¿Necesitamos más talent shows?

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La promo Got Talent España, el nuevo programa que Telencinco lanzará en breves, ha provocado que sufriera una regresión inconsciente a mi preadolescencia: a la llegada de Operación Triunfo a la televisión pública, a la fiebre fan que los espectadores experimentamos al ver cómo, semana tras semana, salvaban y expulsaban a nuestros concursantes favoritos; a la expectación ante las actuaciones de PopStars y a las salidas más o menos dramáticas de las chicas; y al descubrimiento de la danza menos tradicional en un plató que tan solo habíamos visto en la ficción y que se convirtió en habitual de la sobremesa de Cuatro gracias a Fama! A Bailar. También me ilusioné con el descubrimiento de los concursos dedicados a mostrar cómo unos participantes luchaban a través de los fogones, pero el entusiasmo se ha ido esfumando cuando el logro de los formatos ha provocado una multiplicidad absurda y una sobrecarga en la programación. El exceso de los títulos que funcionan no se queda en las cocinas televisivas, sino que se contagia a toda la disciplina: los talent shows llevan años sin aportar ninguna novedad a los espectadores y, sin embargo, no hay quien los quite de la parrilla (o, al menos, quien los transforme).

Nada nuevo que mostrar

Tengo la impresión de que, cada vez que nos enfrentamos al estreno de un nuevo formato de esta categoría, se suceden las mismas imágenes y reacciones tras la pantalla: unos participantes que, emocionados, consiguen (o no) cumplir sus sueños; un jurado de diversa naturaleza que sirve de enlace entre los concursantes y el público y que aporta (algunos más que otros) el matiz profesional (o el discordante) de dichas actuaciones; y un presentador que cada vez me sobra más en un escenario de pantallas y demás elementos que, en lugar de realizar la función de acompañar, despistan a los que estamos en casa. Y no porque nos falte cultura audiovisual y no sepamos entender qué ocurre tras los focos, sino porque todo este artificio puede resultar visualmente agotador.

¿Otro talent culinario? ¿Otro más? Fuente: RTVE

Por muchas novedades que surjan en torno a estos formatos, creo estar viendo el mismo programa de un tiempo a esta parte. Desde el estreno de La Voz en España, no han surgido títulos que me sorprendan. Y aunque no dudo de la valentía que desprenden quienes se presentan a los castings y consiguen cantar, bailar o desarrollar la habilidad en cuestión frente a miles de espectadores para recibir un juicio mediático (y el posterior efecto, positivo para algunos y negativo para otros), esto no supone nada para mí. Al menos, en estos momentos, cuando han pasado casi quince años desde que viéramos cruzar la pasarela de la televisión pública a dieciséis triunfitos que significaron más que un puñado de nervios, talento e inexperiencia. Porque aunque antes que Operación Triunfo hubiéramos visto algún otro talent y se nos saltasen las lágrimas con las actuaciones de Lluvia de Estrellasla verdadera emoción surge con el seguimiento, la evolución y la identificación. Así, cuando nos invitaron a vivir la Academia desde dentro u a experimentar las audiciones a ciegas para, después, acompañar a los participantes de los distintos programas a lo largo de esta trayectoria, surge una conexión especial que se va diluyendo a medida que los formatos se multiplican. La saturación de talents es evidente: no pasamos tres días sin ver uno en la parrilla.

Talent multidisciplina, multiconcursante y multiaburrimiento

Este tipo de programas comenzaron desarrollando una sola habilidad, la cual se potenciaría a lo largo de la temporada y experimentaría un clímax digno de una gran final. Sin embargo, la evolución de los formatos ha provocado que las bases del talent tradicional se echaran a perder para dar paso a un abanico de novedades que, en lugar de aportar nuevas sensaciones al espectador, lo aturde ante tal bruma de mecánicas, disciplinas y valoraciones. El concurso de habilidad vocal y musical derivó en una competición entre intérpretes y bandas sin un criterio determinado para valorar a unos y a otros (Factor X); el de talentos infantiles más básico, en el de críos danzando por un plató sin rumbo (Pequeños Gigantes, Levántate); y el del arte ante los fogones, en el del reality de egos más absurdo (Masterchef, Top Chef). De nuevo, la hibridación es un arma de doble filo: al igual que puede producir verdaderas obras maestras, puede resultar soporífero para el espectador, hastiado de ver supuestos nuevos conceptos que tan solo están disfrazados.

“I have no idea what I’m doing”. Fuente: VICE

Además de la hibridación en los formatos, la encontramos en los demás elementos que conforman los programas: en los concursantes (no solo en su naturaleza, sino en sus roles) y en las disciplinas acometidas. Esto significa que ya no solo vemos a participantes estándares realizando tareas estándares, sino que no es extraño descubrir cómo un menor se enfrenta a unos afilados cuchillos y demuestra su destreza en una gymkana gastronómica; o a un oso tocando la trompeta en medio de una jungla de luces y cableado. Pese a lo atrevido de la propuesta de colocar un elemento extraño en un escenario extraño, la fórmula no funciona. Vaya Fauna cerró su primera (y espero que única) temporada con un 13% de share medio y tras una caída en las cifras desde la primera gala, lo cual no es de extrañar tras la polémica que provocó ver cómo los animales jugaban a un Tú Sí Que Vales interespecie de pacotilla.

Tu Cara Me Suena: la excepción que confirma la regla

Aunque encuadrar este título en la categoría de talent más tradicional sea imposible, es cierto que la premisa del programa se basa en el desarrollo de una habilidad, en concreto, la de imitar a un personaje popular. A diferencia de los títulos de arriba, Tu Cara Me Suena sigue divirtiéndome tanto como el primer día: gracias a la carcajada que provoca el elenco de participantes, el carisma de algunos de ellos (y el anticarisma de otros, que se convierte en otro punto a favor para el programa gracias al espectáculo del mismo), el talento natural de otros y la sorpresa que, entrega tras entrega, no parece desgastarse. Quizá es que cuatro temporadas no hayan sido suficientes para quemar el formato o que las caras conocidas (y un magnífico casting, por supuesto) aporten el extra que mantiene enganchada a la audiencia.

¿Es Tu Cara Me Suena el contra-talent perfecto? Tiene un buen casting, una buena realización, un buen jurado y un magnífico resultado. Fuente: Atresplayer

Dudo de que la llegada del formato Got Talent suponga revelación alguna. Aunque soy defensora del constante reciclaje de los conceptos televisivos, cada vez creo con mayor firmeza que el talent, tal y como está planteado, tiene fecha de caducidad: no interesa ver cómo un aspirante se enfrenta al juicio con el arma que cree más estable, cuando estas armas son demasiado convencionales o viceversa. Quizá sea el momento ideal para respirar, apagar la maquinaria y replantearnos hacia dónde vamos en este sentido y, sobre todo, qué queremos conseguir y cómo. ¿Emoción del público? ¿Talentos y tramas que rellenen espacios vacíos en la parrilla? ¿Una legión de fans que se conviertan en una audiencia fiel? Habrá que ver dónde hemos puesto la brújula y calibrarla para que, en el futuro, no perdamos el norte.

Imagen: Vanitatis.