Vivir de la Tele

Creación, guión y mucha tele

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Las series que podrían haber sido buenas: de tramas tópicas y personajes insulsos

Tras el espléndido desfiles de nuevos contenidos de ficción que presenciamos en estos momentos, parece que todo lo que consumimos o hemos consumido recientemente esté cubierto de un halo de calidad. Es cierto que desde el último año asistimos a estrenos de televisión sorprendentes que indican que algo está cambiando, aunque poco a poco, en un panorama que parecía anclado en los gustos de la famosa señora de Cuenca. A pesar del despertar de los directivos en cuanto a las nuevas tendencias, del reciente (y no del todo cierto) gusto por el riesgo en la producción y realización de series y en la educación paulatina de los espectadores ante unas estructuras y personajes desconocidos hasta ahora, todavía encontramos señales que indican lo lejos que estamos de considerar que todo el camino está andado.

¿Por qué no terminamos de despegar?

2015 está resultando un año de sorpresas: si muchos nos maravillamos ante el estreno de El Ministerio del Tiempo y tememos la posibilidad de que Televisión Española decida no renovarla (por pura inconsciencia de no saber que tiene entre manos un producto de culto, mezclada con un interés comercial incompatible con su naturaleza de cadena pública) también nos espantamos ante creaciones que parecen haber nacido hace décadas. El mundo parece avanzar demasiado rápido para según quienes, los que prefirieron quedarse anclados en las tramas ligeras y tópicas, en los personajes que no dan más de sí y en alimentar las necesidades de un público (quiero pensar que mínimo) que se conforma con poco. Por suerte, la tendencia indica que los creadores y los encargados de dar el visto bueno a los contenidos presentados tienen menos miedo al fracaso que hace algún tiempo, lo que propicia que las ficciones que hoy vemos en nuestra televisión tengan un mínimo de consideración entre una crítica más que resabiada.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Pese a que el público español no tenga nada que ver con el internacional (los hábitos de consumo y gustos son distintos), llevamos mucho consumiendo ficción extranjera y asimilando unos gustos impensables hace dos décadas. A los que disfrutan con Homeland, Six Feet Under, Broachurch o Community entre otras, se nos quedan cortos los personajes planos, las tramas insulsas y las historias poco arriesgadas que nos presentan en series como Los Nuestros, FamiliaBajo Sospecha o Dreamland. Menos la última mencionada, que es un caso aparte digno de análisis exhaustivo, podemos atrevernos a afirmar que tampoco resultan un fracaso, más bien, un lento viaje hacia una cima rodeada de bruma.

Hablemos de casos concretos: tramas y personajes

  • Bajo Sospecha: aun en mitad de la temporada, con tramas abiertas que provocan intriga en el espectador, carece de perfiles que otorguen a la ficción del realismo que necesita. Pese a tratarse de un caso fácilmente identificable con el espectador (una niña desaparece en un pueblo el día de su comunión), no consigo empatizar con ninguno de los personajes, quizá por esa extraña pretensión de querer parecer más malos de lo que realmente son (¿o no?) o porque a más de uno le falta una buena reescritura del perfil psicológico. En concreto, no entiendo a Laura, interpretada por Blanca Romero, aunque confío en que sea una cuestión de tiempo y me sorprenda en el desenlace de la temporada con todos los porqués que han ido quedando colgados capítulo a capítulo.

  • Física o Química: mientras que los extranjeros han sabido sacarle un jugoso partido a los conflictos de adolescentes encerrados en los pasillos de un instituto poniéndoles mucha música y mucho drama, nosotros no nos sentimos cómodos en esta división. Sin embargo, hubo un tiempo en que supimos hacer buena ficción estudiantil y de cuya cantera salieron actores que hoy siguen trabajando en el audiovisual. ¿Qué le fallaba a FoQ? La cantidad de tópicos que rellenaban sus tramas: la adolescente embaraza, el alumno que se lía con la profesora, el gay que no sale del armario, la chica mala malísima… Una serie evidente a más no poder, a la vez que altamente adictiva debido al morbo que siente el espectador cuando descubre que lo que cree que va a ocurrir, ocurre.

  • Familia: de nuevo, los personajes no son creíbles en esta ficción que tenía potencial para ser un buen recuerdo. Esta serie, que tan solo aguantó una temporada en parrilla y de la que casi nadie se acuerda a estas alturas, tenía muchos puntos en común con la genial Pelotas (demasiados, diría yo) aunque pecaba de pretenciosa. A diferencia de los personajes planos que encontramos en otras series, Familia contaba con unos componentes tan poco comunes que constaba de creer: una madre traumatizada por haber tenido que abandonar su carrera como actriz, un padre frustrado por no conseguir sus metas como entrenador de un equipo de fútbol, una hermana megalómana y escritora de novelitas rosas con aires de García Márquez, otra hermana adúltera y la última, la protagonista pese a la coralidad aparente del escenario, sobre quien cae toda la responsabilidad de este peculiar conjunto. Nadie es perfecto, y menos en una serie dramática de televisión (que se lo digan a los de How To Get Away With Murder, The Sopranos, Breaking Bad o My Mad Fat Diary), sin embargo, la imperfección tiene que ser dosificada a cucharaditas, no de golpe y porrazo.

  • Aquí Paz y Después Gloria: pese a la novedad de esta ficción, de la cual tan solo hemos visto un capítulo, me atrevo a decir que la serie que Mediaset se llevó a talleres tras un piloto que no convenció a su equipo posee un planteamiento incorrecto. Aunque la trama se pudiera ajustar a un desarrollo cómico de los acontecimientos (los tópicos, más que risa, dan vergüenza ajena), me cuadraría y me atraería muchísimo más si la narración fuera dramática: un timador se ve obligado a huir de un grupo de matones muy peligrosos (me conformaría con que no fueran tan penosos como los que nos presentaron) y debe hacerse pasar por su hermano gemelo, herido/muerto/desaparecido tras un accidente que tienen los dos. El planteamiento es bueno si la evolución es correcta, pero un personaje cómico tiende a no evolucionar. Por tanto, ¿qué elemento novedoso tiene que aportarnos esta serie? Porque se risas vamos más bien justos…

Gracias, artífices

Mientras se investigan nuevas historias y tendencias, otros no parecen querer abandonar la comodidad que otorga permanecer en los estándares que triunfaban décadas atrás. No me refiero a los creadores, los cuales sé que siempre tienen algo nuevo en mente, sino de quienes derriban este algo por no resultar adecuado para el momento o para el público objetivo. Pese a la negativa (antes más habitual que ahora, cuando parece que las puertas comienzan a abrirse con mayor facilidad visto el éxito de la ficción “más compleja” al otro lado de la frontera) de los que eligen qué se emite y qué se desecha, tenemos la suerte de contar con cabezas inquietas que, sin dejar de lado el sentido comercial (siempre hay que tenerse en cuenta ya que el guionista es vendedor de ideas en cierta medida), son capaces de hacernos llegar las historias más interesantes, enérgicas y apasionantes. Gracias. Tan solo os pido una cosa: no permitáis que os derroten.

IMAGEN: Antena 3

El fascinante mundo de los reality shows, vol. II: granjeros, tróspidos y colegiales ni-nis

Puedes leer el primer post de esta serie aquí.

