Sin Identidad y el despegue de la ficción nacional en televisión

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Cuando el año pasado comenzó a emitirse Sin Identidad, una serie muy promocionada en la cadena y de la cual no esperaba mucho más que un ligero entretenimiento, sentí que algo estaba cambiando en nuestra televisión. Tras la miniserie Niños Robados, emitida en Telecinco algún tiempo antes y la cual ya abordaba la temática que sería el trasfondo de la ficción escrita por Manuel Ríos San Martín, parecía que no podría sacarse más provecho a las historias contadas por madres e hijos que fueron separados años atrás en una España que hoy nos cuesta reconocer. Sin embargo, Sin Identidad ha roto unos moldes que parecían permanentes. Tras el cierre de la serie estoy tan satisfecha como entristecida.

Estoy satisfecha gracias a un desarrollo de la acción en crecimiento y en constante vaivén, de subidas y bajadas en la historia para mantener al espectador en vilo durante cada capítulo; gracias a la creación de personajes reales, redondos y sorprendentes y gracias a un discurso innovador que, aunque sin alejarse del todo a lo comercial que exigen las cadenas privadas generalistas para rellenar su prime time, no venía a ser lo mismo de siempre, lo mismo de lo que ya nos hemos cansado. Por otro lado, me quedo tristona al haber puesto punto y final a una serie que me tenía realmente enganchada. De Sin Identidad me ha gustado casi todo, más aun cuando apenas nadie se había atrevido a crear un producto tan completo pero, a la vez, tan arriesgado: aunque sea cada vez más común, usar un tema de actualidad como contexto o, en este caso, detonante de la acción, no suele verse en las ficciones españolas de televisión. Más bien, se tiende a evitar por “no meter la pata”. Parece que hemos perdido el miedo al riesgo catódico del contratiempo y yo no puedo hacer otra cosa que alegrarme.

Si todavía no has visto Sin Identidad o te perdiste los últimos capítulos, te recomiendo que no leas más. Esta entrada está llena de SPOILERS. Así que, ¿por qué no te pones al día a la carta?

Una historia bien atada y un guión creíble

La primera sorpresa de Sin Identidad fue su planteamiento: María, una chica perteneciente a una familia acomodada, descubrían que era una niña robada tras una revisión médica. En este punto, decide buscar sus orígenes y se encuentra con Fernanda, su madre biológica; y Amparo, su hermana melliza. En el reencuentro y en la posterior presentación de su familia de sangre a su familia en el papel, conocerá que Enrique, su adorado tío, pertenecía a una trama de venta de niños. A partir de aquí, todo se complica: María, no conforme con las explicaciones ni de su madre ni del resto de su familia, decide emprender su propio camino para conocer el centro de la cuestión. Sin embargo, las trabas que encuentra en el trayecto son cada vez más llamativas y arriesgadas: desde un matón que se alía con su hermana melliza para ambos beneficiarse del plan maquiavélico de Enrique hasta una banda de trata de blancas, que sirve como punto de referencia en la estructura in media res de la ficción.

Pese a lo arriesgado del argumento, el guión que conforma el esqueleto de Sin Identidad es bien claro y no da rodeos. Desconozco si el final de la serie se conocía en el momento en que se cerró la escritura de la primera temporada, pero todo ha tenido sentido a medida de que narración avanzaba y no ha perdido “seriedad” por el camino. De hecho, la evolución tanto de la trama como la de los personajes ha mantenido un ritmo no solo correcto, sino necesario para que el espectador se enganchara: mediante pequeños saltos o cliffhangers, Sin Identidad permanecía en una continua subida de escalera en cuesta, es decir, desde abajo hasta arriba con una inclinación considerable, para dar un salto que dejara al capítulo en el borde del precipicio. Aunque tuviera que adaptarse a los criterios de los contenidos que estamos acostumbrados a ver en nuestra televisión, no ha pecado de explicar en exceso ni de demasiado previsible. Sin haber contado con sorpresas infartantes (no podemos pedírselas a una ficción creada para este panorama, todavía inmaduro), ha alimentado la curiosidad y la intriga en un grado notable.

Pero lo que más me gusta de Sin Identidad es cómo ha sabido mojarse sin salir empapada. Y me explico: ha criticado a los gobiernos, a las empresas farmacéuticas y a las fundaciones que utilizan sus organizaciones para lavar dinero y realizar fines bien distintos a los originales, todo ello justificado por la trama y contado a través de un guión correcto. En contra de lo que ocurre en gran parte de las series dramáticas nacionales, donde parece rechazarse de forma automática, la actualidad es no solo compatible con la ficción, sino que aporta riqueza y credibilidad al relato. Tras el buen uso de este elemento en la serie que terminaba la semana pasada en Antena 3, solo me queda cruzar los dedos para que sigan escribiéndose productos críticos e inteligentes para el gran público que, gracias a una educación audiovisual cada vez de mejor calidad, tolera y disfruta de una mayor oferta.

