: el motor de la ficción

Las series que más me gustan suelen estar caracterizadas por contar con unos personajes que sobresalen de lo común y atrapan al público gracias a su carisma, sus ocurrencias y las historias que se generan debido a sus comportamientos. De Cuéntame Cómo Pasó no podría quedarme con uno solo, pues prácticamente todo el elenco me tiene conquistada: desde los más pequeños (aunque no en las últimas temporadas, sino en las primeras, cuando Carlitos pasaba de querer ser El Cid a Lawrence de Arabia.) hasta los más mayores (las historias de Herminia son de lo más tierno y divertido de la serie).

El heredero más consentido y mejor evolucionado. Fuente

Además, los secundarios cuentan con un gran peso en el desarrollo de los capítulos y aportan verosimilitud a las vivencias ocurridas en San Genaro. Esto último hemos podido comprobarlo en la temporada que ahora finaliza: Paquita ha tenido un gran protagonismo, siempre desde el segundo plano, gracias a su trama “montaña rusa”, a la que nos tiene acostumbrados (amor-desamor, sueños-desilusión, dinero-pérdidas, etc). Por otro lado, Karina también ha sido crucial para Carlos, quien parece haberse aclarado las ideas en cuanto al amor (aunque yo no estoy cien por cien segura de esto). Por último, Pili y Clara han sido claves en esta temporada, ya que sufrieron lo que se rumoreaba pero que nadie se atrevía a contar.

Las chicas más pillinas del Fly. Fuente

En Cuéntame Cómo Pasó sobresale el drama, la angustia, la tensión y la emoción final, aunque el humor y la ternura también cuenta con un claro papel en la ficción de Televisión Española. Herminia (personaje predilecto, junto con Toni) me ha hecho reír hasta que se me salten las lágrimas en esta última temporada y, pese a que ha tenido un protagonismo curioso en la entrega número 17 de la serie, me quedo con sus anteriores tramas románticas (y hasta oníricas) con su mago Jerónimo. Miguel y la reciente incorporación de Olmedilla también han logrado momentos hilarantes junto con la cómica Nieves, quienes formaban un extraño trío cada vez que coincidían en pantalla.

¿Qué nos queda por ver en Cuéntame Cómo Pasó?

Aunque siempre tengo la sensación de que, tras finalizar cada temporada, no queda mucho más que contar de la familia Alcántara debido a la intensidad con la que se narran las historias y la de sentimientos que se explotan cada vez que la serie regresa, me sorprendo cuando descubro las nuevas tramas que están por venir. Pese a las informaciones que leo, quiero confiar en que Cuéntame Cómo Pasó regresará para seguir enriqueciéndonos (porque sí, por supuesto que lo hace, igual que tantos contenidos que deberían potenciarse y que no se tienen en cuenta por considerarse un simple pasatiempo).

De la ficción nos queda por ver todo lo que quieran contarnos: vienen momentos históricos intensos, hitos que han marcado lo que hoy somos. Cuéntame Cómo Pasó es una clase de historia más allá de las aulas, que no solo enseña lo que ocurrió en el mundo de nuestros padres y abuelos, sino cómo se sintieron ante todos los cambios que experimentaba su entorno, un ejercicio de identificación y de valor por quiénes somos y de dónde venimos: de coser pantalones, del Ministerio y de la imprenta. De Sagrillas.

Sin Identidad y el despegue de la ficción nacional en televisión

Cuando el año pasado comenzó a emitirse Sin Identidad, una serie muy promocionada en la cadena y de la cual no esperaba mucho más que un ligero entretenimiento, sentí que algo estaba cambiando en nuestra televisión. Tras la miniserie Niños Robados, emitida en Telecinco algún tiempo antes y la cual ya abordaba la temática que sería el trasfondo de la ficción escrita por Manuel Ríos San Martín, parecía que no podría sacarse más provecho a las historias contadas por madres e hijos que fueron separados años atrás en una España que hoy nos cuesta reconocer. Sin embargo, Sin Identidad ha roto unos moldes que parecían permanentes. Tras el cierre de la serie estoy tan satisfecha como entristecida.

Estoy satisfecha gracias a un desarrollo de la acción en crecimiento y en constante vaivén, de subidas y bajadas en la historia para mantener al espectador en vilo durante cada capítulo; gracias a la creación de personajes reales, redondos y sorprendentes y gracias a un discurso innovador que, aunque sin alejarse del todo a lo comercial que exigen las cadenas privadas generalistas para rellenar su prime time, no venía a ser lo mismo de siempre, lo mismo de lo que ya nos hemos cansado. Por otro lado, me quedo tristona al haber puesto punto y final a una serie que me tenía realmente enganchada. De Sin Identidad me ha gustado casi todo, más aun cuando apenas nadie se había atrevido a crear un producto tan completo pero, a la vez, tan arriesgado: aunque sea cada vez más común, usar un tema de actualidad como contexto o, en este caso, detonante de la acción, no suele verse en las ficciones españolas de televisión. Más bien, se tiende a evitar por “no meter la pata”. Parece que hemos perdido el miedo al riesgo catódico del contratiempo y yo no puedo hacer otra cosa que alegrarme.

Si todavía no has visto Sin Identidad o te perdiste los últimos capítulos, te recomiendo que no leas más. Esta entrada está llena de SPOILERS. Así que, ¿por qué no te pones al día a la carta?

Una historia bien atada y un guión creíble

La primera sorpresa de Sin Identidad fue su planteamiento: María, una chica perteneciente a una familia acomodada, descubrían que era una niña robada tras una revisión médica. En este punto, decide buscar sus orígenes y se encuentra con Fernanda, su madre biológica; y Amparo, su hermana melliza. En el reencuentro y en la posterior presentación de su familia de sangre a su familia en el papel, conocerá que Enrique, su adorado tío, pertenecía a una trama de venta de niños. A partir de aquí, todo se complica: María, no conforme con las explicaciones ni de su madre ni del resto de su familia, decide emprender su propio camino para conocer el centro de la cuestión. Sin embargo, las trabas que encuentra en el trayecto son cada vez más llamativas y arriesgadas: desde un matón que se alía con su hermana melliza para ambos beneficiarse del plan maquiavélico de Enrique hasta una banda de trata de blancas, que sirve como punto de referencia en la estructura in media res de la ficción.

Pese a lo arriesgado del argumento, el guión que conforma el esqueleto de Sin Identidad es bien claro y no da rodeos. Desconozco si el final de la serie se conocía en el momento en que se cerró la escritura de la primera temporada, pero todo ha tenido sentido a medida de que narración avanzaba y no ha perdido “seriedad” por el camino. De hecho, la evolución tanto de la trama como la de los personajes ha mantenido un ritmo no solo correcto, sino necesario para que el espectador se enganchara: mediante pequeños saltos o cliffhangers, Sin Identidad permanecía en una continua subida de escalera en cuesta, es decir, desde abajo hasta arriba con una inclinación considerable, para dar un salto que dejara al capítulo en el borde del precipicio. Aunque tuviera que adaptarse a los criterios de los contenidos que estamos acostumbrados a ver en nuestra televisión, no ha pecado de explicar en exceso ni de demasiado previsible. Sin haber contado con sorpresas infartantes (no podemos pedírselas a una ficción creada para este panorama, todavía inmaduro), ha alimentado la curiosidad y la intriga en un grado notable.

Pero lo que más me gusta de Sin Identidad es cómo ha sabido mojarse sin salir empapada. Y me explico: ha criticado a los gobiernos, a las empresas farmacéuticas y a las fundaciones que utilizan sus organizaciones para lavar dinero y realizar fines bien distintos a los originales, todo ello justificado por la trama y contado a través de un guión correcto. En contra de lo que ocurre en gran parte de las series dramáticas nacionales, donde parece rechazarse de forma automática, la actualidad es no solo compatible con la ficción, sino que aporta riqueza y credibilidad al relato. Tras el buen uso de este elemento en la serie que terminaba la semana pasada en Antena 3, solo me queda cruzar los dedos para que sigan escribiéndose productos críticos e inteligentes para el gran público que, gracias a una educación audiovisual cada vez de mejor calidad, tolera y disfruta de una mayor oferta.

