Évole y la Espe-espantada: el arte de hacer preguntas y el deber de responderlas

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El domingo asistimos a otro espectáculo lamentable patrocinado por uno de los mejores programas que ha parido la televisión de nuestros tiempos. Jordi Évole, anteriormente apodado como El Follonero, y con razón, se sentaba junto a Esperanza Aguirre en una cafetería cercana a la popular sede de Génova del Partido Popular. Comenzando la charla en un tono distendido aunque irónico, el regreso de Salvados con el estreno de la 2ª parte de su octava temporada auguraba un revuelo asegurado tanto en las informaciones televisivas de la mañana siguiente como en las redes sociales durante los momentos de emisión.

Desde que Évole se marcó la trola de Operación Palace (que, sentara mejor o peor y resultara más o menos creíble, es una pieza digna de revisionado y estudio) y dejó con las patas colgando a más de 5 millones de espectadores, el revoltoso reportero tan solo puede aspirar a sorprender al público. Él lo hace con maestría y desde una relativa sombra: otorgando el protagonismo al entrevistado, permitíendole explicar su punto de vista y ofreciéndole la oportunidad de dejarse a sí mismo con el culo al aire ante un público que sigue revolviéndose al comprobar que lo que se cuece en la política y en la actualidad nacional e internacional está tan lleno de basura como nos veníamos oliendo.

Esperanza Aguirre entraba sembrando un silencio sepulcral que obligaba a preguntarse si aquel fenómeno era habitual ante su presencia o tan solo se debía a la tensión del momento. La ex presidenta de la Comunidad de Madrid ya había protagonizado momentos polémicos en Antena 3, cadena del mismo grupo que laSexta, durante la semana, según parece, temiéndose lo que ocurriría la noche del domingo: de nuevo, su nombre se vería sumido en un bochornoso espectáculo televisivo desde que se levantara de su asiento y dejara a Jordi Évole con la palabra en la boca. Éste, sin más remedio que reírse de la situación, se ha vuelto a cubrir de gloria. Qué momentazo. Qué maravilla.

Sin embargo, la espantada a la que asistimos el domingo por parte de esta pobre sexagenaria no resultó motivo de éxtasis televisivo, más allá del buen sabor de boca que han dejado las audiencias del lunes por la mañana. Que la vuelta de Salvados haya arrojado un espléndido 21,2% de share no indica que a la gente le guste lo que ve, más bien todo lo contrario: el público quiere respuestas a las preguntas que formula, en este caso, mediante la perspicacia y la rapidez mental de Évole y el maravilloso equipo que lo respalda.

El chico que el equipo de Buenafuente descubriera cuando comenzaba la era de los 2000 se encuentra cada vez más cómodo en la que es ya su casa: esté donde esté y esté con quien esté, en la helada Finlandia o en el salón del mismísimo Artur Mas, lidiando con Juan Cotino (o con su hermano) o escuchando con una gran fortaleza a las víctimas del accidente del metro de Valencia. Mucho ha llovido desde que sus incómodas preguntas comenzaran a levantar los sarpullidos de más de uno, nada más y nada menos que siete años, cifra por la cual la señora Aguirre se sorprendía al encuentro de Évole. Sin embargo, a El Follonero no le pesan ni los aniversarios en antena ni los entrevistados a los que ha sacado los colores a lo largo de su camino. Ni, muchísimo menos, una resabiada Esperanza Aguirre que permanecía frente al curioso reportero con la coraza de la prepotencia que le caracteriza.

De nuevo, la estrategia de los balones fuera del campo y la media sonrisa que transmitía eso de “estoy jodida, pero contenta” dejaron entrever la fuerza del periodismo a la hora de contar historias que no solo interesan al público que se sienta a ver un programa de televisión un domingo por la noche, sino que son necesarias para que los ciudadanos configuren el mapa mental de la actualidad nacional, de lo que se cuece en el mundo que hay más allá de la pantalla que visualizan. La realización, la naturalidad de las escenas y un guión (más bien, una escaleta sencilla) de lo más distendido y, cómo no, los silencios resultaron los elementos necesarios para que el Aló Pablo (Aló Espe), como lo bautizó la mediática política, fuera un bombazo. ¿Cuál es el secreto para que la fórmula funcione a la perfección? No basta con echar en el caldero catódico un revoltijo de ingredientes susceptibles de ser sabrosos a los ojos del espectador, sino que los instrumentos para que la mezcla adquiera la textura correcta son esenciales: el ritmo marcado por los interlocutores, la agilidad del entrevistador y, por supuesto, el arte de realizar preguntas, aunque el deber de responderlas quede, en ocasiones, en un oscuro segundo plano.

Y tal y como vino, se fue. A las siete y diez de una tarde lluviosa de Madrid que, según afirmaba al comienzo del programa, había sido el primer día malo de aquel año. No se preocupe, Espe, que vendrán muchos más.

IMAGEN: La Sexta.