Con la llegada de la final de la tercera edición de Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo no he podido evitar escribir este post más nostálgico que serio. Aunque lo intente, es imposible que me limite a repasar los puntos teórico de aquellos programas de televisión que me sacaron más que una carcajada, porque cuando hablamos de los realities de la última etapa de este tragicómico medio, más nos vale reír que echarnos a llorar, como pretenden que hagamos algunos al tacharnos desde de analfabetos hasta de antisociales. Y nos hemos reído más que bien.

La tele, como las plataformas de difusión de contenidos más adaptadas a las necesidades del público actual, es un pozo sin fondo en el buen sentido de la expresión. Cuando creemos que hemos llegado al final de su explotación, alguien crea un formato que sorprende a la crítica y a los espectadores por su dinámica, por su feeling y por sus datos de share. Le pese a quien le pese, los realities han protagonizado este fenómeno de reciclaje positivo y no solo han dado la vuelta a la percepción que muchos tenían sobre ellos, sino que han creado una especie de mitología en base a esa percepción incorrecta.

Actores, ¿juguetes rotos?

Esta mitología está compuesta tanto por historias más o menos épicas y por personajes que se quedan grabados en el imaginario del medio. La magia de este fenómeno es la que produce que, quienes solo consuman un par de horas de programación generalista, pueden llegar a reconocer ciertas caras sin saber de dónde han salido. Sin embargo, más que rememorar a los personajes que se han hecho un hueco en la historia de la televisión, pretendía acordarme de aquellos que lo intentaron y se quedaron en el camino.

Los “actores” (entrecomillados, ya que ni lo son de oficio ni de intención, tan solo es una denominación para situarlos en este contexto) que protagonizan estos formatos son incategorizables y dificilmente descriptibles. Aún así, poseen un poder de atracción sobre el espectador equiparable con la del paciente que se deja hipnotizar por su terapeuta, quien no puede dejar de mirar el elemento que se balancea frente a él. Como Zeus convertido en toro blanco para atraer a la joven Europa, Florentino de la Florence bajaba las escaleras del plató de Gran Hermano VIP a trompicones mientras lanzaba particulares acusaciones a una Nagore que tampoco se callaba la boca, David Pedre (Un Príncipe Para Corina) cocinaba unos macarrones con tomate a la princesa de su cuento o María Amparo (Supermodelo) realizaba su desfile más trágico cuando resbalaba en el bordillo de la pasarela para ir a parar a la piscina del set. Sin que pudieran ser considerados ejemplos de nada digno de ser enseñado ni en las escuelas ni en las casas de cada uno, no podemos evitar admirar tal espectaculo. ¿Y qué le vamos a hacer, si nos divierte?

Si despejáramos la incógnita de la ecuación “Juan Camus + Cayo Paloma”, ¿cuál sería el resultado? Si se trata de rescatar a juguetes rotos para volverlos a destrozar… Puede ser una fórmula ideal. Que se prepare Anna Allen…

Los distintos realities que hemos presenciado a lo largo de la historia reciente de la televisión han dejado “residuos” imposibles de depurar. Mientras que el universo Telecinco los recicla una y otra vez para rellenar los programas que los sitúan líderes de audiencia, otros no consiguen atravesar la barrera que separa el terreno de los frikis malos del de los frikis buenos. Sin embargo, esta división es cada vez cada vez más difusa y por ello, mucho más sencilla de ser rebasada por quienes jamás se hubieran imaginado en tal terreno hostil. Así, una ganadora del Premio Planeta como Lucía Etxebarría coincidió el tiempo y en espacio con actores de la talla de Gaby (ex novia de Paquirrín y ex participante del indescriptible Mujeres y Hombres y Viceversa) o Pedre, a quien recordaba un poco más arriba y con quien tuvo un conflicto del que nunca sabremos si fue producto de su imaginación o si la realidad superaba a la ficción del momento. Aunque es cierto que han habido múltiples bajas en el arduo camino del reality, otros tantos se han visto aprovechado al máximo el potencial que de otro modo era imposible de sacar a relucir. Mientras la dulce de Lety no descansa de bolos desde que salió de la tercera edición de Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo, me topé con Mª Carmen en un anuncio de Samsung para YouTube.

 

¿Qué reality rescataría? La parrilla más hilarante

Al más puro estilo de El Ministerio del Tiempo, daría cualquier cosa por abrir una puerta y aterrizar en los platósde los programas que se realizaron hace años en la factoría de Eyeworks Cuatro Cabezas y Zeppeling TV, los cuales fueron capaces de crear y mostrar a los espectadores cómo de extraña, curiosa, entrañable y odiosa podía llegar a ser la muestra de la sociedad que, representativa o no (¿y qué importará eso mientras nos partamos de risa?), llegaba a sus manos. Sin dudarlo, tengo mi propio top four de títulos que necesito en la televisión actual:

  • Curso del 63: aunque laSexta lo intentó con Generación Ni-Ni tras el éxito del programa germen, fue Curso del 63 el que despertó la curiosidad de la audiencia por conocer un poco más el comportamiento de este grupo. Aunque ya los conocíamos gracias a Hermano Mayor y, resultaba un fenómeno demasiado reciente y poco explotado en este medio. Sin embargo, a raíz de este nacieron otros como Hijos de Papá Las Joyas de la Corona, incluso me atrevería a decir que Gandía Shore (antes, por supuesto, el original en Jersey) bebe inevitablemente de la mecánica: un grupo de adolescentes es “encerrado” en un espacio distinto al habitual y deberá desempeñar unas tareas con las que estarán más o menos conformes, las cuales desencadenarán una serie de reacciones.

  • Princesas de Barrio: el docu-reality que narraba las aventuras y desventuras de este grupo de chicas me consquistó desde que mostró la cara desconocida de las protagonistas. Además de ser unas chonis de libro (con operaciones de estética, ropajes y actitudes incluidos), algunas de ellas demostraron ser tan dulces como ordinarias. Por eso, al igual que me río con los momentos más absurdo de los Gipsy Kings, me divertía al ver cómo estas “amigas” iban juntas al concierto de Camela o se enamoraban de las prestaciones de la Thermomix. ¡Como para no cogerles cariño!

  • Confianza Ciega: pese a que solo conocía el formato de oídas, hace poco que me puse al día con algunos de los capítulos que encontré en las redes y me sorprendí con el nivel de tensión y de manejo de las emociones de los concursantes por parte del equipo. A pesar de tratarse de un programa de 2001, comenzaban a trastear la fusión del reality con otros formatos como el dating, añadiéndoles elementos inesperados como vídeos manipulados (totales sacados de contexto editados con fragmentos confusos, piezas mal subtituladas, etc). El re Supe por qué el genial podcast Nube, tía! se llama así y sigo sin comprender por qué Antena 3 dejó escapar tal potencia para años después convertirse en la cadena triste (y con razón). Aunque ahora pretendan subirse al carro de la actualidad televisiva con Casados A Primera Vista, ya quisieran las mejores entregas de este contar con las intrigas del de hace más de trece años. A veces avanzamos, pero otras nos quedamos estancados sin remedio. Además, necesitamos a Francine Gálvez de vuelta en la televisión. ¡Es urgente!