Ausencia de antagonistas puros: el profundo diseño de los personajes

Es aquí donde tuve más prejuicios con Sin Identidad. Desde que vi las promos de la serie y Megan Montaner se presentaba al público como una vengadora con naturaleza superheróica, pensé que aquello sería una ficción de acción por acción (sin fundamento) y que no iría conmigo. No podía estar más equivocada: desde el primer capítulo encontré una serie de personajes que me cautivaron, pese a lo prematuro de la sensación: una abogada, aunque joven, luchadora y curiosa; un abogado convencido de sus principios (aparentemente), un especialista informático que lo da todo por alguien a quien apenas conoce, una hermana desconocida egoísta y desorientada, una madre frustrada en todos los sentidos de la vida, un primo desgraciado y un tío encargado de la siembra de tal desgracia en toda la familia. Visto así, bien parece que Sin Identidad no es más que una ficción de corte familiar con una estructura más adecuada a las telenovelas que a  una serie dramática de prime time, pero también es cierto que dentro de los círculos más reducidos y estrechos es donde se desarrollan las problemáticas más jugosas. Más aun si a esto le sumamos una trama, primero de investigación y, después, de venganza.

El diseño de los personajes de esta ficción es uno de sus puntos fuertes: aun basándose en el principio del protagonista contra los antagonistas, no cae en los tópicos que hemos visto en otras historias de luchas de egos. En este caso, no hay ni buenos ni malos, pues los buenos ejecutan malas acciones y los malos pueden actuar en ocasiones bajo un sentimiento bueno. El ejemplo perfecto es el de Amparo, la hermana melliza, quien comienza realizando sus planes por culpa del interés y el egoísmo y acaba ejecutándolos por el bien de su hijo y con una gran culpabilidad por haber traicionado a María. Bruno, el primo de la protagonista de la serie, también se desdobla: pese a ser un personaje de lo más cretino, desarrolla sentimientos positivos hacia su mujer y hacia su hijo. En Sin Identidad no existen antagonistas puros, pues hasta Enrique Vergel es capaz de querer a su nieto y de mostrar una ternura que solo consigue aflorar cuando está con él.

Lo que yo no hubiera hecho (ni haría en el futuro)

A pesar de la buena sensación que me deja el desenlace de Sin Identidad, creo que la crítica aporta riqueza al producto. Por eso, no podía quedarme con la espinita: claro que ha habido cosas de esta serie que no me han terminado de gustar, pero tampoco esperaba que fuera perfecta (nada lo es).

Aunque no he podido revisionar la primera temporada, recuerdo que no me convencían las secuencias de la cárcel china. Sin embargo, con el tiempo cobraron sentido. Quizá sería que no estábamos acostumbrados a los cold opens de las ficciones patrias en televisión y, si no nos lo dan picadito y para que lo entendamos, nos chirría. Y me incluyo, qué le vamos a hacer, pero tras una vida consumiendo productos calcados, cuando viene una serie (para colmo, ¡española!) a cambiarnos todos los esquemas nos cuesta asimilarlo. A pesar de todo, la primera impresión que me dio fue muy buena.

Enumero aquellos puntos que no me convencieron en su momento y los que creo imposibles a estas alturas:

  • Un final feliz, en exceso: tras dos temporadas llenas de tensión, intrigas y un mal rollito generalizado no solo entre María y su familia, sino hasta en sus círculos exteriores pero participantes de su venganza, choca que la ficción termine de la forma más feliz posible:  habiendo llevado a cabo lo que había maquinado y con un resultado tan sumamente satisfactorio. Tras ver la última secuencia del último capítulo, aunque escuchemos una narración en off donde se hace referencia a las víctimas que han quedado por el camino, parece que María es la misma que la del primer capítulo a pesar del altísimo precio que ha debido pagar por su venganza: una niña bien que lucía una larga cabellera y trabajaba como abogada sin mayores preocupaciones. Echo de menos que la evolución del personaje se haga patente en el final de la ficción, que veamos una huella de lo que ha hecho y de en lo que se ha convertido.
  • Un final alternativo: en este punto he tenido mis dudas, pues no sé todavía si me pareció adecuado o lo hubiera omitido. Que Sin Identidad no terminara en la última secuencia, sino que se añadiera un trozo más de relato pudo servir para no cerrar la ficción de forma definitiva y así aportar una especie de conclusión abierta para que la sensación del espectador fueran más satisfactoria, si cabe. Sin embargo, yo no compro esta estructura “tramposa” si no va a ser desarrollada en un futuro, pues sino da la sensación de que el resto de la serie no tiene tanta importancia como las últimas frases del guión.
  • Una tercera temporada: tras el final de Quique, sacando la fortuna de su tío para vengar su muerte y comenzar otro ciclo de venganza, muchos espectadores se alimentaban a base del falso hype producido por la ilusión de ver una tercera temporada de Sin Identidad. Sin embargo, creo que esta ilusión no queda más que en eso. Que hubiera otra entrega para contar una historia totalmente distinta no solo rompería con la línea que hemos visto durante este tiempo, sino que caería en el error de narrar los mismo con distintos personajes, por lo que tengo la sensación de que perdería mucho de su encanto.

 

¿En conclusión? Un magnífico sabor de boca

Sin Identidad ha resultado ser la tregua que muchos necesitábamos. Con el manido tópico todavía presente de que aquí no se hacen buenas series, vino y lo rompió para llenarnos de orgullo a quienes defendemos la creación y a los creadores patrios. Ahora, solo espero que los guionistas sigan teniendo trabajo, que a los productores no dejen de ocurrírseles buenas ideas y que las cadenas sigan abiertas a propuestas arriesgadas. Para mí, un sobresaliente.

Transmedia: cuando la televisión traspasa la barrera de la pantalla

El transmedia está de moda. Quizá sea la primera vez que te topas con este término desconocido o quizá, como me ocurre a mí, estés un poco saturado de encontrártelo allá adonde vayas. La narración transmediática funciona de la misma manera que un río: una historia es contada a través de distintos afluentes gracias a la participación de los consumidores de la misma, los cuales achican aguas o abren nuevos canales para que los contenidos circulen con libertad. Pese a la complejidad que entraña este sistema, El Ministerio Del Tiempo es el ejemplo perfecto para ilustrar un término que a muchos se nos escapaba.

En la variedad está el gusto: la multiplataforma

El final de la primera temporada de la ficción que ha despertado del letargo a los espectadores desencantados con la programación nacional ha supuesto el comienzo de una era: la del crecimiento hacia otros géneros nunca vistos en nuestras pantallas y en soportes que se salen de ella para dotar de riqueza a los contenidos. Acostumbrados a ver las series desde nuestro sofá, sin más dispositivo que el smarphone por si sucediera algo digno de ser comentado en las redes, El Ministerio Del Tiempo cambia la concepción de visionado gracias a la multitud de plataformas que surgen a su alrededor. Desde el podcast hasta la televisión online, la experiencia calma la curiosidad de los espectadores que no se conforman con los 70 minutos aproximados de capítulo semanal ni con el especial emitido tras este en la misma cadena.

Queremos saber más, no nos conformamos con consumir aquello que nos ofrecen a través de los canales habituales. Por suerte, la multiplataforma es uno de los elementos que caracteriza a la ficción creada por Javier y Pablo Olivares como única. Dentro del maravilloso universo elaborado no solo por ellos, sino por los seguidores, encontramos un especial emitido tras el episodio, un podcast, un programa de televisión online y una mastodóntica carga de contenido generado a través de las redes sociales, en Facebook y Twitter, por usuarios ajenos al proceso de escritura de las tramas y diseño de los personajes. Gracias a este último punto, El Ministerio Del Tiempo ha cruzado la barrera de la emisión nacional y ha impregnado de ministeria hasta a los espectadores situados en América Latina. Aunque el público que sigue la serie a través del canal online no se ha tenido en cuenta hasta febrero en la elaboración de las audiencias “oficiales” (las que elabora Kantar Media), la carga es más que significativa cuando con tan solo tres capítulos emitidos acumulaba un total de 263.000 visionados a la carta.

