El fascinante mundo de los reality shows

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De grandes éxitos como “Yo no veo la tele, me achicharra la inspiración” o “Solo vi el primer Gran Hermano, los demás han sido una mierda” os traigo este post. No, no me he convertido en una espectadora pasiva más, engullida por el sofá de mi piso, incapaz de cambiar el canal por no alcanzar el mando al estirar el brazo. Hay que verlo todo para poder analizarlo y criticarlo y, aquí me tenéis.

Aunque a más de uno os cueste creerlo, el reality show es un formato espectacular, creativo y casi mágico en lo que respecta a su aplicación social.  Soy consumidora de estos contenidos desde, prácticamente, su creación e inserción en España. Comencé viendo Gran Hermano con la expulsión de María José Galera, de la primera edición, cuando tan solo tenía ocho años. Aunque no entendía muy bien qué estaba ocurriendo en aquella casa y en aquel plató, seguí viendo las galas todas las semanas, me enganché a los resúmenes y mi madre me grababa los especiales del programa matinal de María Teresa Campos y los de Crónicas Marcianas (solo los que consideraba adecuados, cuando comenzaban a quitarse la ropa paraba el vídeo, claro). Me tragué Gran Hermano 1 de principio a fin, y la segunda edición, y la tercera, y la cuarta… Hasta el día de hoy, he visto 14 ediciones. La 15 también la veré, a pesar de que haya quien diga que el formato está más que pasado de rosca. Y tienen razón. Pero no quiero utilizar este post para decir qué no me gusta del reality, sino que pretendo reconciliar a quienes reniegan de Gran Hermano con un maravilloso programa que, aunque lleve más de 14 años presente en la parrilla española, sigue teniendo puntos televisivos pendientes de explotación.

La conductora del programa, Mercedes Milá, recibiendo al ganador de la primera edición de Gran Hermano, Ismael Beiro.

Gran Hermano: gran reclamo, grandes beneficios

Cuando decidí escribir sobre los reality shows pensé en documentarme y conocer lo máximo posible antes de hablar de nada. Saqué de la biblioteca algún libro, leí muchos blogs de supuestos entendidos en el tema y me quedé totalmente desconcertada. Según Rebeca Quintáns y Andrés Sánchez, autores del libro Gran Hermano, el precio de la dignidad, el formato “es un salto mortal más en la pirueta del espectáculo”. Además, afirman que “nadie les creyó” cuando Telecinco lo anunció como un “experimento sociológico y que contribuía a la ciencia por ser único de tales características”. Todos coinciden en la misma premisa: Gran Hermano fue creado por y para el morbo televisivo y, por supuesto, para sacar tajada de ello. Y yo me pregunto, ¿acaso en la tele (privada, la pública debe cumplir con un servicio público, tiene una función distinta) se crea algún contenido que no esté pensado para obtener beneficio económico? Me parece que no.

Puede que se equivocaran en la primera denominación del formato, pero han tenido 13 ediciones para rectificar el error. Mercedes Milá se preguntaba en el primer programa de la primera entrega si el proyecto que comenzaban haría historia de la televisión y quizá ni se imaginara las consecuencias que tendría en las audiencias en los próximos programas de la edición de Ismael Beiro, Iván y Ania, donde llegaron a alcanzar picos de 11 millones de espectadores. Gran Hermano jamás ha dejado de ser una excusa para aprovechar un producto que llamaba la atención de los espectadores y traía a la cadena y a la productora un beneficio multimillonario. Y creo que lo consiguió con creces.

Mercedes Milá, 13 ediciones más tarde, sentada en el plató de la última entrega del reality.

¿Por qué Gran Hermano es lo peor de lo peor de la televisión?

He sido juzgada por decir que veo Gran Hermano y, mucho más, por considerarme una seguidora acérrima del programa. Luis Navarrete, coordinador del Máster en Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual que curso actualmente en la Universidad de Sevilla hace una perfecta distinción entre los productos pertenecientes al “gusto popular” y aquellos que se encuadran en el “gusto culto”. ¿Qué ocurre con Gran Hermano, que la sociedad lo rechaza de una manera tan tajante y dice cambiar el canal en cuanto escucha la música del programa? ¿Quizá resulta improductivo sentarte a ver cómo salen y entran los concursantes en una casa llena de cámaras? Si tenemos este pensamiento, no podemos olvidar que cualquier cosa que veamos en la pequeña pantalla (y cuando digo cualquier cosa, me refiero a todos los productos creados por y para la televisión, sin pretensiones educativas) será igual de improductiva que ver Gran Hermano. Existen espacios que fueron ideados para entretener, provocar unas risas a los espectadores y, por supuesto, ganar posibles compradores de los productos que publicitan los anunciantes. Eso es lo más importante.