  • Granjero Busca Esposa: dejo para el último lugar el programa que para mí fue el más revelador de todos los de esta misma naturaleza que he visto. La maravillosa obra de Grundy Producciones (Sin Tetas No Hay Paraíso, Yo Soy Bea, Factor X) provocó un clic en mi cabeza: yo, que era seguidora acérrima de realities de corte “tradicional”, comenzaba a interesarme por otros productos que sobrepasaban los límites establecidos y se fusionaban con otros formatos. ¿Qué era aquello que me tenía enganchada, me hacía reír y esperaba con ansias a que llegara una nueva edición? Descubrimos el poder de Luján Arguelles para contar una historia cómica y nos maravillamos al comprobar cómo un casting de compatibilidad podía cambiar de forma radical en cualquier momento del programa. Lo que parecía un simple dating show rural provocó una fenómeno que, aunque no trasladable en las cifras (la última edición no superó el 8% de share), inspiró a todos los títulos que fueron aterrizando tras este. Este vídeo es tan solo una muestra de lo hilarante que puede resultar el casting de formatos como este. Pedro nos conquistó a todos por su falta de higiene dental y por su urgencia intestinal mientras pastoreaba ovejas.

La crítica y El Ministerio Del Hype

Me apodero de la expresión que acuñaban los críticos y espectadores que esperan impacientes el aterrizaje de la nueva serie de Televisión Española para la noche del martes. Algunos privilegiados ya pudieron disfrutar del primer episodio de El Ministerio del Tiempo la semana pasada y otros hemos tenido que conformarnos con alimentar nuestra ansia de productos de calidad desde el otro lado de la pantalla. En mi caso, leyendo, leyendo, leyendo y deseando que todo lo que leía fuera verdad.

Creación patria + ciencia ficción = ¿fórmula explosiva o fallida?

Javier y el fallecido Pablo Olivares apostaron por recuperar el antiguo gusto televisivo por lo fantástico, por lo que se escapara de la lógica que conocemos, por lo desconcertante. Con El Ministerio del Tiempo se desprenden de la concepción de “lo cutre” en relación con las historias fundamentadas en principios que nos resultan ajenos, en este caso, los viajes en el tiempo. A mí me resulta inevitable pensar en ciencia ficción sin que mi mente viaje hasta el set de grabación de Scavengers, en el cual un Bertín Osborne demasiado plateado para pasar por ser humano y demasiado peludo para ser un robot conducía un concurso sin pies ni cabeza. Pero ni la serie a la que esta noche asistimos a su estreno es un programa de desafío ni se dirige al mismo público. Tan solo confío en que nos cuenten una buena historia.

Los guionistas encargados de dar forma a El Ministerio del Tiempo ya nos han contado buenas historias en ocasiones anteriores. Aunque no he visto Isabel, loada por muchos y que no logra convencer a otros, sí que me tragué Pelotas años después de que fuera retirada de la parrilla y he de admitir que me reí a carcajadas con las mejores temporadas de Los Serrano (en las que Marcos y Eva todavía tonteaban y no se sabía nada de los SJK). Ahora, en un género arriesgado y para una audiencia resabiada, más aun tras las buenas palabras de los críticos más destroyers del país,  la historia que nos transmitan no solo tiene que ser buena. Tiene que ser la bomba.

Abriendo el apetito

Con el goteo constante de opiniones sobre la serie, con más incertidumbre que datos y con unas ganas terribles de probar a qué sabe la nueva ficción de la pública (Víctor Ros fue un aperitivo de lo más suculento), esta noche llega El Ministerio del Tiempo para conquistar a los espectadores como lo hizo con la crítica. En este vídeo podéis comprobar sus reacciones que, para sorpresa de quienes seguimos de cerca sus artículos y qué es lo que piensan sobre todo lo que se estrena en nuestra pequeña pantalla, sorprende hasta a la audiencia más estoica. Sin duda alguna, me quedo con el tweet-sentencia de Alberto Rey que, a diferencia de lo que estamos acostumbrados a leer en sus despiadados y maravillosos textos, califica la novedad como “muy buena”… ¡Guau!

Por si fuera poco, TVE colgaba en su página web los primeros cinco minutos de la serie que seguro dará que hablar esta temporada. Además, nos mostraba tres minutos más de la misma en la noche anterior a su estreno, y aunque con un visionado que resulta efímero, es cierto que notamos evidentes diferencias de calidad y escritura en comparación con ficciones de esta misma temporada… Pero, como las comparaciones son odiosas, no compararemos (por ahora). Vedlo vosotros y, si os parece, hablamos.

Hablemos, pues

El Ministerio del Tiempo ha prometido tanto (no por sí misma, sino por las voces de la crítica) que dudo mucho su fracaso. No solo me fío del criterio de quienes ya han podido disfrutar del primer episodio, sino del equipo que respalda a la ficción que seguro revolucionará la concepción del espectador de series extranjeras que rechaza cualquier creación nacional por, simplemente, ser española. Como con el cine y la música, siempre habrá quien se aleje de “lo suyo/nuestro” por prejuicio. Con El Ministerio del Tiempo (más bien, El Ministerio del Hype tras la expectación creada) esperamos que no nos sirvan ni los prejuicios ni la experiencia anterior (no podemos negar que han habido y habrán muy malos productos, pero de aquí y de la China popular). Por mi parte, tan solo con el material mostrado antes del estreno de la serie, la gestión del movimiento en redes sociales y los adelantos que nos dan a los espectadores (eso sí, a cucharaditas), ya me valen para confiar en que, más o menos buena, la ficción que viene será distinta a las demás. Y vosotros, ¿qué esperáis de El Ministerio del Tiempo?

IMAGEN: TVE

¿Estamos preparados para consumir buena ficción?

Si hace algunas semanas escribía sobre el hype creado tras conocer los nuevos contenidos que aterrizarían en el panorama nacional con el 2015, hoy os cuento por qué que me invadió anoche la negatividad después de asistir al estreno de Bajo Sospecha, la nueva serie de Antena 3 y Bambú Producciones, protagonizada por Blanca Portillo y Jon González y escrita por Ramón Campos y Gema Rodríguez Neira. A pesar de que los creadores de títulos como Gran Hotel, Hispania, Gran Reserva o Velvet han sabido dotar a la ficción de un realismo que echamos de menos en los anteriores títulos policiacos, me falta algo para considerarla la serie que nos merecemos.

A pesar de la expectación, los buenos datos arrojados el el primer día de emisión, la calidad de la fotografía y hasta la sorpresa causada (al menos, en mi caso) por un hilo argumental bastante bien definido y por unas actuaciones más que decentes, Bajo Sospecha me dejó un extraño regusto que no sé identificar tras varios días de reflexión desde que aterrizara en la pequeña pantalla. Ya conté qué me pareció en Perdidos en la Tele pero, como suele pasarme cuando analizo el estreno de una serie desde el punto de vista del espectador, me queda la espinita de cuestionarme por qué no me gusta lo que veo (o, en este caso, por qué no me convence) y de responder con lo que creo que ocurre para que esto suceda. Y, allá vamos.

Personajes ¿planos? = reacciones evidentes

Salvo excepciones, uno de los aspectos que no termina de pulir el mundo de la ficción televisiva española es el de la creación de personajes. Así como Jean Cité analizaba cómo Victor Ros, protagonista de la miniserie que llevaba su nombre, no resultaba creíble debido a su falta de matices negativos; creo que los personajes de Bajo Sospecha responden a criterios de definición bastante sencillos: él, dentro del estereotipo de casanova-listillo y ella, dentro del de estirada-listilla, juegan el evidente papel de la pareja-no pareja cuya tensión sexual no resuelta (T. S. N. R.) cansa más que engancha. A pesar de que hayamos podido ver bastante poco en el primer episodio de la temporada, tengo la sensación de que no darán mucho más de sí… Aunque espero que me sorprendan y tenga que escribir otro post rectificando.