La clave de la revolucionaria ficción que acaba de emitir la cadena de televisión pública ha sido la retroalimentación entre los canales: mientras cada capítulo despertaba un interés especial en los espectadores, estos se valían de las redes para calmar (o potenciarlas, según se vea) sus ansias de Ministerio. Por otro lado, los contenidos “extras” que han surgido a partir del producto más convencional (que no central, ya que para considerarlo transmediático no puede haber un centro, sino varios elementos surgidos al mismo tiempo) han enriquecido los contenidos base de una forma más que significativa: conocer más de la historia ayuda no solo a que la comprensión de cada episodio sea más efectiva, sino que potencia la búsqueda autónoma de los porqués que quizá se nos escapen.

Pero lo que más ha llamado mi atención desde que la ministeria comenzó a ser una tendencia digna de ser estudiada ha sido la creación de perfiles en las redes sociales que imitaban los comportamientos de los personajes de la serie. El fandom no solo impregna las redes en su potencia más básica, a través de la discusión surgida gracias a los hashtags y a medida que se disfruta de la entrega semanas; sino que va más allá de la realidad, si entendemos realidad como lo que veíamos en la pequeña pantalla cada lunes y estaba escrito en el guión de los hermanos Olivares, José Ramón Fernández, Anaïs Schaaf y Paco López Barrio. Así, mientras que algunos seguidores interactuaban en Twitter bajo la identidad de personajes como Irene Larra, Alfonso de Entreríos, Ernesto Jiménez o incluso la esposa fallecida de Julián; otros daban rienda suelta a su imaginación y utilizaban el escenario del Ministerio para crear historias paralelas. Marcos Muñoz escribe fan fics profundizando en lo que ya se cuenta en la serie, aportando novedad al relato y alimentando la curiosidad de los que se quedaron con ganas de más tras el episodio de obligado vistazo.

Transmedia y televisión: ¿un modo de visionado incompatible con el espectador estándar?

Es cierto que la multiplataforma permite al público un enriquecimiento del proceso de consumo que se escapa de lo habitual (al menos, de lo que conocíamos hasta hace algunos años). Sin embargo, estos nuevos espectadores no son los únicos que disfrutan con la ficción, sino que los consumidores tradicionales de sofá y mando a distancia también han tenido parte de culpa de la renovación de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo.

Aunque nadie conozca a nadie que tenga audímetro en su casa (en caso contrario, por favor, ¡manifíestense!), todas las mañanas nos levantamos con los datos arrojados por Kantar Media y nos alegramos o nos sorprendemos según si nuestros contenidos favoritos del día anterior han obtenido buenos o malos resultados. Bien es sabido que El Ministerio del Tiempo no sacaba todo lo mejor de sí en cuanto a las audiencias tradicionales, debido a la guerra del share que se libraba cada lunes en la televisión (luchaba contra Bajo Sospecha, una de las apuestas de Antena 3 para los contenidos de ficción, que se llevaba a gran parte de la tarta), pese a que en redes sociales hubiera provocado tan movimiento.

El universo del entretenimiento en general crece a pasos agigantados. Para ciertos usuarios, la televisión se ha convertido en una herramienta que depende de forma directa de la conversación en la red, aunque también es posible verla de forma independiente puesto que la totalidad del relato se comprende sin necesidad de elementos extra. En este caso, que El Ministerio Del Tiempo tenga naturaleza transmedia no impide su acceso a una parte del público objetivo del prime time de TVE: el espectador estándar, más mayor que el multitarea y multiplataforma, alejado de las nuevas tecnologías y que disfruta de la televisión en familia o en solitario, sin otros dispositivos que lo “entretengan” del visionado.

Para mí ha sido el descubrimiento del año. Que la televisión pública apueste por una ficción novedosa, no en cuanto a historias, sino en métodos para contarlas, abre una puerta que creía cerrada en el panorama que nos queda más cercano a los que disfrutamos de la pequeña pantalla. Pese a los disgustos que nos llevamos cuando nos enteramos de las burradas que se cometen en un servicio pagado por todos, es inevitable que se nos escape la lagrimita cuando contenidos como El Ministerio Del Tiempo aterrizan, son bien cuidados y valorados como se merecen: no solo como títulos que solo recordarán los más frikis, sino como las míticas creaciones que Televisión Española solía hacer y parecía haber olvidado el método. Como Fortunata y Jacinta, Verano Azul, La Plaza del DiamanteAnillos de Oro, Los Gozos y Las Sombras o Cuéntame Cómo Pasó. Por El Ministerio Del Tiempo no pasarán los años que la desgasten… Como las buenas series.

IMAGEN: Alex Muñoz, magnífico ilustrador, me presta su creación de El Ministerio Del Tiempo para dar color a este post. De nuevo, ¡mil gracias! La imagen no se ve al completo, pero podéis hacerlo aquí mismo.

Disculpad el paron de casi un mes que ha sufrido el blog. Como diría Loulogio, me ha surgido un imprevisto: la vida. Sé que no es excusa, pero todavía tengo que acostumbrarme a un ritmo que no termino de dominar… ¡Volveré pronto! Lo prometo 🙂

Las series que podrían haber sido buenas: de tramas tópicas y personajes insulsos

Tras el espléndido desfiles de nuevos contenidos de ficción que presenciamos en estos momentos, parece que todo lo que consumimos o hemos consumido recientemente esté cubierto de un halo de calidad. Es cierto que desde el último año asistimos a estrenos de televisión sorprendentes que indican que algo está cambiando, aunque poco a poco, en un panorama que parecía anclado en los gustos de la famosa señora de Cuenca. A pesar del despertar de los directivos en cuanto a las nuevas tendencias, del reciente (y no del todo cierto) gusto por el riesgo en la producción y realización de series y en la educación paulatina de los espectadores ante unas estructuras y personajes desconocidos hasta ahora, todavía encontramos señales que indican lo lejos que estamos de considerar que todo el camino está andado.

¿Por qué no terminamos de despegar?

2015 está resultando un año de sorpresas: si muchos nos maravillamos ante el estreno de El Ministerio del Tiempo y tememos la posibilidad de que Televisión Española decida no renovarla (por pura inconsciencia de no saber que tiene entre manos un producto de culto, mezclada con un interés comercial incompatible con su naturaleza de cadena pública) también nos espantamos ante creaciones que parecen haber nacido hace décadas. El mundo parece avanzar demasiado rápido para según quienes, los que prefirieron quedarse anclados en las tramas ligeras y tópicas, en los personajes que no dan más de sí y en alimentar las necesidades de un público (quiero pensar que mínimo) que se conforma con poco. Por suerte, la tendencia indica que los creadores y los encargados de dar el visto bueno a los contenidos presentados tienen menos miedo al fracaso que hace algún tiempo, lo que propicia que las ficciones que hoy vemos en nuestra televisión tengan un mínimo de consideración entre una crítica más que resabiada.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Pese a que el público español no tenga nada que ver con el internacional (los hábitos de consumo y gustos son distintos), llevamos mucho consumiendo ficción extranjera y asimilando unos gustos impensables hace dos décadas. A los que disfrutan con Homeland, Six Feet Under, Broachurch o Community entre otras, se nos quedan cortos los personajes planos, las tramas insulsas y las historias poco arriesgadas que nos presentan en series como Los Nuestros, FamiliaBajo Sospecha o Dreamland. Menos la última mencionada, que es un caso aparte digno de análisis exhaustivo, podemos atrevernos a afirmar que tampoco resultan un fracaso, más bien, un lento viaje hacia una cima rodeada de bruma.

Hablemos de casos concretos: tramas y personajes

  • Bajo Sospecha: aun en mitad de la temporada, con tramas abiertas que provocan intriga en el espectador, carece de perfiles que otorguen a la ficción del realismo que necesita. Pese a tratarse de un caso fácilmente identificable con el espectador (una niña desaparece en un pueblo el día de su comunión), no consigo empatizar con ninguno de los personajes, quizá por esa extraña pretensión de querer parecer más malos de lo que realmente son (¿o no?) o porque a más de uno le falta una buena reescritura del perfil psicológico. En concreto, no entiendo a Laura, interpretada por Blanca Romero, aunque confío en que sea una cuestión de tiempo y me sorprenda en el desenlace de la temporada con todos los porqués que han ido quedando colgados capítulo a capítulo.

