La televisión como servicio público 1: qué es, qué no y qué debería

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Desde que me puse en marcha con este blog sobre televisión, lo que más me gusta del mundo, y sobre creación y crítica de lo que vemos en la pequeña pantalla, aprendo muchísimo a la vez que escribo. Os pasará a todos que, de una u otra forma, mantengáis un ritmo de publicación constante en algún medio de comunicación o tengáis que investigar a fondo sobre algún tema antes de escribir sobre este. Hace algún tiempo que publiqué un post sobre cómo, a mi parecer, Televisión Española no podía ser considerada una cadena pública y no pude evitar pensar en ello más allá del artículo. Tras analizar estrenos, leer información sobre lo más o menos nuevo y repasar los análisis de los títulos que mejores ratos me hicieron pasar frente a la tele, el debate del servicio público sale a flote en cuanto presenciamos la evolución de la cadena pública, hacia arriba o hacia abajo. Tras haberme pasado un tiempo buscando bibliografía sobre el concepto de servicio público en televisión, me encuentro con que hay mucho texto jurídico pero poca interpretación del mismo.

Definición de servicio público: la necesidad para la población/los espectadores

Según leemos en la ley 7/2010, de 31 de marzo, General de la Comunicación Audiovisual, la función de servicio público debe comprender la producción de contenidos destinados “a satisfacer necesidades de información, cultura, educación y entretenimiento de la sociedad española; difundir su identidad y diversidad culturales; impulsar la sociedad de la información; promover el pluralismo, la participación y los demás valores constitucionales, garantizando el acceso de los grupos sociales y políticos significativos”. Casi nada. Tras leer el texto jurídico y perderme varias veces entre tanto término técnico, creo que lo que debemos preguntarnos antes de entrar en el centro del asunto es qué entendemos por necesidades del público. En general, ¿qué es lo que espera la audiencia (en este caso, todos los ciudadanos) cuando se sienta a ver la cadena pública?; y, específicamente para este medio, ¿es un contenido exclusivo de televisión e imposible de trasladar a otros medios de comunicación? ¿Es realmente necesario para los espectadores?

Resulta casi imposible encontrar un solo programa que cumpla todas las premisas planteadas arriba, más aún cuando vivimos momentos en los que parece más importante satisfacer las necesidades de entretenimiento que las de conocimiento. Pese a lo general de la televisión (ya que posee contenidos para públicos de todas las edades y de, prácticamente, todos los gustos), es muy complicado generar un contenido que cumpla la función de servicio público en su totalidad, y por ello me planteo que quizá el secreto esté en las pequeñas dosis. Aunque el diseño, producción y emisión de un formato que respete todos los principios exigidos sea, más que utópico, antitelevisivo si somos realistas, el servicio público se cumple en aquellos programas que poseen matices del mismo y cubren las necesidades mencionadas. Sin embargo, debido a que los tiempos reducidos de la pantalla doméstica no permiten extensos discursos, resulta muy complicado.

El papel crucial de las Comunidades Autónomas en el servicio público en televisión

Según la ley General de la Comunicación Audiovisual mencionada arriba, las Comunidades Autónomas juegan un rol más que necesario para que el servicio público en televisión se ejecute como es debido. No solo a través de las herramientas de la estatal, sino con el apoyo de los canales que facilitan el acceso a una información y entretenimiento más cercanos al espectador por la inclusión de elementos “conocidos” para quien ve la televisión, la función de servicio público podría ser alcanzada si se cumplieran los principios básicos incluidos en el texto jurídico.

Pese a lo criticado de todas las televisiones autonómicas (el posicionamiento ideológico según los gobiernos del momento, lo “rancio” de ciertos contenidos y la repetición incesante de las mismas caras contando las mismas noticias y los mismos chistes), creo que no existe otra herramienta más útil y directa para desempeñar la función que hoy me preocupa. Mientras que la televisión nacional tiene que dividirse en públicos objetivos muy dispares, la dirigida a los habitantes de un territorio menor en extensión y similar en cultura tiene muchas más posibilidades de acierto. Por ello, es más fácil alimentar las necesidades de una audiencia con inquietudes y problemáticas similares. Aunque generalizar nunca sea recomendable, tiene sentido que empaticemos con los formatos que se acercan a nuestra cultura y que recojan las preocupaciones que nos atañen a nuestros semejantes (a los más semejantes, entre los semejantes).