Por otro lado, de los demás personajes que juegan un papel más o menos protagonista dentro de la serie, el que más me llama la atención es el jefe de policía. Aparentemente amigable, no duda en soltarle una patada en los huevos (literalmente, sin rodeos metafóricos ni nada, para la desgracia de nuestro casanova-listillo) en cuanto ve venir los problemas o, al menos, la intranquilidad de sus apacibles dominios. A Vidal, el personaje interpretado por Vicente Romero, parece importarle más que Víctor (Yon González) venga a Cienfuegos a meterse en sus asuntos que que la pobre Alicia, pequeña, desaparecida y vete tú a saber qué más cosas, haya dejado algún rastro que ilumine su búsqueda. Además, es el más creíble por estos matices de egoísmo e interés.

No queda sitio para la intriga

A pesar de que nos vendieron Bajo Sospecha como una serie de intriga, frenética y que no daría tregua al espectador en cuanto a la curiosidad que le produciría capítulo a capítulo, experimenté una gran decepción durante el visionado del primer episodio. Aunque tan solo presenciamos el detonante de las tramas, tanto de la central como de las secundarias que funcionan de afluentes de la principal, nos fastidiaron el quid de la cuestión: Alicia, la niña desaparecida, está viva. Podemos justificar esta siembra de información (en mi opinión, forzada) con que lo realmente importante no es el resultado de la búsqueda, sino cómo se realiza y qué desencadena en la familia y en la pareja de investigadores. Sin embargo, lo que no me cuadra es por qué se ejecuta en un punto del capítulo que no coincide con los picos de guion marcados. Llamadme tradicional, pero considero que es necesario que respetemos eso del detonante, primer punto de giro, segundo y clímax, al menos si el producto es español y al público que nos dirigimos también lo es.

Que no se cumpla la estructura básica en ciertos momentos produce que la intriga sufra una caída estrepitosa y sin remedio, pese a que a lo largo del episodio se respire un ambiente de tensión continua, de mal rollito entre los personajes y de preguntas en el aire: ¿Qué es lo que ocultan todos? ¿Por qué algunos están enfadados con otros? Aunque Alberto Rey afirme que Bajo Sospecha engancha “como una perra”, este efecto tan solo se produce durante el capítulo. La verdad, todavía no me ha quitado el sueño, y digo todavía porque confío en que esta ficción despegue capítulo a capítulo.

¿Estamos preparados para consumir buena ficción?

Pese a que las cadenas no estén dispuestas a ceder algunos números de share a cambio de un contenido más fino y exigente. La falsa creencia (al menos, la antigua creencia) del espectador que solo busca un descanso en la televisión, un contenido que no le haga pensar demasiado tras llegar exhausto del trabajo carece de sentido a estas alturas, más aun cuando los consumidores de ficciones extranjeras no hace más que crecer. Quiero creer que sí, que por supuesto que estamos preparados y, sobre todo, que nos merecemos la buena ficción. Hace mucho que no me conformo con la pasable.

IMAGEN: Antena3

Évole y la Espe-espantada: el arte de hacer preguntas y el deber de responderlas

El domingo asistimos a otro espectáculo lamentable patrocinado por uno de los mejores programas que ha parido la televisión de nuestros tiempos. Jordi Évole, anteriormente apodado como El Follonero, y con razón, se sentaba junto a Esperanza Aguirre en una cafetería cercana a la popular sede de Génova del Partido Popular. Comenzando la charla en un tono distendido aunque irónico, el regreso de Salvados con el estreno de la 2ª parte de su octava temporada auguraba un revuelo asegurado tanto en las informaciones televisivas de la mañana siguiente como en las redes sociales durante los momentos de emisión.

Desde que Évole se marcó la trola de Operación Palace (que, sentara mejor o peor y resultara más o menos creíble, es una pieza digna de revisionado y estudio) y dejó con las patas colgando a más de 5 millones de espectadores, el revoltoso reportero tan solo puede aspirar a sorprender al público. Él lo hace con maestría y desde una relativa sombra: otorgando el protagonismo al entrevistado, permitíendole explicar su punto de vista y ofreciéndole la oportunidad de dejarse a sí mismo con el culo al aire ante un público que sigue revolviéndose al comprobar que lo que se cuece en la política y en la actualidad nacional e internacional está tan lleno de basura como nos veníamos oliendo.

Esperanza Aguirre entraba sembrando un silencio sepulcral que obligaba a preguntarse si aquel fenómeno era habitual ante su presencia o tan solo se debía a la tensión del momento. La ex presidenta de la Comunidad de Madrid ya había protagonizado momentos polémicos en Antena 3, cadena del mismo grupo que laSexta, durante la semana, según parece, temiéndose lo que ocurriría la noche del domingo: de nuevo, su nombre se vería sumido en un bochornoso espectáculo televisivo desde que se levantara de su asiento y dejara a Jordi Évole con la palabra en la boca. Éste, sin más remedio que reírse de la situación, se ha vuelto a cubrir de gloria. Qué momentazo. Qué maravilla.

Sin embargo, la espantada a la que asistimos el domingo por parte de esta pobre sexagenaria no resultó motivo de éxtasis televisivo, más allá del buen sabor de boca que han dejado las audiencias del lunes por la mañana. Que la vuelta de Salvados haya arrojado un espléndido 21,2% de share no indica que a la gente le guste lo que ve, más bien todo lo contrario: el público quiere respuestas a las preguntas que formula, en este caso, mediante la perspicacia y la rapidez mental de Évole y el maravilloso equipo que lo respalda.

El chico que el equipo de Buenafuente descubriera cuando comenzaba la era de los 2000 se encuentra cada vez más cómodo en la que es ya su casa: esté donde esté y esté con quien esté, en la helada Finlandia o en el salón del mismísimo Artur Mas, lidiando con Juan Cotino (o con su hermano) o escuchando con una gran fortaleza a las víctimas del accidente del metro de Valencia. Mucho ha llovido desde que sus incómodas preguntas comenzaran a levantar los sarpullidos de más de uno, nada más y nada menos que siete años, cifra por la cual la señora Aguirre se sorprendía al encuentro de Évole. Sin embargo, a El Follonero no le pesan ni los aniversarios en antena ni los entrevistados a los que ha sacado los colores a lo largo de su camino. Ni, muchísimo menos, una resabiada Esperanza Aguirre que permanecía frente al curioso reportero con la coraza de la prepotencia que le caracteriza.

De nuevo, la estrategia de los balones fuera del campo y la media sonrisa que transmitía eso de “estoy jodida, pero contenta” dejaron entrever la fuerza del periodismo a la hora de contar historias que no solo interesan al público que se sienta a ver un programa de televisión un domingo por la noche, sino que son necesarias para que los ciudadanos configuren el mapa mental de la actualidad nacional, de lo que se cuece en el mundo que hay más allá de la pantalla que visualizan. La realización, la naturalidad de las escenas y un guión (más bien, una escaleta sencilla) de lo más distendido y, cómo no, los silencios resultaron los elementos necesarios para que el Aló Pablo (Aló Espe), como lo bautizó la mediática política, fuera un bombazo. ¿Cuál es el secreto para que la fórmula funcione a la perfección? No basta con echar en el caldero catódico un revoltijo de ingredientes susceptibles de ser sabrosos a los ojos del espectador, sino que los instrumentos para que la mezcla adquiera la textura correcta son esenciales: el ritmo marcado por los interlocutores, la agilidad del entrevistador y, por supuesto, el arte de realizar preguntas, aunque el deber de responderlas quede, en ocasiones, en un oscuro segundo plano.