  • Física o Química: mientras que los extranjeros han sabido sacarle un jugoso partido a los conflictos de adolescentes encerrados en los pasillos de un instituto poniéndoles mucha música y mucho drama, nosotros no nos sentimos cómodos en esta división. Sin embargo, hubo un tiempo en que supimos hacer buena ficción estudiantil y de cuya cantera salieron actores que hoy siguen trabajando en el audiovisual. ¿Qué le fallaba a FoQ? La cantidad de tópicos que rellenaban sus tramas: la adolescente embaraza, el alumno que se lía con la profesora, el gay que no sale del armario, la chica mala malísima… Una serie evidente a más no poder, a la vez que altamente adictiva debido al morbo que siente el espectador cuando descubre que lo que cree que va a ocurrir, ocurre.

  • Familia: de nuevo, los personajes no son creíbles en esta ficción que tenía potencial para ser un buen recuerdo. Esta serie, que tan solo aguantó una temporada en parrilla y de la que casi nadie se acuerda a estas alturas, tenía muchos puntos en común con la genial Pelotas (demasiados, diría yo) aunque pecaba de pretenciosa. A diferencia de los personajes planos que encontramos en otras series, Familia contaba con unos componentes tan poco comunes que constaba de creer: una madre traumatizada por haber tenido que abandonar su carrera como actriz, un padre frustrado por no conseguir sus metas como entrenador de un equipo de fútbol, una hermana megalómana y escritora de novelitas rosas con aires de García Márquez, otra hermana adúltera y la última, la protagonista pese a la coralidad aparente del escenario, sobre quien cae toda la responsabilidad de este peculiar conjunto. Nadie es perfecto, y menos en una serie dramática de televisión (que se lo digan a los de How To Get Away With Murder, The Sopranos, Breaking Bad o My Mad Fat Diary), sin embargo, la imperfección tiene que ser dosificada a cucharaditas, no de golpe y porrazo.

  • Aquí Paz y Después Gloria: pese a la novedad de esta ficción, de la cual tan solo hemos visto un capítulo, me atrevo a decir que la serie que Mediaset se llevó a talleres tras un piloto que no convenció a su equipo posee un planteamiento incorrecto. Aunque la trama se pudiera ajustar a un desarrollo cómico de los acontecimientos (los tópicos, más que risa, dan vergüenza ajena), me cuadraría y me atraería muchísimo más si la narración fuera dramática: un timador se ve obligado a huir de un grupo de matones muy peligrosos (me conformaría con que no fueran tan penosos como los que nos presentaron) y debe hacerse pasar por su hermano gemelo, herido/muerto/desaparecido tras un accidente que tienen los dos. El planteamiento es bueno si la evolución es correcta, pero un personaje cómico tiende a no evolucionar. Por tanto, ¿qué elemento novedoso tiene que aportarnos esta serie? Porque se risas vamos más bien justos…

Gracias, artífices

Mientras se investigan nuevas historias y tendencias, otros no parecen querer abandonar la comodidad que otorga permanecer en los estándares que triunfaban décadas atrás. No me refiero a los creadores, los cuales sé que siempre tienen algo nuevo en mente, sino de quienes derriban este algo por no resultar adecuado para el momento o para el público objetivo. Pese a la negativa (antes más habitual que ahora, cuando parece que las puertas comienzan a abrirse con mayor facilidad visto el éxito de la ficción “más compleja” al otro lado de la frontera) de los que eligen qué se emite y qué se desecha, tenemos la suerte de contar con cabezas inquietas que, sin dejar de lado el sentido comercial (siempre hay que tenerse en cuenta ya que el guionista es vendedor de ideas en cierta medida), son capaces de hacernos llegar las historias más interesantes, enérgicas y apasionantes. Gracias. Tan solo os pido una cosa: no permitáis que os derroten.

IMAGEN: Antena 3

La crítica y El Ministerio Del Hype

Me apodero de la expresión que acuñaban los críticos y espectadores que esperan impacientes el aterrizaje de la nueva serie de Televisión Española para la noche del martes. Algunos privilegiados ya pudieron disfrutar del primer episodio de El Ministerio del Tiempo la semana pasada y otros hemos tenido que conformarnos con alimentar nuestra ansia de productos de calidad desde el otro lado de la pantalla. En mi caso, leyendo, leyendo, leyendo y deseando que todo lo que leía fuera verdad.

Creación patria + ciencia ficción = ¿fórmula explosiva o fallida?

Javier y el fallecido Pablo Olivares apostaron por recuperar el antiguo gusto televisivo por lo fantástico, por lo que se escapara de la lógica que conocemos, por lo desconcertante. Con El Ministerio del Tiempo se desprenden de la concepción de “lo cutre” en relación con las historias fundamentadas en principios que nos resultan ajenos, en este caso, los viajes en el tiempo. A mí me resulta inevitable pensar en ciencia ficción sin que mi mente viaje hasta el set de grabación de Scavengers, en el cual un Bertín Osborne demasiado plateado para pasar por ser humano y demasiado peludo para ser un robot conducía un concurso sin pies ni cabeza. Pero ni la serie a la que esta noche asistimos a su estreno es un programa de desafío ni se dirige al mismo público. Tan solo confío en que nos cuenten una buena historia.

Los guionistas encargados de dar forma a El Ministerio del Tiempo ya nos han contado buenas historias en ocasiones anteriores. Aunque no he visto Isabel, loada por muchos y que no logra convencer a otros, sí que me tragué Pelotas años después de que fuera retirada de la parrilla y he de admitir que me reí a carcajadas con las mejores temporadas de Los Serrano (en las que Marcos y Eva todavía tonteaban y no se sabía nada de los SJK). Ahora, en un género arriesgado y para una audiencia resabiada, más aun tras las buenas palabras de los críticos más destroyers del país,  la historia que nos transmitan no solo tiene que ser buena. Tiene que ser la bomba.

Abriendo el apetito

Con el goteo constante de opiniones sobre la serie, con más incertidumbre que datos y con unas ganas terribles de probar a qué sabe la nueva ficción de la pública (Víctor Ros fue un aperitivo de lo más suculento), esta noche llega El Ministerio del Tiempo para conquistar a los espectadores como lo hizo con la crítica. En este vídeo podéis comprobar sus reacciones que, para sorpresa de quienes seguimos de cerca sus artículos y qué es lo que piensan sobre todo lo que se estrena en nuestra pequeña pantalla, sorprende hasta a la audiencia más estoica. Sin duda alguna, me quedo con el tweet-sentencia de Alberto Rey que, a diferencia de lo que estamos acostumbrados a leer en sus despiadados y maravillosos textos, califica la novedad como “muy buena”… ¡Guau!

Por si fuera poco, TVE colgaba en su página web los primeros cinco minutos de la serie que seguro dará que hablar esta temporada. Además, nos mostraba tres minutos más de la misma en la noche anterior a su estreno, y aunque con un visionado que resulta efímero, es cierto que notamos evidentes diferencias de calidad y escritura en comparación con ficciones de esta misma temporada… Pero, como las comparaciones son odiosas, no compararemos (por ahora). Vedlo vosotros y, si os parece, hablamos.

Hablemos, pues

El Ministerio del Tiempo ha prometido tanto (no por sí misma, sino por las voces de la crítica) que dudo mucho su fracaso. No solo me fío del criterio de quienes ya han podido disfrutar del primer episodio, sino del equipo que respalda a la ficción que seguro revolucionará la concepción del espectador de series extranjeras que rechaza cualquier creación nacional por, simplemente, ser española. Como con el cine y la música, siempre habrá quien se aleje de “lo suyo/nuestro” por prejuicio. Con El Ministerio del Tiempo (más bien, El Ministerio del Hype tras la expectación creada) esperamos que no nos sirvan ni los prejuicios ni la experiencia anterior (no podemos negar que han habido y habrán muy malos productos, pero de aquí y de la China popular). Por mi parte, tan solo con el material mostrado antes del estreno de la serie, la gestión del movimiento en redes sociales y los adelantos que nos dan a los espectadores (eso sí, a cucharaditas), ya me valen para confiar en que, más o menos buena, la ficción que viene será distinta a las demás. Y vosotros, ¿qué esperáis de El Ministerio del Tiempo?