Ausencia de antagonistas puros: el profundo diseño de los personajes

Es aquí donde tuve más prejuicios con Sin Identidad. Desde que vi las promos de la serie y Megan Montaner se presentaba al público como una vengadora con naturaleza superheróica, pensé que aquello sería una ficción de acción por acción (sin fundamento) y que no iría conmigo. No podía estar más equivocada: desde el primer capítulo encontré una serie de personajes que me cautivaron, pese a lo prematuro de la sensación: una abogada, aunque joven, luchadora y curiosa; un abogado convencido de sus principios (aparentemente), un especialista informático que lo da todo por alguien a quien apenas conoce, una hermana desconocida egoísta y desorientada, una madre frustrada en todos los sentidos de la vida, un primo desgraciado y un tío encargado de la siembra de tal desgracia en toda la familia. Visto así, bien parece que Sin Identidad no es más que una ficción de corte familiar con una estructura más adecuada a las telenovelas que a  una serie dramática de prime time, pero también es cierto que dentro de los círculos más reducidos y estrechos es donde se desarrollan las problemáticas más jugosas. Más aun si a esto le sumamos una trama, primero de investigación y, después, de venganza.

El diseño de los personajes de esta ficción es uno de sus puntos fuertes: aun basándose en el principio del protagonista contra los antagonistas, no cae en los tópicos que hemos visto en otras historias de luchas de egos. En este caso, no hay ni buenos ni malos, pues los buenos ejecutan malas acciones y los malos pueden actuar en ocasiones bajo un sentimiento bueno. El ejemplo perfecto es el de Amparo, la hermana melliza, quien comienza realizando sus planes por culpa del interés y el egoísmo y acaba ejecutándolos por el bien de su hijo y con una gran culpabilidad por haber traicionado a María. Bruno, el primo de la protagonista de la serie, también se desdobla: pese a ser un personaje de lo más cretino, desarrolla sentimientos positivos hacia su mujer y hacia su hijo. En Sin Identidad no existen antagonistas puros, pues hasta Enrique Vergel es capaz de querer a su nieto y de mostrar una ternura que solo consigue aflorar cuando está con él.

Lo que yo no hubiera hecho (ni haría en el futuro)

A pesar de la buena sensación que me deja el desenlace de Sin Identidad, creo que la crítica aporta riqueza al producto. Por eso, no podía quedarme con la espinita: claro que ha habido cosas de esta serie que no me han terminado de gustar, pero tampoco esperaba que fuera perfecta (nada lo es).

Aunque no he podido revisionar la primera temporada, recuerdo que no me convencían las secuencias de la cárcel china. Sin embargo, con el tiempo cobraron sentido. Quizá sería que no estábamos acostumbrados a los cold opens de las ficciones patrias en televisión y, si no nos lo dan picadito y para que lo entendamos, nos chirría. Y me incluyo, qué le vamos a hacer, pero tras una vida consumiendo productos calcados, cuando viene una serie (para colmo, ¡española!) a cambiarnos todos los esquemas nos cuesta asimilarlo. A pesar de todo, la primera impresión que me dio fue muy buena.

Enumero aquellos puntos que no me convencieron en su momento y los que creo imposibles a estas alturas:

  • Un final feliz, en exceso: tras dos temporadas llenas de tensión, intrigas y un mal rollito generalizado no solo entre María y su familia, sino hasta en sus círculos exteriores pero participantes de su venganza, choca que la ficción termine de la forma más feliz posible:  habiendo llevado a cabo lo que había maquinado y con un resultado tan sumamente satisfactorio. Tras ver la última secuencia del último capítulo, aunque escuchemos una narración en off donde se hace referencia a las víctimas que han quedado por el camino, parece que María es la misma que la del primer capítulo a pesar del altísimo precio que ha debido pagar por su venganza: una niña bien que lucía una larga cabellera y trabajaba como abogada sin mayores preocupaciones. Echo de menos que la evolución del personaje se haga patente en el final de la ficción, que veamos una huella de lo que ha hecho y de en lo que se ha convertido.
  • Un final alternativo: en este punto he tenido mis dudas, pues no sé todavía si me pareció adecuado o lo hubiera omitido. Que Sin Identidad no terminara en la última secuencia, sino que se añadiera un trozo más de relato pudo servir para no cerrar la ficción de forma definitiva y así aportar una especie de conclusión abierta para que la sensación del espectador fueran más satisfactoria, si cabe. Sin embargo, yo no compro esta estructura “tramposa” si no va a ser desarrollada en un futuro, pues sino da la sensación de que el resto de la serie no tiene tanta importancia como las últimas frases del guión.
  • Una tercera temporada: tras el final de Quique, sacando la fortuna de su tío para vengar su muerte y comenzar otro ciclo de venganza, muchos espectadores se alimentaban a base del falso hype producido por la ilusión de ver una tercera temporada de Sin Identidad. Sin embargo, creo que esta ilusión no queda más que en eso. Que hubiera otra entrega para contar una historia totalmente distinta no solo rompería con la línea que hemos visto durante este tiempo, sino que caería en el error de narrar los mismo con distintos personajes, por lo que tengo la sensación de que perdería mucho de su encanto.

 

¿En conclusión? Un magnífico sabor de boca

Sin Identidad ha resultado ser la tregua que muchos necesitábamos. Con el manido tópico todavía presente de que aquí no se hacen buenas series, vino y lo rompió para llenarnos de orgullo a quienes defendemos la creación y a los creadores patrios. Ahora, solo espero que los guionistas sigan teniendo trabajo, que a los productores no dejen de ocurrírseles buenas ideas y que las cadenas sigan abiertas a propuestas arriesgadas. Para mí, un sobresaliente.