No nos quedan razones para creer en Gran Hermano

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Hacía mucho que no me mojaba en este sentido, pero los últimos acontecimientos ocurridos en la casa de Gran Hermano me traen de cabeza: las tramas, que comenzaron siendo previsibles y bastante templadas, han derivado en historias que se me escapan, pues no comprendo cómo el programa puede recompensar ciertas actitudes y penalizar otras que percibo mucho más correctas que las primeras. Me sorprende la hipocresía de los de arriba y las tragaderas de los de abajo, la hipersusceptibilidad en según qué temas y la dejadez en otros. Y aunque algunos concursantes se hayan ganado mi admiración, sigo sin entender por qué, tras diecisiete ediciones de este reality, vuelva a resultar vencedor un perfil similar al del año pasado. Y del anterior. Aunque me repito más que los ajos, creo que lo que sí comprendo es por qué la organización está tan empeñada en que siempre gane la misma persona: pensarán (o querrán pensar) que somos tontos y que los perfiles más complejos se escapan de nuestro entendimiento. Yo, al menos, me siento así. No tonta, sino defraudada.

Cuando la ficción no se corresponde con la realidad (ni nadie se preocupa por ello)

Todos los que hemos consumido este reality conocemos, con mayor o menor claridad, que los programas de este formato no se conforman bajo los pilares de la espontaneidad, sino que están basados en un guión estimado según los perfiles seleccionados en el casting. Esto no significa que la organización sepa en todo momento qué es lo que va a ocurrir en la casa de Guadalix de la Sierra, pero puede imaginárselo y estar prevenida. Aunque Gran Hermano cuente con un punto de ficción derivado de la configuración del casting (se eligen unos perfiles cerrados, que asegurarán a los guionistas la creación de tramas concretas. Por ejemplo, una historia de amor entre dos perfiles muy especificos: en esta edición, la choni con el niño bien), jamás debería perder la conexión con la vida real, puesto que le quitaría la poca credibilidad que le queda a estas alturas de la película. Yo ya no se la encuentro, pues me temo que los acontecimientos han superado la barrera de lo creíble y de lo increíble, en el peor sentido de la palabra.

La Gran Patochada: condenar la libertad de expresión, nos guste o no lo que se diga. Fuente.

Es lógico que en Gran Hermano busquemos el punto de aventura, riesgo y locura que no encontramos en el día a día, pues estamos consumiendo un programa de entretenimiento y no un mero informativo sobrio. Sin embargo, me cuesta asumir que el reality ha derivado (más bien, degenerado) en una sucesión de hechos aleatorios que parecen estar sacados de un relato surrealista. Además, la dirección tampoco nos ayuda a creer lo que vemos al otro lado de la pantalla, pues ya ni siquiera disimulan a la hora de elegir a sus protegidos. Como muchos de los seguidores acérrimos del formato habrán leído hace algunas semanas, Esther Mucientes explicaba en este artículo los polémicos detalles de la selección de Adara como concursante y, por qué no adelantarnos, como ganadora de la 17ª edición de Gran Hermano. Por lo visto, tendríamos que asistir a un indhirazo para que la niña mimada de esta edición no fuera crucial para el desarrollo del programa.

¿Estoy viendo “GH Cuenca”?

Cuando un formato como Gran Hermano es tan amplio, resulta lógico que cada espectador perciba el contenido de una forma distinta a como la reciben otros. Más aun cuando entran en juego las filias y las fobias: es inevitable que durante el concurso no nos situemos a favor de un grupo y en contra de otros, que seleccionemos nuestro favorito y que pongamos en práctica nuestro hateo (me encanta este término twittero) con su rival. Sin embargo, en la edición número 17 de este reality siento que no estoy viendo el mismo programa que el que ven Jorge Javier Vázquez, los colaboradores del debate e incluso algunos usuarios habituales de las redes sociales, quienes no dejan de sorprenderme en sus defensas.

Jorge Javier Vázquez, más que Gran Hermano Cuenca, consume con fervor Gran Hermano Barajas. Fuente.