IMAGEN: TVE

¿Estamos preparados para consumir buena ficción?

Si hace algunas semanas escribía sobre el hype creado tras conocer los nuevos contenidos que aterrizarían en el panorama nacional con el 2015, hoy os cuento por qué que me invadió anoche la negatividad después de asistir al estreno de Bajo Sospecha, la nueva serie de Antena 3 y Bambú Producciones, protagonizada por Blanca Portillo y Jon González y escrita por Ramón Campos y Gema Rodríguez Neira. A pesar de que los creadores de títulos como Gran Hotel, Hispania, Gran Reserva o Velvet han sabido dotar a la ficción de un realismo que echamos de menos en los anteriores títulos policiacos, me falta algo para considerarla la serie que nos merecemos.

A pesar de la expectación, los buenos datos arrojados el el primer día de emisión, la calidad de la fotografía y hasta la sorpresa causada (al menos, en mi caso) por un hilo argumental bastante bien definido y por unas actuaciones más que decentes, Bajo Sospecha me dejó un extraño regusto que no sé identificar tras varios días de reflexión desde que aterrizara en la pequeña pantalla. Ya conté qué me pareció en Perdidos en la Tele pero, como suele pasarme cuando analizo el estreno de una serie desde el punto de vista del espectador, me queda la espinita de cuestionarme por qué no me gusta lo que veo (o, en este caso, por qué no me convence) y de responder con lo que creo que ocurre para que esto suceda. Y, allá vamos.

Personajes ¿planos? = reacciones evidentes

Salvo excepciones, uno de los aspectos que no termina de pulir el mundo de la ficción televisiva española es el de la creación de personajes. Así como Jean Cité analizaba cómo Victor Ros, protagonista de la miniserie que llevaba su nombre, no resultaba creíble debido a su falta de matices negativos; creo que los personajes de Bajo Sospecha responden a criterios de definición bastante sencillos: él, dentro del estereotipo de casanova-listillo y ella, dentro del de estirada-listilla, juegan el evidente papel de la pareja-no pareja cuya tensión sexual no resuelta (T. S. N. R.) cansa más que engancha. A pesar de que hayamos podido ver bastante poco en el primer episodio de la temporada, tengo la sensación de que no darán mucho más de sí… Aunque espero que me sorprendan y tenga que escribir otro post rectificando.

Por otro lado, de los demás personajes que juegan un papel más o menos protagonista dentro de la serie, el que más me llama la atención es el jefe de policía. Aparentemente amigable, no duda en soltarle una patada en los huevos (literalmente, sin rodeos metafóricos ni nada, para la desgracia de nuestro casanova-listillo) en cuanto ve venir los problemas o, al menos, la intranquilidad de sus apacibles dominios. A Vidal, el personaje interpretado por Vicente Romero, parece importarle más que Víctor (Yon González) venga a Cienfuegos a meterse en sus asuntos que que la pobre Alicia, pequeña, desaparecida y vete tú a saber qué más cosas, haya dejado algún rastro que ilumine su búsqueda. Además, es el más creíble por estos matices de egoísmo e interés.

No queda sitio para la intriga

A pesar de que nos vendieron Bajo Sospecha como una serie de intriga, frenética y que no daría tregua al espectador en cuanto a la curiosidad que le produciría capítulo a capítulo, experimenté una gran decepción durante el visionado del primer episodio. Aunque tan solo presenciamos el detonante de las tramas, tanto de la central como de las secundarias que funcionan de afluentes de la principal, nos fastidiaron el quid de la cuestión: Alicia, la niña desaparecida, está viva. Podemos justificar esta siembra de información (en mi opinión, forzada) con que lo realmente importante no es el resultado de la búsqueda, sino cómo se realiza y qué desencadena en la familia y en la pareja de investigadores. Sin embargo, lo que no me cuadra es por qué se ejecuta en un punto del capítulo que no coincide con los picos de guion marcados. Llamadme tradicional, pero considero que es necesario que respetemos eso del detonante, primer punto de giro, segundo y clímax, al menos si el producto es español y al público que nos dirigimos también lo es.

Que no se cumpla la estructura básica en ciertos momentos produce que la intriga sufra una caída estrepitosa y sin remedio, pese a que a lo largo del episodio se respire un ambiente de tensión continua, de mal rollito entre los personajes y de preguntas en el aire: ¿Qué es lo que ocultan todos? ¿Por qué algunos están enfadados con otros? Aunque Alberto Rey afirme que Bajo Sospecha engancha “como una perra”, este efecto tan solo se produce durante el capítulo. La verdad, todavía no me ha quitado el sueño, y digo todavía porque confío en que esta ficción despegue capítulo a capítulo.

¿Estamos preparados para consumir buena ficción?

Pese a que las cadenas no estén dispuestas a ceder algunos números de share a cambio de un contenido más fino y exigente. La falsa creencia (al menos, la antigua creencia) del espectador que solo busca un descanso en la televisión, un contenido que no le haga pensar demasiado tras llegar exhausto del trabajo carece de sentido a estas alturas, más aun cuando los consumidores de ficciones extranjeras no hace más que crecer. Quiero creer que sí, que por supuesto que estamos preparados y, sobre todo, que nos merecemos la buena ficción. Hace mucho que no me conformo con la pasable.

IMAGEN: Antena3

Las series que están por venir: nuevos escenarios, nuevas historias

Con el comienzo del año 2015 llegan a nuestros oídos (y, sobre todo, a nuestras pantallas a través de las redes sociales) noticias de cómo serán los próximos productos de televisión que se avecinan de cara a la nueva temporada. Tras la decepción que sufrimos con Alatriste, relegada al late night tras su fracaso, queda pensar que todo lo que está por venir será mucho mejor que la ficción que Telecinco estrenaba tras una larga espera. Pero, ¿cómo podemos identificar que el panorama comienza a cambiar? ¿Cuáles son las señales que nos indica que algo se remueve en los entresijos de las series “made in Spain” ?

Del cine a las series

Muchos profesionales de la gran industria cinematográfica ha comprobado que el mercado de las series es también digno de estudio y de atención. No solo los directores y actores extranjeros como Woody Allen, Kevin Spacey, Jeff Daniels, Matthew McConaughey, Martin Scorsese o J.J. Abrams; sino que el escenario nacional también se suma a la fiebre de la pequeña pantalla. Juan Antonio Bayona, español contagiado de Hollywood, probó suerte con Penny Dreadful, aunque la rodó a modo de película y no como la serie que es. Si en los 90 ocurría que los directores de la pequeña pantalla se mudaban al cine, ahora ocurre lo contrario: se lanzan a la creación de nuevos contenidos para televisión de la mano de grandes plataformas de difusión. Con esto me refiero a un caso particular que me ha sorprendido de una forma muy grata por el cual no puedo dejar de preguntarme cómo resultará el producto final. Alberto Rodríguez, director de 7 Vírgenes, Grupo 7 y La Isla Mínima, será el encargado de rodar la primera producción de Movistar Series que seguro no dejará indiferente a nadie. Ambientada en la Sevilla del siglo XVI asolada por la peste bubónica, estoy convencida de que las artes de Rodríguez y el grandísimo equipo que respalda el proyecto lo tratarán como un niño recién nacido y lo alimentarán para que se convierta en un producto de referencia. ¿Estaremos haciéndonos demasiadas ilusiones? ¿Quedará anclada por ser otra serie de época más? A pesar de que en ocasiones, los escenarios se repitan, quiero creer que todavía queda mucho que contar.

Refugiados y el hype por la novedad

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Natalia Tena, una de las protagonistas de la nueva ficción de LaSexta. Fuente: El Economista.