Y tal y como vino, se fue. A las siete y diez de una tarde lluviosa de Madrid que, según afirmaba al comienzo del programa, había sido el primer día malo de aquel año. No se preocupe, Espe, que vendrán muchos más.

IMAGEN: La Sexta.

Las series que están por venir: nuevos escenarios, nuevas historias

Con el comienzo del año 2015 llegan a nuestros oídos (y, sobre todo, a nuestras pantallas a través de las redes sociales) noticias de cómo serán los próximos productos de televisión que se avecinan de cara a la nueva temporada. Tras la decepción que sufrimos con Alatriste, relegada al late night tras su fracaso, queda pensar que todo lo que está por venir será mucho mejor que la ficción que Telecinco estrenaba tras una larga espera. Pero, ¿cómo podemos identificar que el panorama comienza a cambiar? ¿Cuáles son las señales que nos indica que algo se remueve en los entresijos de las series “made in Spain” ?

Del cine a las series

Muchos profesionales de la gran industria cinematográfica ha comprobado que el mercado de las series es también digno de estudio y de atención. No solo los directores y actores extranjeros como Woody Allen, Kevin Spacey, Jeff Daniels, Matthew McConaughey, Martin Scorsese o J.J. Abrams; sino que el escenario nacional también se suma a la fiebre de la pequeña pantalla. Juan Antonio Bayona, español contagiado de Hollywood, probó suerte con Penny Dreadful, aunque la rodó a modo de película y no como la serie que es. Si en los 90 ocurría que los directores de la pequeña pantalla se mudaban al cine, ahora ocurre lo contrario: se lanzan a la creación de nuevos contenidos para televisión de la mano de grandes plataformas de difusión. Con esto me refiero a un caso particular que me ha sorprendido de una forma muy grata por el cual no puedo dejar de preguntarme cómo resultará el producto final. Alberto Rodríguez, director de 7 Vírgenes, Grupo 7 y La Isla Mínima, será el encargado de rodar la primera producción de Movistar Series que seguro no dejará indiferente a nadie. Ambientada en la Sevilla del siglo XVI asolada por la peste bubónica, estoy convencida de que las artes de Rodríguez y el grandísimo equipo que respalda el proyecto lo tratarán como un niño recién nacido y lo alimentarán para que se convierta en un producto de referencia. ¿Estaremos haciéndonos demasiadas ilusiones? ¿Quedará anclada por ser otra serie de época más? A pesar de que en ocasiones, los escenarios se repitan, quiero creer que todavía queda mucho que contar.

Refugiados y el hype por la novedad

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Natalia Tena, una de las protagonistas de la nueva ficción de LaSexta. Fuente: El Economista.

Las típicas historias que solían abundar en la televisión española parecen deshacerse a medida que el río de la calidad se llena de agua nueva y fresca. Lejos quedan las locas mesas de desayunos de Globomedia y sus familias perfectas-no tan perfectas (aunque se han intentado reanimar, sin éxito), así como las tramas de adolescentes que ya no interesan ni a esta franja en particular. Aunque se siga practicado el product placement hasta en las secuencias más insólitas y los jóvenes tengan más o menos relevancia en las historias de la actualidad, ahora se tratan distintas problemáticas: nos preocupa el porvenir más allá del área doméstica, pensamos en ciencia ficción e incluso llegamos a preguntarnos qué ocurriría si ocurriera un desastre a nivel mundial. Cuestiones que se plantean en ficciones como The Leftovers, Lost o Under the Dome han conquistado a los creativos patrios. ¿Por qué no llevarlas a las pantallas de los españoles, que poco conocen de los mundos distópicos a través de este medio? ¿Qué ocurriría si creamos una serie que englobe elementos de thriller, estética y tramas nunca vistas? Por lo pronto, a la crítica le gusta esta idea.

The Refugees nace de Bambú (Gran Hotel, Velvet) y la mismísima BBC, quien la coproduce junto con Atresmedia. Tan solo por su padrino británico ya alimenta el hype que se está produciendo alrededor de su llegada a la televisión. El guión, la clave que cautivó a la emblemática cadena, promete ser el elemento que la distinga de todas las demás ficciones que hemos visto en nuestras pantallas. Refugiados, como se llamará en España, es una serie para una audiencia activa, es decir, que disfrute comiéndose el coco y dándole vueltas a la cabeza. El público acostumbrado a ver exclusivamente a televisión convencional en nuestro país quizá no comprenda el sentido de esta nueva ficción y, quizá por ello me parece una de las apuestas más atrevidas de laSexta. ¿Confía en que la audiencia consumidora de productos extranjeros se enganche? ¿O pretende cambiar, poco a poco, la visión de los espectadores más pasivos? Estoy deseando que empiece.

Rabia y la llegada del high concept a España

Parte del elenco de Rabia. Fuente: Perdidos en la Tele

Desde que el espectador de productos televisivos nacionales tuvo acceso a ficciones que traspasaban las barreras geográficas e incluso culturales, las comparaciones han sido odiosas. Nada tiene que ver The X-Files con El Inquilino ni la adaptación española de Cheers, protagonizada por Antonio Resines, con su original. Sin embargo, resulta muy complicado no caer en la exigencia, en pedirle al producto español parecerse un poco a lo que acostumbramos a ver en la televisión extranjera que tanto nos cautiva. Aunque no despreciamos lo que se crea en nuestro escenario, tenemos la espinita del quiero y no puedo. ¿Y si esta percepción estuviera cambiando poco a poco?

2014 resultó un año revolucionario para la ficción española y salieron a la luz títulos que soprendieron a gran parte del público. Sin embargo, así como Pérez-Reverte se lamentaba de que Telencinco no era la HBO y, por ello (entre otras razones), Alatriste había resultado semejante bodrio; la parte restante de los espectadores siguen con la venda del “producto nacional y, por ende, mal producto” y no se desprende del prejuicio de lo español. Quiero pensar que 2015 será el año del cambio de mentalidad, de la apertura de miras y de la recepción de ficciones que conquiste al público rezagado. Por lo pronto, los creativos han comenzado a dar el salto y se está apostando no solo por historias distintas, sino por tendencias que en el extranjero ya ha generado éxitos. De nuevo, imitamos lo que se hace más allá de nuestras fronteras, por supuesto, aportando un toque de lo mejor de lo nuestro (espero, no voy a adelantarme a los acontecimientos). Isla Audiovisual y Mediaset han preparado un escenario fuera de lo común y un problema global para contextualizar su nueva serie. Rabia, a la que quieren bautizarla como la madre del high concept en España, promete aterrizar con aires nuevos a la televisión y convence en su presentación al espectador hastiado de los contenidos pasados de vuelta. Su reparto, más que correcto; su equipo, con grandes ideas y metas a corto y largo plazo. Solo espero que no sea un espejismo más.

¿Qué es lo que nos falta para dar el salto?