Hablemos de ejemplos concretos. Con el fin de curso terminaba la tercera edición de La Báscula en Canal Sur (televisión pública de Andalucía), programa que cerraba su andadura (hasta la próxima temporada) con un share más que aceptable y mantenido semana tras semana. El espacio se ha popularizado entre los espectadores de la comunidad autónoma ya que reúne una serie de claves que lo convierten en un espacio ideal para la franja donde se emite y para el público al que está dirigido: además de ofrecer las guías para mantener una vida saludable, es tan divertido como didáctico. De entre todos los elementos del formato, destaco la capacidad de generar empatía entre los participantes y el público, ya que cualquiera puede conseguir las metas que el programa propone desde la pequeña pantalla. Además, La Báscula se reafirma como servicio público al mostrar la realidad de todos los grupos que convivimos en el territorio: tal y como reza la definición jurídica, este programa promueve el acceso de los diferentes colectivos sociales, que se ven representados en el espacio reservado para la noche del domingo, en prime time y con grandes anunciantes. Tal ha sido la repercusión de este espacio que la comunidad de Aragón se ha hecho recientemente con el formato, el cual se emite en la actualidad y es presentado por Luis Larrodera.

Lo que no es servicio público

El revuelo surgido y tras la elección, difusión y defensa de algunos de los contenidos de la televisión pública es más que conocido, denunciado y no corregido por parte de los responsables. Aunque existan excepciones como Alaska y Segura (o Coronas en su temporada anterior) y Saber y Ganar, ejemplos de la novedad y la tradición en el servicio público de Televisión Española y de cómo sí se deben hacer las cosas; todavía hay mucho camino que recorrer.

El año pasado estudié durante las tardes y pude disfrutar de la programación matutina. Me tragué cientos de entregas de Espejo Público, Al Rojo Vivo, El Programa de Ana Rosa y Las Mañanas de Cuatro. Por supuesto, también lo gocé viendo como Mariló Montero metía gamba tras gamba en el magacín que la pública le dejaba presentar. Todos estos espacios tenían multitud de similitudes, pero encontramos una que nos interesa en este caso y que destaca por encima de todas las demás: aunque la televisión sea un instrumento para el desarrollo del servicio público, esta franja en la programación está desierta de tal elemento. Por supuesto, La 1 tampoco lo cumple. Y pese a lo showoman del personaje que encabeza el programa, lo televisivo que resulte su discurso (sobre todo, a la hora de contestar a las críticas) o el poder viral de sus pifias, resulta vergonzoso que La Mañana pretenda convencer a alguien de que el aroma del limón cura el cáncer  o de que los órganos de un donante contagian con la personalidad de este al receptor. Mientras el magacín de TVE debería formar, culturizar, informar y entretener, yo solo encuentro una comedia absurda, más cercana a la línea surrealista de Amanece que no es poco que de la línea (más bien, de la veracidad) que debería mantener la televisión pública.

Y si hace algunos párrafos enumeraba aquello que me gusta de la oferta de servicio público de la autonómica de Andalucía, también tengo que decir que Canal Sur no es en absoluto la panacea. Por sus platós hemos visto desde niños-loros que recitaban unas cuántas líneas de un guión que no llegaban a comprender para provocar las risas de las señoras (público objetivo de este tipo de espacios, despatarradas casi literalmente en el graderío mientras Juan y Medio no sabía muy bien dónde meterse) hasta las miserias más miserables presentadas en la pequeña pantalla a modo de buffet libre: como el plato de comida asíatica que aparece por la cinta y recorre poco a poco el lugar, exponiéndose en todo su esplendor, mientras espera a ser rescatado por el comensal más hambriento del local. Así trabajaba Toñi Moreno en Tiene Arreglo, con la rifa de penurias en el escaparate de la pública andaluza. Y así le hicieron llegar semejante zasca por vía telefónica cuando se llevó (su equipo, con ella misma incluida en el cupo) el programa a Televisión Española.

¿Mostrar sin pudor cómo sufre una familia y aprovecharse de semejantes circunstancias puede englobarse en la función de servicio público de la televisión? No sé a vosotros, pero a mí se me pone la piel de gallina de solo pensar que toda la tele estuviera basada en el morbo de la tristeza y el sufrimiento ajeno. Y que lo haga una cadena privada me parece hasta lícito (que no moral. Al fin y al cabo, si rechazo un contenido tampoco simpatizo con sus anunciantes. O si no, que se lo digan a La Noria…), pero que la pública no tenga claros cuáles son los principios que debe cumplir me parece terrible. Al menos, los que tiene que evitar por sistema. A pesar de que sean únicas en su especie y, por tanto, exclusivas del medio televisivo, ni por esas encuentro un matiz para considerarlas dignas de los espacios que han ocupado mientras miles de personas esperábamos el despertar de la pequeña pantalla, de la nuestra, porque es nuestra. Ya que la estamos pagando, ¿por qué ibamos a dejar de criticarla?