Como bien decían los twitteros hace algunas semanas, desde que lo de Bárbaba y Adara comenzara a superar la barrera de la credibilidad para instalarse en el universo de la patochada, parece que estoy viendo “Gran Hermano Cuenca“, pues nada de lo que percibo coincide con lo que dicta mi criterio. Todo lo que hace la alabadísima pareja parece bueno a los ojos de la organización (aunque ahora pretendan darles un toque de atención): que se robe comida, que se viva en un conflicto permanente, que se taladren los oídos de los demás habitantes de la casa, que se tergiversen argumentos, que se manipule, que se machaque psicológicamente, que se desprecie y que, en definitiva, la convivencia sea cada vez más y más difícil. Y no será yo quien diga que los concursantes “cañeros” lleguen a ser prescindibles en este argumento, pero creo que todo tiene unos límites, y más todavía cuando en Gran Hermano se valoraba la convivencia y la estabilidad de los  participantes… ¿O es que tenemos la piel muy fina, aunque solo cuando nos interesa?

Espectadores: ¿qué clase de personas queréis ser?

Pese a que esta pregunta llegue a sonar bastante radical, más aun cuando estamos analizando un programa de entretenimiento que no tiene ninguna función social distinta a la del entretenimiento, me preocupa algo que Jorge Javier Vázquez afirmaba semanas atrás en la gala de los jueves: justificando la expulsión disciplinaria de Álvaro tras haber realizado unos comentarios en tono jocoso (de peor o mejor gusto, juzguen ustedes como pueden juzgar cualquier comentario en las redes sociales o en la calle), se sostenía en el argumento de que Gran Hermano es un formato ejemplarizante y, por tanto, desde la dirección no tolerarían ciertos comportamientos que podrían servir de referencia para parte del público. Aceptemos o no esta decisión, no me cabe en la cabeza que, llegados a este punto, no se tomen las medidas anteriormente ejecutadas: mientras Adara se comporta como una auténtica manipuladora, celosa y dañina pareja para Pol, el programa le ríe las gracias y apoya un amor fervoroso que me escandaliza; y mientras Bárbara se siente con el derecho de gritar, pese a que no considera que los demás (como Clara) lo tengan, el programa alaba su valentía. Y yo, flipo.

Pero qué malisísimo es Miguel, válgame el Señor, y qué buenérrima que soy yo. Fuente.

Imaginaos que un individuo aísla a su pareja (aunque ésta tenga la total voluntad de decisión, por supuesto, pero el comportamiento del otro es evidente sea cual sea su actitud), que busca gresca en cualquier circunstancia que implique que ésta se relacione con los demás (en la simple convivencia, por ejemplo) y que se comporta con ésta como si de un objeto se tratara, poseyéndolo (o pretendiéndolo) mientras que los otros compañeros desarrollan lazos que pueden salpicarle, como es lógico. Lo que me preocupa es que se condenen actitudes que no sobrepasan el escenario de los comentarios, los pensamientos y la moral personal y desde la organización aplaudan a alguien que utiliza a alguien, a alguien que miente sin reparo y a alguien que critica lo que ella misma está harta de realizar. Pero allá cada cual con su criterio y sus favoritos, yo los míos los tengo claros: así como Adara tiene derecho a tener unos celos enfermizos hacia Miguel, Miguel tiene derecho a sentirse atraido por Pol y Clara tiene derecho a defender con uñas y dientes a sus amigos cuando nota que están siento atacados. Lo que me rechina es que se condenen sentimientos tan sanos como el amor y la amistad mientras se potencia una actitud tan tóxica como la de la soberbia y las relaciones basadas en el poder. Y yo, sigo flipando.

No, no me queda ni una sola razón para creer en Gran Hermano

Y me entristece. Más allá de las relaciones sentimentales (porque sí, hay un más allá, aunque Gran Hermano nos las quiera meter hasta con calzador), lo que más me preocupa del enfoque de esta edición es la actitud de los protagonistas ante el conflicto. Mientras asistimos a la denuncia en los medios de comportamientos preocupantes, me quedo atónita al comprobar cómo los defensores de Adara y Bárbara  y hasta la organización permiten que ellas pongan el límite del bien y del mal en la casa. Aunque se les sancione (a buenas horas), saben que son las niñas mimadas y que pueden hacer lo que les dé la real gana. Entonces, ¿dónde queda la sorpresa de Gran Hermano? ¿De qué nos sirve consumir un producto durante tres meses, del cual ya conocemos su resultado y ni el proceso nos resulta divertido? Yo ya no encuentro razones para seguir al pie del cañón porque, haga lo que haga y me lo tome como me lo tome, no puedo arreglar este desastre desde mi sofá.