A pesar de las buenas intenciones, los proyectos no pueden llevarse a la realidad si no hay un señor (o un grupo de enchaquetados sentados alrededor de una mesa cara) que dé el visto bueno. Es conocido que ficciones sin pies ni cabeza han salido adelante por un puro sentido comercial, más bien, por una mala intuición comercial (por mucho que les moleste a algunos, dos tetas no tiran más que dos carretas a estas alturas de la televisión, o de según qué televisión). Quiero creer que estamos en otro punto, en el que la televisión como elemento formador de la cultura es cada vez más evidente. ¿Convencerán estas ficciones a la audiencia? ¿Debatiremos sobre las teorías que encierren las series españolas? ¿Asistiremos a la creación de un referente? Ojalá 2015 nos deje satisfechos.

IMAGEN: Canal Sur.

Navidad televisiva: qué nos gusta ver y qué no durante las fiestas

Como cada año, la programación se cubre de un halo navideño que inunda la parrilla de películas americanas sobre las aventuras de unos niños y sus padres con los espíritus típicos de la época, de especiales musicales que nos transportan a tiempos casi remotos, de caras conocidas y algo rancias presentando programas tan tópicos como los discursos de todas las fiestas y, sobre todo, de buenos deseos lanzados a través de todas las plataformas posibles (más aun cuando la tele no solo se ve en el salón de la vivienda, sino en el ordenador y el el teléfono móvil, ¡bienvenido a la era digital! Bienvenido a la publicidad incesante, estés donde estés). Como cada año, la Navidad llega a la televisión cargada de anuncios de juguetes, perfumes, turrones y de programación temática.

La Navidad: época ideal para quemar un buen producto

Pese a que el discurso del nuevo rey quizá sea lo más esperado por algunos telespectadores que no se pierden ningún 24 de diciembre el VTR del monarca en su oficina (¿cambiará de localización este año? ¿Estará acompañado? Veremos), a mí me entretiene más la nostalgia que los mensajes institucionales. Por ello, y a pesar de que todos los años se repitan los métodos, los momentos y hasta las coberturas de los reporteros en los distintos magazines matinales, me gusta ver el Sorteo de Lotería de Navidad porque, inevitablemente, me contagio de la euforia de la gente. Sin embargo, no empatizo con el teatrillo que nos ofrecen los especiales navideños de corte musical: ni con la gala de Raphael, que más que un imprescindible me parece un incesario en la televisión; ni con los especiales de supuesto humor que cada año son un poco peores que el anterior.

Miedo me da que con el 2015 regrese el mítico dúo Cruz y Raya, que tantas risas provocaban en mi casa allá por los 90 y que, estoy segura, se habrán quedado más que anticuados. Ni hablemos ya de que en Telecinco darán las campanadas los de Chiringuito de Pepe… A veces me pregunto hasta cuándo son capaces de quemar un producto que funcionaba para convertirlo, una vez más, en basura insignia de la cadena. Por supuesto, las Navidades son la época perfecta para que esto ocurra. TVE no se queda atrás con su especial de Masterchef, aunque todavía no me atrevo a predecir si será un nuevo batacazo o un éxito por los pelos.

Chiringuito de Pepe

No entiendo cómo este esperpento puede dar las campanadas en Telecinco… De qué me voy a extrañar, si hace nada las daba la Pantoja y su pequeño del alma.

Pero, a pesar del mal hacer de las televisiones y su gusto por meternos a cucharadas forzadas contenidos que no digerimos ni este año ni el que viene, hay cosas que no pasan de moda. Quizá porque siempre han estado ahí o, quizá, porque se han convertido en parte de nuestra vida y nos acompañan en rituales que repetimos año tras año. Recuerdo lo que me gusta ver el final del Concierto de Año Nuevo de Viena y contagiarme del entusiasmo del público, así como los saltos de esquí de Garmisch. Y vosotros, ¿qué veis durante la mañana del día 1 que no podéis dejar pasar año tras año?

 

TVE y la regresión temporal: la enfermedad degenerativa de la pública

Mientras que Televisión Española debería posicionarse como la cadena de referencia de información, contenidos culturales y formación mediante esta maravillosa plataforma que es la televisión, sigue inmersa en una espiral caótica de la que no es capaz de salir o, más bien, se encuentra demasiado cómoda en ella. Hacer buena tele es mucho más difícil que hacerla mediocre, y el mejor ejemplo de ello es que los penosos resultados de Sábado Sensacional en verano no han servido para abrir los ojos de quienes se han empeñado en hacer Telepasión para estas Navidades. Tras siete años sin emitirse, ya que creíamos que la televisión pública había evolucionado y los espectadores nos encontrábamos en otro estadio de recepción de contenidos, José Luis Moreno regresa cargado con sus peores armas: sus clichés de género y parejas, sus guiones vacíos y llenos de bromas repetitivas, más que rancias dignas de los peores cuñaos… Y con Carlos Lozano para Reyes.

Navidad TVE

Ana Obregón y Ramón García, ¿la pareja de moda televisiva? Hace unos diez años, quizá…

La tele autonómica: el caso del villancico en Canal Sur

A pesar de toda la morralla que encontramos en nuestras pantallas durante esta época, me gusta la Navidad en televisión. Me gustan las pelis americanas malas de nieve, luces y regalos, me gustan las cortinillas y promos navideñas y me gustan los especiales de Nochevieja de recortes musicales de hace veinte, treinta y cuarenta años. Me gusta que las televisiones se impliquen en esta época y me gusta cómo lo hace la televisión autonómica de Andalucía. En 2013, para la promoción de esta bonita iniciativa en la que animaban a los niños de los colegios e instituto de la comunidad a cantar el villancico ya institucional de la cadena (que hasta se han servido de ella en una chirigota), los presentadores del informativo de la autonómica se lanzaban cantar la famosa canción para la promoción.

Estas son las cosas que me enternecen de la televisión en Navidad, más que Ramones Garcías ni Anitas Obregones de turno, más que sorteos benéficos (que no faltan en esta época) y más que sorteos homenajes. Me gusta la Navidad y me gusta la tele, aunque estén ambas bastante complicadas.

IMÁGENES: Cadena SER

Leo a Saramago y veo Gran Hermano. ¿Y qué?

Si la televisión es el medio de comunicación más criticado por sus contenidos supuestamente banales, de bajo interés cultural o escasa formación (conceptos erróneos), el reality es el género que más rechaza la sociedad de cara a la galería. Sin embargo, las audiencias demuestran todo lo contrario: a la gente le gusta verlo, comentarlo en redes sociales y, en definitiva, disfrutar de todo lo bueno que aporta. Que sí, que lo hace. Por supuesto.

Soy y seré una defensora a ultranza del reality

Mi andadura comenzó cuando a los 8 años, de chiripa, vi la expulsión de Mª José Galera (GH1). Me he tragado todas y cada una de las ediciones de Gran Hermano, casi todas las de Operación Triunfo, varios Supervivientes (aunque a trompicones, vi la primera edición de “anónimos” y he visto por encima todas las de los famosos), La Casa de tu Vida, Perdidos en la Tribu, Granjero Busca Esposa (programa olvidado que merece un post… Y lo tendrá), Mujeres Ricas, Alaska y Mario, Curso del 63, Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo y algún que otro programa extranjero como Jersey Shore y el spin off de Snooki & Jwoww, Supersize VS Superskinny One Born Every Minute o Embarrassing Bodies entre otros. Se me escapan los títulos de los programas que no he seguido de forma habitual, aunque cada vez que encuentro un reality en la televisión me paro, al menos, a ver de qué se trata. Ahora estoy descubriendo los realities surcoreanos… Vamos, que soy una auténtica friki.