Las típicas historias que solían abundar en la televisión española parecen deshacerse a medida que el río de la calidad se llena de agua nueva y fresca. Lejos quedan las locas mesas de desayunos de Globomedia y sus familias perfectas-no tan perfectas (aunque se han intentado reanimar, sin éxito), así como las tramas de adolescentes que ya no interesan ni a esta franja en particular. Aunque se siga practicado el product placement hasta en las secuencias más insólitas y los jóvenes tengan más o menos relevancia en las historias de la actualidad, ahora se tratan distintas problemáticas: nos preocupa el porvenir más allá del área doméstica, pensamos en ciencia ficción e incluso llegamos a preguntarnos qué ocurriría si ocurriera un desastre a nivel mundial. Cuestiones que se plantean en ficciones como The Leftovers, Lost o Under the Dome han conquistado a los creativos patrios. ¿Por qué no llevarlas a las pantallas de los españoles, que poco conocen de los mundos distópicos a través de este medio? ¿Qué ocurriría si creamos una serie que englobe elementos de thriller, estética y tramas nunca vistas? Por lo pronto, a la crítica le gusta esta idea.

The Refugees nace de Bambú (Gran Hotel, Velvet) y la mismísima BBC, quien la coproduce junto con Atresmedia. Tan solo por su padrino británico ya alimenta el hype que se está produciendo alrededor de su llegada a la televisión. El guión, la clave que cautivó a la emblemática cadena, promete ser el elemento que la distinga de todas las demás ficciones que hemos visto en nuestras pantallas. Refugiados, como se llamará en España, es una serie para una audiencia activa, es decir, que disfrute comiéndose el coco y dándole vueltas a la cabeza. El público acostumbrado a ver exclusivamente a televisión convencional en nuestro país quizá no comprenda el sentido de esta nueva ficción y, quizá por ello me parece una de las apuestas más atrevidas de laSexta. ¿Confía en que la audiencia consumidora de productos extranjeros se enganche? ¿O pretende cambiar, poco a poco, la visión de los espectadores más pasivos? Estoy deseando que empiece.

Rabia y la llegada del high concept a España

Parte del elenco de Rabia. Fuente: Perdidos en la Tele

Desde que el espectador de productos televisivos nacionales tuvo acceso a ficciones que traspasaban las barreras geográficas e incluso culturales, las comparaciones han sido odiosas. Nada tiene que ver The X-Files con El Inquilino ni la adaptación española de Cheers, protagonizada por Antonio Resines, con su original. Sin embargo, resulta muy complicado no caer en la exigencia, en pedirle al producto español parecerse un poco a lo que acostumbramos a ver en la televisión extranjera que tanto nos cautiva. Aunque no despreciamos lo que se crea en nuestro escenario, tenemos la espinita del quiero y no puedo. ¿Y si esta percepción estuviera cambiando poco a poco?

2014 resultó un año revolucionario para la ficción española y salieron a la luz títulos que soprendieron a gran parte del público. Sin embargo, así como Pérez-Reverte se lamentaba de que Telencinco no era la HBO y, por ello (entre otras razones), Alatriste había resultado semejante bodrio; la parte restante de los espectadores siguen con la venda del “producto nacional y, por ende, mal producto” y no se desprende del prejuicio de lo español. Quiero pensar que 2015 será el año del cambio de mentalidad, de la apertura de miras y de la recepción de ficciones que conquiste al público rezagado. Por lo pronto, los creativos han comenzado a dar el salto y se está apostando no solo por historias distintas, sino por tendencias que en el extranjero ya ha generado éxitos. De nuevo, imitamos lo que se hace más allá de nuestras fronteras, por supuesto, aportando un toque de lo mejor de lo nuestro (espero, no voy a adelantarme a los acontecimientos). Isla Audiovisual y Mediaset han preparado un escenario fuera de lo común y un problema global para contextualizar su nueva serie. Rabia, a la que quieren bautizarla como la madre del high concept en España, promete aterrizar con aires nuevos a la televisión y convence en su presentación al espectador hastiado de los contenidos pasados de vuelta. Su reparto, más que correcto; su equipo, con grandes ideas y metas a corto y largo plazo. Solo espero que no sea un espejismo más.

¿Qué es lo que nos falta para dar el salto?

A pesar de las buenas intenciones, los proyectos no pueden llevarse a la realidad si no hay un señor (o un grupo de enchaquetados sentados alrededor de una mesa cara) que dé el visto bueno. Es conocido que ficciones sin pies ni cabeza han salido adelante por un puro sentido comercial, más bien, por una mala intuición comercial (por mucho que les moleste a algunos, dos tetas no tiran más que dos carretas a estas alturas de la televisión, o de según qué televisión). Quiero creer que estamos en otro punto, en el que la televisión como elemento formador de la cultura es cada vez más evidente. ¿Convencerán estas ficciones a la audiencia? ¿Debatiremos sobre las teorías que encierren las series españolas? ¿Asistiremos a la creación de un referente? Ojalá 2015 nos deje satisfechos.

IMAGEN: Canal Sur.

Alatriste: no nos merecemos esta televisión

Hace cosa de un año que escribí un post reivindicando la calidad en las creaciones españolas en cuanto a la ficción televisiva se refiere. Anoche presenciamos un espectáculo ridículo con el estreno de Alatriste, por otra parte, serie condenada a muerte desde que se conocieron las primeras noticias de los problemas con la producción y, más aun, tras ver las promos que tanto bombo daba Telecinco y que tanto nos chirriaba a muchos. Como Dreamland (parece que los pasos están marcados para la inevitable tragedia), un proyecto ilusionante se ha quedado en tan solo un mal amago. ¿Qué es lo que ha fallado en la ficción para que el fracaso resulte tan evidente?

No siempre hemos fracasado en las adaptaciones

Que la tendencia actual sea la del hastío, la del tópico y la de lo contrario a la sorpresa no significa que llevemos toda la vida haciendo las cosas mal. La televisión pública puede presumir de contar con repertorio de adaptaciones que ha llevado a la pequeña pantalla con maestría, buen gusto y sentido del medio absoluto. Nombres como La Plaza del Diamante o Fortunata y Jacinta son muestra de que cualquier tiempo pasado fue mejor si hablamos de coger una novela, desmenuzarla y transformarla en un guión y posterior producto de televisión. Ojo, no juzgo ni que la serie sea mejor que la obra original ni lo contrario, sino la calidad de la adaptación.

En el caso de Alatriste, el desencadenante de este post, las comparaciones son odiosas. Si Pérez-Reverte conquista a su público lector a través de sus historias y de su conocimiento de los hechos (no puedo juzgar esto porque no he leído su obra, al igual que me es imposible criticar una serie que no he visto), en la serie todo parece de lo más caótico, improvisado y cutre. En la noche de su estreno todo parecía más propio de un teatro de colegio (de los más caros, por supuesto) que de una super producción como la que nos quisieron vender. Resulta obsceno que, a pesar del enorme presupuesto y de la infinidad de medios con los que contaban, no fueran capaces ni de caer en la cuenta de que una prostituta recitaba versos de Quevedo que le faltaban veinticinco años para ser escritos.

Nos gusta la cercanía. La necesitamos

Uno de los grandes secretos del éxito de las ficciones (no solo en televisión, sino en cualquier plataforma) es el de la identificación del público con los personajes y las situaciones que observa más allá de su propia realidad. Que Alatriste esté basada en el siglo XVII no implica que sea imposible empatizar con los comportamientos de los protagonistas y secundarios que conforman la serie. De hecho, hemos comprobado que el espectador puede llegar a identificarse incluso con ficciones de corte fantástico, donde a primera vista es poco probable que encontremos elementos de referencia. Es el caso de Game of Thrones y el boom surgido no solo a raíz del éxito de la serie producida por la HBO, sino por la fiebre lectora acrecentada desde el estreno de la ficción. Los devoradores de los libros y fieles seguidores de la adaptación en la pequeña pantalla la han elegido no solo por su cuidada estética o por el interés que suscitan las diversas tramas, sino porque es inevitable elegir a un “favorito” entre los protagonistas de la ficción.

Quizá sea demasiado pronto para sentirnos identificados con alguno de los personajes de Alatriste (dibujar el universo de una ficción en un solo capítulo está al alcance de muy pocos creadores), pero ni siquiera hemos sido capaces de reconocer las subtramas, las metas ocultas, lo justifique el porqué de las acciones de estas marionetas. Anoche tan solo vi intentos de miradas profundas, acompañados por una banda sonora inadecuada.

¿La tele que nos merecemos?