Pero los realities no son los únicos motores que mueven cantidades ingentes de dinero. Desde Globomedia, comenzando por Médico de Familia y siguiendo por la infinidad de ficciones nacionales que hemos podido ver a lo largo de la historia de las televisiones privadas, hemos descubierto mesas de desayuno repletas de productos que a nosotros no se nos ocurriría jamás comer por las mañanas. Entonces, ¿por qué se condena a Gran Hermano por publicitar a según qué marcas? ¿Acaso no es lo que hace todo el mundo en la televisión? Todos nos han vendido algo alguna vez desde la pequeña pantalla, no nos vamos a extrañar a estas alturas.

Teté y Eva (Los Serrano), desayunando al ritmo del product placement como las que no quieren la cosa…

Todo el mundo ha criticado alguna vez al reality más visto de España y del mundo. El producto creado por John de Mol, fundador de Endemol y cabeza del proyecto Big Brother, ha estado en boca de todos desde su primera emisión el 23 de abril del 2000. Y aunque pudiera parecer sencillo reunir a un grupo de desconocidos, encerrarlos en una casa ajena y esperar a que surgieran las relaciones, roces y reacciones esperadas por el equipo que controla y diseña el programa, es mucho más complicado que guionizar un magacín o una sitcom. En Gran Hermano todo se magnifica, como bien dicen los fans y concursantes, y nunca se sabe con exactitud qué puede ocurrir. Quizá la incertidumbre sea el punto más interesante del reality, aunque sea una “incertidumbre altamente guionizada” por parte de un gran equipo de creativos y redactores. Si nos tragamos bazofias varias, donde en la mayoría de las situaciones sabemos casi exactamente qué va a decir el protagonista de la ficción en una momento específico, ¿por qué no vemos un programa donde, en mayor o menos medida, los personajes puedan llegar a sorprendernos? ¿Quién no quedó boqueabierto cuando Silvia decidió acompañar a Israel (GH 1) el día de su expulsión? ¿Y cuándo Noemí (GH 12+1) se desnudó en las duchas del Gran Hermano Brasil, dejando a los demás concursantes con la misma cara que teníamos nosotros frente a nuestras televisiones? Muchos tachan al formato del mejor ejemplo de la llamada telebasura, todo lo que venga de la pequeña pantalla es, más o menos, aprovechable. Javier Bilbao escribe que estos programas “son un estímulo para nuestras mentes, evolucionadas en un entorno de continua interacción personal”. Para que luego digan los supuestos entendidos y reputados teóricos…

Solo los más frikis de Gran Hermano serán capaces de reconocer a estas dos figuras de la edición número 12 del reality. Una de ellas firmaba la frase “se me comba la peluca” y, la otra, consiguió que un conejo se volviera, literalmente, cardiópata por arguantarla. Momentos estelares.

¿De capa caída?

Pues sí, para que nos vamos a engañar, 14 ediciones hacen mella en cualquier programa de la televisión. Como los años que pesan en las personas, Gran Hermano ha sufrido un declive en muchos sentidos: desde los castings y la selección de los perfiles de los concursantes, pasando por las tramas que se tratan en el programa y llegando, por supuesto, a la presentadora. Sé que hay muchos seguidores de la Milá, que la consideran una de las caras más necesarias del panorama del espectáculo (incluso en el informativo) pero, del carisma al esperpento hay solo un paso. Y Mercedes lo cruzó hace algunos años ya.

Desvaríos varios en Gran Hermano, por supuesto, protagonizados por Mercedes Milá. También enseñó las bragas en una ocasión, pero he decidido omitir la imagen por motivos evidentes.

Me cuesta creer que, algún día, Gran Hermano desaparezca de la parrilla televisiva, pero he de confesar que en estos últimos años lo he deseado muchas veces. Como las series de ficción que se alargan hasta la saciedad, como una telenovela mala donde los personajes no hacen más que morir y resucitar, todos los formatos tienen su momento de gloria y de decadencia. Al parecer, hasta los propios directivos decidieron que el programa no merecía el destino que estaba viviendo, cuando la audiencia no alcanzaba los tres millones de espectadores en las noches más álgidas del reality. Por ello, anunciaron un descanso de un año tras la última edición. Mercedes Milá (por supuesto, quién si no, ¿Pepe Navarro? Já) proclamó a los cuatro vientos que Gran Hermano 15 estaría de regreso tras el verano de este año.

Quiero creer que este periodo de barbecho sirva para que Gran Hermano se refresque y haga un viaje de regreso a los orígenes, cuando el formato era tan básico como bueno y los concursantes no eran personajes sacados de los lugares más recónditos de Internet y el mundo del espectáculo, sino que tan solo eran gente “normal”. No podía terminar este post sin adjuntar un vídeo de mis momentos favoritos del programa: las noches de Halloween en Gran Hermano, o lo que es lo mismo, carcajada asegurada.

Una cosa… Se puede ver Gran Hermano, ¡y leer a Saramago!