Una auténtica friki, pero ninguna friki

Todo el mundo tiene aficiones, más o menos dispares (yo lo comparo con el fútbol, ya que jamás conseguiré entender cómo puede atraer a las masas de la forma en que lo hace, pero lo respeto como lo que más). En ocasiones se me ha juzgado por ver y disfrutar de los realities, por vivirlos de manera apasionada. Siempre defiendo que, a diferencia de la imagen que posee la gente de que el reality es un contenido vacío, está lleno de factores culturales y de formación de pensamiento crítico. Además, el televidente empatiza con los concursantes y experimenta un sentimiento de identificación comparable con el que se produce con el cine o las series de televisión dramáticas. Por supuesto que el reality cuenta con elementos despreciables y que muchos de los titulos que podemos ver en la programación actual merecen morir pero, ¿acaso no hay canciones malas siendo la música una cosa maravillosa? No me gusta generalizar.

No hay guilty pleassures

No me siento culpable de ver ‘Gran Hermano’. Tampoco me siento culpable de disfrutar con mis demás aficiones, ¿por qué iba a hacerlo? Me gusta el deporte, el cine, la música y la lectura. Veo Gran Hermano y leo a Saramago, ¿y qué? Para gustos, colores. Habrá quien no soporte la novela realista del siglo XIX y no por ello sea menos culto que quien se emocione con un gol de su equipo o se pase días enteros haciendo cola para ver a su banda favorita en un concierto. Hace tiempo que pienso que los llamados guilty pleassures (aquellos placeres que hacen sentirnos culpables por disfrutarlos. Desde comerte un donut de chocolate en medio de una dieta hasta vivir apasionadamente el desenlace de una telenovela) no existen en realidad, sino que mucha gente prefiere que sigamos mintiendo al afirmar que vemos los documentales de La 2 (que si ya no los veía nadie hace diez años, cuando se escuchaba esta rancia expresión, ahora menos) a que seamos sinceros y declaremos que no solo vimos la primera edición del programa de “la vida en directo”, sino que nos hemos tragado muchas más. Yo, todas.

¿Y por qué nos da tanta vergüenza decir que hemos visto Aquí Hay Tomate (que cuando comenzó era un programa buenísimo, que no dejó títere con cabeza del caso Malaya), que todos conocemos las imágenes de Yola Berrocal gritando poseída ante un monitor en Hotel Glam y que, seguro, TODOS conocemos cómo se llamaba el primer ganador de Gran Hermano y, si me tiras, la segunda? Porque el reality en España está encasillado como un formato usado por la televisión más chabacana, aquella que tiende a la incultura de la audiencia para entretener con el humor más burdo… Quizá el reality en España no tenga el rodaje del que puede presumir el género en el extranjero, donde se utiliza para fines educativos y de explicación de fenómenos sociológicos. ¿A que esto no suena tan mal? La BBC produce esta cantidad ingente de realities… ¿Os sigue dando corte decir que veis Gran Hermano?

¿…Todavía no sabéis quién es?

 

Calentando motores

A mediados de septiembre comienza, como me gusta llamarlo, el reality por excelencia, del que llevo hablando meses antes de que se conociera fecha de estreno de la nueva edición. Y aunque mis compañeros de Perdidos en la Tele están preparando un espacio maravilloso para que, los frikis como yo, escribamos (charlemos, critiquemos, despotriquemos) sobre esta maravilla que es Gran Hermano; os seguiré dando la chapa con los aspectos más técnicos y enrevesados del programa por esta vía. ¿Quién se apunta a ver la 15ª edición de mi reality favorito?

IMAGEN: Gran Hermano

Yo gané el NaNoWriMo

Aunque el National Novel Writing Month empiece en noviembre, los lectores habituales del blog y mis redes sociales sabrán a estas alturas que soy una previsora compulsiva. Para los que todavía no lo sepan, escribo esta entrada para mostrar cómo lo hice. No fue nada del otro mundo: un poco de inspiración, noches en vela y salidas de la zona de confort a la fuerza que, a pesar de que resulte de lo más jodido, acaba convirtiéndose en un auténtico placer.

 

El cómo y el porqué

Conozco la iniciativa NaNoWriMo desde que comencé a “escribir” (no sé deciros una edad exacta, quizá a los 14 o 15 años). El año pasado decidí participar: acababa de matricularme en un máster que me obligaría a escribir cada día y me pareció la mejor manera para comenzar a engrasar la maquinaria. Sin embargo, pensé que aquello sería quizá la tarea más difícil a la que nunca me había enfrentado: comprometerme a escribir sin excusas, aunque para mí misma, me resultaba más complicado de lo que parece. Yo, que no era capaz de escribir dos páginas sin deshacerme del archivo al mínimo fallo, que me desencantaba (y lo sigo haciendo, no os engaño) cuando encontraba “agujeros” en lugar de remendarlos, iba a escribir una novela. ¡Una novela! Con todo lo que conlleva escribir una novela…

¿Estaba loca? Quizá, pero había planificado mi aventura con antelación y enfrentarme a un mes de estrés, falta de sueño y comidas de coco a todas horas me ilusionaba más que nada en el mundo. No me lo pensé dos veces, le conté a mis amigos y a mi familia que iba a pasar el mes de noviembre escribiendo (decirle a tus allegados que participas en el NaNoWriMo es casi tan importante como participar. Ellos serán un apoyo esencial en esta travesía) y llené una libreta de sinopsis, descripciones de personajes e ideas sueltas para que, cuando llegara el día 1 del temido (o deseado) mes, lo tuviera todo listo para comenzar.

E hice lo que jamás había conseguido: escribir sin mirar atrás. Me había encaprichado con mi historia a pesar de las lagunas que encontraba a medida que escribía, pero me dejó de preocupar cuando aprendí que la revisión sería una tarea que desempeñaría en el futuro. De hecho, mi “novela” se convirtió unos meses después en una serie dramática para televisión. NaNoWriMo me sirvió para desarrollar el argumento de la historia y describir múltiples líneas y posibles tramas… Todo una aventura creativa que, para quien no lo haya probado todavía, es digna de experimentar. Escribir 50.000 palabras en un mes puede dar miedo. Un post como este tiene poco más de 1.000 palabras y a veces nos cuesta la misma vida publicarlo. ¿Cómo vamos a ser capaces de escribir una novela? Creedme, no es tan difícil, mucho menos con ilusión.

Y así gané mi primer NaNoWriMo el 28 de noviembre de 2013, con días de margen por si me faltaba tiempo. Y me quedé corta: las 50.000 palabras que alcancé (51.000 y pico) no me fueron suficientes para cerrar la historia que tenía en mente, pero no me preocupaba el resultado final. Estaba muy orgullosa de haber realizado lo que me propuse. Los resultados ya vendrían después…

 

Decálogo para no abandonar a la semana

1. Planifica y vencerás: es esencial tener las cosas muy claras para cuando llegue el día 1 del mes más frenético y excitante (en cuanto a creación) del año. Pregúntate qué quieres escribir y cómo lo harás antes de comenzar a hacerlo.