Me da mucha pena leer constantes tweets y comentarios en las revistas de información televisiva de espectadores resignados con la televisión que “nos ha tocado” tener. Pese a que Pérez-Reverte se lamentara de que Telecinco no fuera la HBO y de que España sea España, opino que ni una cadena generalista debe imitar los contenidos de un canal de pago (puesto que no poseen la misma función) ni el público de ésta debe permitir semejante desfile de morraja. Somos espectadores (algunos más activos, otros más pasivos) de todo lo malo que “nos merecemos”. Estoy cansada de que algunos títulos sean un “sí o sí” en la programación y de que se alegren al ver un número de dos cifras en las audiencias de la mañana siguiente como si de  un triunfo se tratara.

Mis 10 series de 2014

Todos los años son años de series. Tras comprobar cómo el fin de 2014 llegaba y el comienzo del 2015 me ha acabado pisando los talones en lo que a información televisiva y seriéfila se refiere, yo no pensaba ser menos que todos los medios y bloggeros que han hecho un repaso de lo mejor y lo peor de este periodo. En esta entrada he recopilado lo que considero las 10 series más relevantes del 2014. Por supuesto, ni he visto todas las series estrenadas durante 2014 (no me da la vida para tanto) ni cuento con la sabiduría universal de valorar qué es de visionado imprescindible y qué no. Pero… ¿Y lo que me gusta hacer una lista?

  • 10. How I Met Your Mother: No por buena, sino por “mítica”, incluyo esta sitcom en mi lista de Fin de Año seriéfilo. Pocas series de este calibre han durado casi diez años (Cheers cumplió 11 años en antena) y, pese a temporadas más bajas que otras y un final que no convenció a todos, me dejó una buena sensación. A pesar de poder ser comparada con su predecesora Friends, no se parece ni en sus personajes ni en las tramas que desarrolla a lo largo de la ficción. Que sí, que hay una historia sentimental horizontal que se extiende de comienzo a fin, que también hay picos en esta misma, pero… Nada que ver. Si alguien me pregunta, sin duda me quedo con Rachel y Ross. Os dejo al pánfilo de Ted para vosotros.
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  • 9. The Mindy Project: Por “plana”, boba o típica que pueda resultar al espectador de series más puntilloso, al que veneró Breaking Bad y criticó el final de Dexter hasta la saciedad (como yo misma), esta ficción me supera. Si sentí un desazón muy tonto cuando la ABC no renovó Selfie por una segunda temporada, creo que si The Mindy Project desapareciera de nuestras vidas hasta derramaría una lagrimita. Desde que descubrí a Mindy Kaling en The Office me enganché a su encanto y, además, hace una pareja estupenda con Chris Messina, quien no deja de sorprenderme y es capaz de adaptarse tanto a un papel dramático (como ocurre con The Newsroom) como a la comedia más cómica. Disfruto con los cacaos mentales de la doctora Lahiri, con las fiestas absurdas y las salidas de todos los personajes, a veces demasiado extremos como para provocar la carcajada, a veces de lo más adecuados.
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  • 8. How To Get Away With Murder: Todavía no he visto un solo capítulo de Scandal pese a que me inquieta cómo parte de la crítica la pone por las nubes mientras que otros preferirían enterrarla para no encontrársela jamás. Sin embargo, la producción de Shonda Rhimes me atrajo desde que vi el primer capítulo en pantalla grande gracias al Festival de Series de Canal + en Málaga. Disfruté de cómo estaban dibujadas las líneas que comenzaban a definirse desde los primeros flashbacks, de cómo el carácter de Annalise Keating helaba tanto como enternecía y de cómo unos adolescentes que pudieran parecer de lo más fastidiosos acababan ganándose a los espectadores en una historia de lo más trepidante. Pese a lo tópico que pudiera parecer que los alumnos de una clase de Derecho Penal tuvieran que enfrentarse al encubrimiento de un gravísimo delito criminal, la ficción crece, crece y crece.
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  • 7: Orange Is The New Black: Dramedias, venid a mí. Soy una fanática de este híbrido que aporta tanto historias duras como momentos hilarantes. En la serie que coloco en el séptimo puesto de la lista me decepcionó en su segunda temporada, aunque no podía desecharla debido a la fuerza de algunos de sus personajes. Aunque Chapman, su protagonista, me parece la menos importante, alucino con las subtramas que los secundarios crean y alimentan. En esta ocasión, Red nos ha mostrado su lado más tierno y familiar y hemos descubierto la historia de Rosa, quien nos ha ofrecido uno de los finales más épicos de las ficciones de este tipo. Sin duda, el broche de oro para una temporada pobre, pero en absoluto mala.
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  • 6: My Mad Fat Diary: Hace tan solo unas semanas despertábamos con la magnífica noticia de que tendríamos una tercera entrega de Rachel Earl y su mundo. Yo ya me había conformado (más bien, superado) con que no pudiéramos disfrutar más temporadas de este descubrimiento británico que comenzó siendo una tarea pendiente para el 2014 y se convirtió en un deleite. Una historia de adolescentes que nada tiene que ver con lo que hemos podido ver, por ejemplo, en la televisión española. ¿Cómo reaccionaría la protagonista de esta ficción en el Zurbarán, instituto donde se desarrollaba Física o Química? ¿O en el colegio de Los Serrano? Si la pobre Rae está ya tocadita, ni me la quiero imaginar en tales circunstancias…
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  • 5: The Newsroom: Me he reído, me he enfadado, he aprendido y hasta he llorado (sobre todo, en los dos últimos capítulos de la útlima temporada) con esta serie. ¿Cómo iba a dejarla fuera de mi ranking? Sigo sin comprender por qué todavía hay quienes no aceptan que esta ficción dramática sea buena, por qué no han empatizado con los personajes y la han criticado hasta su final, del todo correcto por haberlo ejecutado antes de que pudiera quemarse por tirar del hilo. Quizá sea porque soy periodista, he trabajado en televisión y puedo sentirme identificada con las mecánicas de una redacción y su frenetismo… No lo sé, simplemente, todavía no he superado que se haya terminado.
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  • 4: Fargo: No soy de segundos visionados, prefiero probar cosas nuevas a las repeticiones, pero esta serie lo merece sin duda alguna. Lo que pudiera parecer un sacrilegio en el principio se convirtió en magia desde que comprobamos el arte de Noah Hawley no solo para la adaptación (a pesar de que afirmaba no haber adaptado la obra de los Cohen, sino que tan solo utilizaba el ambiente y los matices), sino para la creación de historias y personajes que no dejan indiferente a nadie. Si Martin Freeman me conquistó en Sherlock, ahora no tengo más remedio que seguirle la pista de cerca. Si para colmo forma dueto interpretativo con Billy Bob Thornton y el flequillo inquietante de un Lorne Malvo de lo más impredecible, es inexcusable.
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huffpost.com

  • 3: Aída: Os extrañaréis de encontrar una serie española en el top 3 de mi lista particular televisiva. El spin-off de la mítica 7 Vidas, apuesta fuera de lo común en el panorama nacional debido a que comenzó con cifras bajas y estaba condenada a acabar en los talleres (de los que nunca o casi nunca se regresa), resultó la píldora que el espectador necesitaba para el prime time de los domingos. Una opción distinta al Salvados de Jordi Évole y característica por su comicidad sin límites, enganchó hasta a 6 millones de espectadores en sus mejores tiempos. Tras la marcha de la protagonista principal la serie había sufrido una caída progresiva de su audiencia pese a que los episodios seguían siendo hilarantes gracias a la creación de nuevos personajes que no tenían nada que envidiar a los mejores cómicos del país. Además, nos gusta el humor pícaro y hasta ofensivo, como demuestran las cifras de La Que Se Avecina en la actualidad. Con el fin de Aída, termina una era. ¿Estaremos ante el comienzo de otra?
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  • 2: True Detective: Sí, era demasiado evidente que la ficción creada por Nic Pizzolatto estuviera en otra de las tantas listas que llevamos leyendo desde que comenzó la Navidad. Pero no podía dejar pasar a dos de los personajes que más me han enganchado durante este año seriéfilo ni a una trama central trepidante y unas secundarias de lo más sorprendentes. Mientras que Rust se explayaba con sus retorcidos pensamientos y dejaba con cara de pasmarote a Martin, se desarrollaba un universo que a todos los que la hemos puesto, prácticamente, por las nubes en nuestras críticas, nos ha cautivado. Ahora, a esperar la segunda temporada.
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mashable.com

