Sala de control de realización de Gran Hermano España. Fuente: Fórmula TV.

Desde la llegada del fenómeno Big Brother de la mano de Telecinco en el año 2000 el reality ha estado siempre presente en la parrilla televisiva. Gran Hermano marcó un antes y un después a la hora de entender la manera de ver la televisión. Podemos decir que, aunque la era de la hipertelevisión quedara algo alejada, el medio comenzaba su transformación hacia el visionado social y la participación de las audiencias en la elección de los contenidos.

Pero en 14 años ha dado tiempo a que el público modifique sus hábitos de consumo y preferencias a la hora de ver la televisión. Lo más probable es que si viéramos la primera gala de la primera edición de Gran Hermano (a no ser que fuérais tan frikis como yo, que sí la disfruto), nos aburriéramos sobremanera. Si el formato se ha mantenido estable durante tantas temporadas casi ininterrumpidas y ha propiciado la creación de otros realities, ¿qué ha cambiado en el modelo para que continuemos enganchados a ellos?

La diversidad, esencial para combatir el hastío

Perdidos en la Tribu es uno de los docurealities más representativos del panorama.

La oferta de programas de este tipo que encontramos cada día en la parrilla es abrumadora. Ya no solo tenemos el más puro formato de telerrealidad, sino que sus derivamos más dinámicos ocupan una gran parte de la franja diaria en la parrilla. Estos son el docureality y el docudrama. Títulos como Pesadilla en la Cocina, Novias de Beverly Hills o Perdidos en la Tribu tan solo son una muestra de lo que se emite a diario y en reposición continua en las cadenas secundarias de la TDT.

La explicación de este fenómeno es sencilla: primero, la reposición es muy barata y, segundo, la gente lo sigue viendo porque el formato engancha. A pesar de que los contenidos novedosos son muy frecuentes y los grandes realities ocupan el prime time en todos los casos, no solo éstos beben de la caja no tan tonta, sino que la oferta en inmensa, compleja de contabilizar y de etiquetar.

Reality vs Tradición: la evolución del formato

Hablar de Jersey Shore y el esperpento como concepto base del reality actual nos daría para rellenar otro post entero.

Ni de Gran Hermano interesa el estudio sociológico ni de Supervivientes interesa la supervivencia, valga la redundancia. Si un espectador de mediados de los 90 viajara en el tiempo y aterrizara en la actualidad quedaría completamente descolocado ante la nueva televisión que ven sus ojos. Sería incapaz de entender lo que ocurre al otro lado de la pantalla. Pero, al igual que el lenguaje cinematográfico ha evolucionado con el paso de los años, la telerrealidad ha ampliado sus horizontes hacia universos que jamás hubiéramos creído posibles. Títulos como Jersey Shore (y sus variantes británica y española), My Strange Addiction o Toddlers And Tiaras superan cualquier barrera ética o moral establecida en la mente del espectador. Ver hasta dónde podemos llegar es lo que más nos gusta, por extraño que parezca.

Sin embargo, no podemos olvidar que la televisión es un carísimo teatrillo que pretende que nos creamos todo lo que vemos en ella. Aunque la RAE todavía no recoja la definición del término reality, hemos asumido (por error) que todo lo que está denominado así debe ser real en su totalidad. Esto es, que el programa no debe organizarse por un guión y que las actuaciones de los personajes deben ser espontáneas y no estar sujetas a compromisos de ningún tipo. Sin embargo, el éxito de este formato en plena evolución reside en la creatividad y la técnica de los equipos de guión, la labor de casting previa al reality, la realización y la postproducción. Un perfecto ejemplo de ello es el recién estrenado Un Príncipe Para Laura que, a pesar de ser ésta su segunda edición, no ha dejado a nadie indiferente.

Nuestro toque personal

Gracias al éxito de los formatos extranjeros adaptados a las necesidades del público nacional, no hemos dejado de explorar y disfrutar de nuevos programas, por chocantes que pudieran parecernos en un principio. ¿Quién pudiera imaginar hace diez años que nos acabaríamos aficionando a programas de episodios cortos como Pesadilla en la Cocina y que, incluso llegaríamos hasta a crear nuestro propio monstruo de los fogones?

El Jefe Infiltrado, nuevo programa adaptado de La Sexta de la versión original norteamericana.

El último formato que hemos adaptado ha sido el de El Jefe, programa que llevaba emitiéndose en Xplora desde comienzos de 2013 y que llamó la atención de los aficionados a los realities fuera de lo común. Un alto cargo de una empresa se infiltra entre los empleados de la misma para conocer qué puede mejorarse y qué problemas tiene el sistema que maneja. Jose Díaz, activo twittero y crítico de televisión, considera que el espacio puede convertirse en “el heredero de Pesadilla en la Cocina” al guardar semejanzas en los mecanismos de desarrollo. Sin embargo, a El Jefe Infiltrado le falta algo esencial para que nos quedemos pegados a la televisión: el carisma de un personaje que se convierta en ídolo de masas.

Nos encanta ver caras conocidas en los realities y, sobre todo, reciclar los participantes. Los concursantes de Gran Hermano han sido (y siguen siéndolo, aunque tras 14 ediciones los habitantes de la casa no sean tan archiconocidos como lo fueron en las tres primeras temporadas) muy recurrentes en otros formatos similares como Supervivientes, Mujeres y Hombres y Viceversa y demás programas de la misma casa. Esto sucede porque al conocer cómo son y cómo se comportaron en el reality de origen, sabemos qué rol van a jugar en el reality futuro y nos da satisfacción saber de antemano qué ocurrirá. Por ello tendemos a casposear las plantillas y los programas están llenos de personajes estereotipados: la guapa tonta, el macho alfa, el freak, la superwoman y el chivo expiatorio. De nuevo, y a pesar de lo que digan algunos ideólogos de estos formatos, el guión está tan presente que se crean las mismas estructuras de narración que en cualquier otra historia.

Mis descubrimientos de la temporada

Linds, pensando quién sabe qué.

El reality no deja de expandirse por los demás formatos de la televisión. En el caso de Lindsay, donde se narra la vida de la celebritie Lindsay Lohan después de su rehabilitación de la mano y producción de Oprah Winfrey, transpasa los límites del docureality y se convierte en algo más. Con una compleja definición, cada capítulo aporta un dramatismo muy bien creado sobre todo lo que le pasa a esta chica. Aunque no consigo dar con los subtítulos y me cuesta descifrar según qué cosas, empatizo con ella a pesar de sus excentricidades, cosa que me parece tremendamente difícil.

También quería destacar un reality de la fábrica de Endemol que me llamó la atención desde la primera vez que escuché hablar de él. Su nombre, Utopia, puede suscitar miles de pensamientos si no hemos visto la promo. Cuando la visioné, me pregunté si este formato podría ser adaptado a la española y le trasladé mi inquietud a Baldomero Toscano, director de producción de programas de Mediaset, en una charla que dio en clase. Él me contestó con risas que, a no ser que llenáramos un descampado con ex tronistas y demás personalidades asiduas a los platós de Telecinco, resultaría muy complicado.

La verdad, sería interesante volver a los orígenes del reality, donde no existía la retroalimentación entre programas y los “actores” eran desconocidos. La incertidumbre, la sorpresa y la emoción eran sentimientos únicos que ahora, por muy trabajado que esté, son complicados de conseguir de forma natural.