¿Podemos encuadrar a Pequeños Gigantes en la nueva programación infantil?

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Pese a que no tenía pensado escribir un post sobre el tema, no he podido evitarlo tras asistir al estreno de la segunda temporada de Pequeños Gigantes en el prime time del lunes en Telecinco. Ya lo hice el año pasado debido a la novedad del formato en Perdidos en la Tele y, por supuesto, las críticas no se hicieron esperar: un internauta bastante moderado en su tono pero muy radical en su discurso llegó a sugerir que yo, que parecía pasar por un “momento rabioso” o “falto de estímulos”, seguramente estaba llena no de envidia, sino de una mezcla entre admiración y deseos frustrados por llevar un “pequeño gigante” en mis adentros que jamás logró subirse a un escenario. Sí, yo también me quedé ojiplática. Tras este detalle, me pregunto si el supuesto mini yo vería cubiertas sus necesidades televisivas tras el visionado del programa, el cual todavía no soy capaz de encuadrar en una categoría.

Pequeños Gigantes: target y hábitos de consumo

Pese a que los elementos que componen el formato jamás me interesaron (ni los componentes del jurado, ya más que pasados de rosca; ni los encargados de los equipos ni el propio presentador, acomodadísimo en el rol que la cadena sigue ofreciéndole aunque lleve mucho sin aportar nada nuevo a los contenidos que conduce), le di una oportunidad a esta segunda entrega porque, ¿quién sabe?, quizá removiera en mis adentros al niño que el señor a quien arriba me refería estaba tan seguro de que yo tuviera.  No solo no hubo una sola prueba empírica de la existencia de tal ser, sino que el regreso de Pequeños Gigantes tan solo produjo en mí un recuerdo de los sentimientos negativos que ya había experimentado en su estreno: angustia, vergüenza ajena y una tristeza mediática profunda al darme cuenta del rumbo sin remedio de la televisión de la primera hora de la noche. Aunque ya no hay marcha atrás en lo que a la programación infantil se corresponde (hace años que las temáticas tienen el papel que antes jugaban las cadenas públicas, las cuales ofrecían contenido adaptado a este target), parece que los niños ven la tele hasta altas horas de la madrugada. Si no, no me explico por qué títulos como el que hoy analizo se programan en días laborables y no terminan hasta bien pasadas las doce.

Ahora, si Pequeños Gigantes no es un formato orientado a los espectadores de edad infantil, resulta un despropósito total desde mi punto de vista. Entiendo que los niños son un imán muy jugoso, pero me confunde que un grupo de tres críos cantando una canción tal y como lo harían en una fiesta de cumpleaños ante sus familiares más cercanos pueda resultar material digno de ser emitido para el gran público. En este punto, me pregunto qué contenidos son los que queremos ver en la televisión y si soy yo la única espectadora desconcertada ante tal oferta televisiva. Reconozco que me tragué la última edición de La Voz Kids y me emocioné con alguna que otra actuación a pesar de ser contraria a los programas que utilizan a los niños como recurso para atraer a la masa. Sin embargo, entre el talent infantil que sí me convenció como formato adecuado y Pequeños Gigantes hay una gran diferencia: en el primero sí que hay un objetivo claro pero en el segundo, no. Al menos, yo no lo encuentro.

Ganadores, perdedores e intermedios

Aunque la premisa del programa esté definida en su inicio, no comprendo qué de televisable tiene que unos niños agrupados en pandillas compitan por ser el mejor del casting que se presentó en su día al show. Y aunque hayamos visto ya algún talent multidisciplina como Tú Sí Que Vales, el programa infantil tiene los objetivos muy dispersos: no sé si el formato pretende emocionar mostrando cómo los críos cantan, bailan o hacen sus gracias; si quiere emocionar a través de las sensaciones que provocan en los miembros del jurado y en el público o si, tal y como se plantea en un comienzo, el objetivo del programa es que haya un ganador, un héroe infantil que viaje desde el mundo ordinario tal y como nosotros lo conocemos (en este caso, la fase anterior al casting) hasta la llegada al elixir (el alzamiento del premio final), pasando por todos los estadios que no solo los héroes populares recorren, sino que también atraviesan los participantes de los concursos de televisión.

Entonces, ¿cuál es el objetivo final? En La Voz lo tenía muy claro: ganar. En esta ocasión, ¿tan solo vale con participar? Personalmente, no creo que sea un principio adecuado para un programa en prime time, más aun cuando la tendencia actual es de lo más radical: expulsiones (Gran Hermano), carreras hacia la cima (Supervivientes, Pekin Express, La Voz), venganzas (Sálvame), reprimendas (Hermano Mayor, Pesadilla en la Cocina) y, en definitiva, evoluciones (El Jefe Infiltrado, Top Chef). Si en Pequeños Gigantes no hay evolución, no hay nada.

Conclusiones

Tras haber visto un par de galas de la nueva temporada del este programa (no soporté la tercera, pero me parecía que tenía que conocer algo de la segunda entrega del talent, por si acaso hubiera cambiado de forma radical con respecto a la primera), todavía no tengo claras ni la función de Pequeños Gigantes en la televisión ni el lugar al cual pertenece en la clasificación de contenidos. Es cierto que la hibridación no solo de formatos, sino también del encuadre en la programación es cada vez mayor y resulta sencillo perderse entre tantos nombres, productos y sensaciones; pero sufro de gran incertidumbre cada vez que me siento frente al sofá y, en un intento de ponerme en el lugar de los niños que encienden la tele para encontrar algo de su gusto y a horas prudenciales, no doy con nada que cubra las necesidades de este público necesario, pese a que cada vez tenga menos protagonismo en la parrilla.