  • 1: The Leftovers: La controvertida obra de Damonn Lindelof no podía estar en otro lugar que en el merecidísimo Top 1. La que ha sido para mí la serie del año ha dejado tan buen sabor de boca como mala crítica, ya que ni unos ni otros se ponen de acuerdo en valorar si ha sido una buenísima ficción o un producto innecesario. Opino que ha sido revolucionaria no solo por las historias que se cuentan sino por cómo se cuentan: el guión, de principio a fin (aunque al principio no se aprecie), está elaborado con maestría y las interpretaciones (ocurre lo mismo que con el guión, que debemos ambientarnos y  meternos de lleno en el contenido para valorarlas) resultan tan crudas que llegamos a empatizar con personajes que llevan comportamientos imposibles de comprender en el comienzo. Como ya escribí en este medio, me ha encantado. No sé qué nos deparará la segunda entrega, pero tan solo por cómo he disfrutado la primera, ya se encuentra entre mis series favoritísimas.
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HBO

El héroe clásico debe morir

Hércules vs Walter White

Hércules vs Walter White

Conocemos los arquetipos heróicos desde la lectura de los clásicos. Homero define al héroe (en griego, ἥρως) en base a sus hazañas extraordinarias, las cuales lo dotaban de valores de bondad y valentía. Ahora, dentro del mundo audiovisual y los constantes cambios circunstanciales de la sociedad y los nuevos escenarios, tanto en el mundo real como en el ficticio, el héroe clásico ha perdido sentido. Ha surgido una nueva figura, con ciertos rasgos similares a los de su antecesora, pero que se aleja de lo idílico y representa un reflejo más realista del universo en que vivimos.

Hemos asumido que nadie es bueno por naturaleza gracias a la experiencia de la propia historia, la literatura y, ahora, el cine y la televisión. Los protagonistas de la ficción suelen tener un destino y un fin que desarrollar a lo largo del relato y ningún héroe considerado como tal en la actualidad es héroe porque sí. Esto significa que el héroe contemporáneo, para ser calificado de esta manera, desempeña ciertas acciones para solventar necesidades propias (ya sea la protección de su familia, su beneficio económico o el bien común, del que también se aprovechará). Resulta extraño encontrar héroes, más clásicos que modernos, que luchen a cambio de ningún premio.

En la actualidad no hay damiselas a quienes rescatar ni monstruos contra los que debe luchar. El héroe contemporáneo encuentra nuevas tareas a las que hacer frente en el presente: desde solucionar conflictos familiares (prácticamente inexistentes en las histórias épicas clásicas) hasta lidiar con su ser. El problema de la identidad es clave para entender los comportamientos de los héroes en la actualidad. Los doctores Edisa Mondelo Gonzáles y Alfonso Alvarado Cuadrado, en su artículo Visiones contemporáneas del héroe de la Universidad Rey Juan Carlos, afirman que este individuo debe “encontrar su lugar en el mundo” para poder “dar un sentido a su existencia”. A lo largo de la ficción, en literatura, cine y televisión, se han creado personajes cada vez más imperfectos en lo que se refiere a la psicología. Ya no nos interesan los héroes perfectos, sin miedos ni obstáculos, no son creíbles.

La importancia de las aristas

Bruce Wayne está lleno de imperfecciones. Batman es uno de los héroes contemporáneos más representativos.

Las figuras clásicas protagonistas de las historias se han quedado desfasadas por la falta de caracterización secundaria del personaje. Los héroes arquetípicos no eran conocidos más allá de sus aventuras, sus canciones de guerra o sus dibujos donde podíamos verlo luchando contra monstruosas bestias. Ahora, no podemos conformarnos con saber que el personaje realiza cierta hazaña, sino que siempre queremos saber por qué la desempeña y qué obstáculos encuentra en su camino (no obstáculos como tal, sino los que respectan a sus circunstancias personales y a sí mismo). Todos los héroes contemporáneos están diseñados con un perfecto equilibrio entre las virtudes y los defectos. No basta con presentar una kryptonita, sino que en nuestro relato debemos explicar por qué le resulta tan dañina.

Gracias a la evolución de las series y su acercamiento al cine y al mundo del cómic, los héroes están muy presentes en la ficción televisiva. Además, la cercanía con el personaje ha comenzado a interesarnos más que las hazañas, más usuales en el género de ficción y fantasía épica. Ahora, el héroe contemporáneo vive en una casa común, tiene una familia normal, un trabajo aburrido y un deber que acometer. Si es una persona como tú y como yo, ¿cómo podemos reconocer al héroe en el escenario que ahora nos ocupa? Una de las características esenciales de esta figura en la actualidad es su desdoblamiento.

A veces, Walter White. Otras, Heisenberg.

Utilizando el ejemplo de Superman que, aunque se quede algo anticuado para algunas explicaciones, nos resulta perfecto para entender el desdoblamiento del héroe contemporáneo. Clark Kent, periodista tímido y que no destaca en la redacción del Daily Planet, se esconde en un despacho para cambiarse de ropa y convertirse en Superman, el salvador conocido por todos y famoso por su superfuerza y visión de rayos X. ¿Qué ocurre? El alter ego del héroe contemporáneo es un ejemplo de la búsqueda continua de la verdadera identidad y, el cambio de traje, la imposibilidad de asumir como propias ciertas características que pueden espantar a la sociedad no heróica. A diferencia con las figuras clásicas, perfectamente asumidas por los no héroes, en la actualidad se ocultan las virtudes que lo hacen distinto al resto del mundo. Sin embargo, a pesar de los artificios y la pretensión, el héroe solo es uno.

La distancia entre el físico y padre de familia Walter White y su alter ego, el narcotraficante Heisenberg, se hace explícita en el uso del disfraz (el sombrero negro y las gafas de sol); pero cuando aprieta el gatillo, cuando asesina, no lo lleva puesto.

Jorge Carrión, Teleshakespeare.

El héroe: infancia y madurez

Cualquiera se echaría las manos a la cabeza si, hace algunos años, considerásemos a un asesino como un héroe.

[…] la tendencia ha sido siempre dotar al héroe de fuerzas extraordinarias desde el momento de su nacimiento, o aun desde el momento de su concepción. 

Joseph Campbell, El héroe de las mil caras.

Uno de los primeros pasos que debemos dar cuando comenzamos a escribir un guión es el diseño de los personajes que ocuparán nuestras tramas. La estructuración de un background (un repaso biográfico desde el momento del nacimiento hasta que aparece en la historia que guionizaremos) resulta esencial para la creación del héroe contemporáneo. Uno no es héroe porque sí, sino que ciertos hechos de su vida o razones específicas lo han convertido en una persona especial. Por ejemplo, el oscuro pasajero de Dexter (o, para los que disfrutamos de la V.O., The Dark Passenger) comienza a desarrollarse cuando presencia el asesinato de su madre con tan solo tres años de edad.

La infancia también resulta esencial en el caso de los héroes clásicos. Heracles, hijo de dios y mortal, quedará marcado para toda su vida por su condición divina impuesta desde el momento de su nacimiento. Tampoco todos los héroes contemporáneos surgen por hechos vividos en la niñez, sino que deben evolucionar hacia la heroicidad por otros factores. Walter White había sido un hombre común hasta que le diagnostican un cáncer terminal y debe asegurar un futuro digno para su familia.

El factor de la niñez resulta útil para crear héroes desde cero. La tarea del background puede sernos útiles para enriquecer al personaje en cualquier caso, no solo para dotarle de factores detonantes para el ejercicio heróico en su etapa de madurez, sino para crear una personalidad acorde con sus funciones de adulto. No traumaticemos a nuestros héroes en vano.

Cuando hablé de los personajes en las series, creí necesario dedicar algún post a este fenómeno que me interesa especialmente. He tardado bastante en subir una entrada nueva, pero todavía estoy planteando la periodicidad del blog. Sigo escribiendo, sigo trabajando. Por favor, cualquier sugerencia que tengáis la recibiré encantada. Estoy deseando llenar este espacio de contenidos interesantes y útiles para todo el mundo. Muchas gracias por leerme.

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