2. No pierdas el norte: crea un mapa conceptual o una escaleta donde se vean representados los puntos clave de tu novela (detonantes, puntos de giro, clímax, etc) para saber qué camino debes tomar cuando te enfrentes a una encrucijada. Créeme, te enfrentarás a varias.

3. Plot, plot and plot (argumento, argumento y argumento): centrarnos en el argumento que hemos boceteado antes de comenzar el proceso es muy importante para combatir el síndrome de la hoja en blanco. Quizá nos surjan nuevas ideas que se alejen de la línea que trazamos al principio y siempre podemos anotarlas para el momento en que nos sirvan de ayuda. Lo que escribimos durante el mes de noviembre es tan solo un borrador, jamás una novela como tal. Tendremos todo el tiempo del mundo para reescribirla y revisarla (y destrozarla).

4. Aléjate de las excusas: para lograr alcanzar las 50.000 palabras en un mes tan solo debes escribir 1666 palabras al día, es decir, alrededor de 5 páginas a tamaño 12 y un interlineado de 1,5. Al principio asusta, pero no es para tanto.

5. Sé tan previsor como puedas: si un día no puedes escribir las palabras que te corresponden, procura escribirlas antes. Organiza tu calendario de forma inteligente, sin sobrecargarte con metas imposibles de alcanzar o dejando que la inspiración sea quien decida si conseguirás o no tus objetivos.

6. Encuentra tu espacio ideal: escribir en una zona en donde te sientas cómodo es esencial para que acometas la tarea que te has propuesto. Si no estás a gusto con la luz, la silla, el escritorio o el ordenador, cambia de método. A pesar de trabajar siempre en la misma habitación (o en la misma oficina o en la misma biblioteca), es normal que a veces nos bloqueemos y necesitemos cambiar de aires. Es una buena opción escribir en la terraza o cambiar el procesador de texto por una libreta y un bolígrafo.

7. No abandones tus responsabilidades: el NaNoWriMo no es un trabajo (a priori), sin embargo, tampoco es un pasatiempo. Ten claras tus prioridades y reserva un tiempo a escribir cada día.

8. Un hábito = 21 días: seguro que al principio te cuesta mucho más voluntad que a medida que pasen los días. Los expertos aseguran que si realizamos una tarea durante 21 días seguidos, aquello que nos hemos propuesto se convertirá en un hábito y dejará de ser una obligación.

9. No te dejes vencer: lo que estás haciendo es algo grande. 50.000 palabras no son moco de pavo… Siéntete orgulloso y sigue adelante con lo que te propusiste el día 1 y conseguirás el 30. No abandones ahora, ¡no lo hagas nunca!

10. Celebra tu victoria.

Este post va dedicado a Blanca Muñoz, quien se enfrentará conmigo a esta locura el próximo noviembre. Ella, como yo en un principio, tampoco se atrevía a embarcarse en proyectos a largo plazo y de tal extensión. Nosotras lo haremos juntas, ¿os apuntáis vosotros?

IMAGEN: Memories of old / Memorias de antaño, de Victor Nuño (Flickr)

A ti que no ves la tele

Por suerte, ya casi no se escucha a nadie presumir de no encender la televisión en todo el día, o “solo para ver el telediario a la hora de comer”. Y no porque esto fuera cierto, sino porque la tele se veía de una forma bien distinta a los diarios o la radio y a muchos les daba vergüenza admitir que se divertían con los concursos, que disfrutaban viendo cualquier “serie mala” del prime time y, por supuesto, que se conocían todos los nombres de los habitantes de la casa de Gran Hermano. ¡Hombre, por favor! ¡Si yo solo veo los documentales de La 2 y el Tour de Francia, para echar la cabezadita!…

Según el último estudio del EGM, la televisión es el medio que más consumen los ciudadanos, por encima de la radio e Internet. La llamada caja tonta, que demuestra cada día que no lo es en absoluto a pesar de que muchos pretendan desprestigiarla, posee una gran fuerza educativa y crítica. Y aunque cualquier tiempo pasado fuera mejor en materia de programación infantil (con títulos como Sabadabadá, Pinnic o la mítica La Bola de Cristal en TVE), cultural (Andalucía es de Cine, unos mini documentales que se produjeron para Canal Sur, la autonómica de Andalucía; o Experiencia TV, un certamen de reportajes en el que pueden participar estudiantes de Grados o Ciclos Formativos relacionados con la comunicación y que, tras una selección, son emitidos por Canal Sur*) o en contenidos de exclusivo entretenimiento (Un, Dos, Tres… Responda Otra Vez, El Precio Justo o El Gran Juego de la Oca quedan en el recuerdo de todos los telespectadores). Sin embargo, la televisión actual tiene poco que envidiarle a la de hace varias décadas. Y es que el medio más visto por los españoles ha evolucionado y sigue sorprendiendo.

La mujer que no tenía tele en su casa

Hace unos días hice un viaje en BlaBlaCar con un señor (que conducía el coche), con mi pareja y con otra chica. Pasamos las dos horas de trayecto hablando, en una charla bastante distendida y muy entretenida. Cómo no, llegamos al tema estrella de conversación: las tonterías que ve la gente en la tele, cómo la caja tonta que preside el salón funciona como una máquina de lavar cerebros y, por supuesto, si este medio es esencial para la vida o podemos prescindir de él. La mujer, desconocida para nosotros, afirmaba que llevaba 10 años sin tener tele en su casa y que no la echaba de menos en absoluto. Sin embargo, conocía la existencia de programas como Mujeres y Hombres y Viceversa gracias a un amigo suyo que le narraba lo absurdo de los relatos coordinados por la celestina de la televisión por excelencia, Emma García, y los pipiolos que suben y bajan las escaleras del plató en busca del “amor”. Por supuesto, jamás había visto Gran Hermano (ni similares) ni tenía la mínima intención de hacerlo.

Para mí, no ver la tele es lo mismo que no leer la prensa o no abrir un libro en meses. Yo no veo la tele como un instrumento destinado a atontar a la gente, más bien, opino todo lo contrario. Ocurre que la televisión (sobre todo, según qué contenidos más complejos como los realities, los docu-reportajes de temas controvertidos y los programas de debate político en el que confluyen opiniones de todos los colores) hay que saber verla, igual que hay que saber leer la prensa para no tirarnos de los pelos. Pero una persona no aprende por sí misma a analizar los contenidos, a contrastarlos y a no hacerlos suyos tras haberlos asumido en su pensamiento. Todo lo que aparece en la tele no es ni cierto ni bueno, ni siquiera los informativos, que debería ser el espacio más veraz. Como quien lee un libro escrito por una persona contraria a su ideología y sabe apreciar la calidad del relato (pienso en Vargas Llosa o en Pérez Reverte. Nadie puede negar que son grandes escritores y, sin embargo, no me identifico con ellos), la televisión debe verse de manera crítica: sin perder la noción de realidad y diferenciando de qué podemos nutrirnos y qué podemos desechar.

Cómo se aprende de la televisión

Me duele que la gente desprecie la televisión como un método educativo. Al igual que la prensa escrita de referencia (al menos supuesta) y las revistas especializadas son herramientas usadas para aprender, nadie rechaza al papel en su totalidad por el simple hecho de que las revistas del corazón más burdo e inútil se publiquen en un soporte similar. Con la televisión ocurre lo mismo: no importa quién (qué cadena, qué productora) o cómo se emita (en qué franja, en qué formato) , sino qué se emite y para qué. Es cierto que podemos criticar la manera en que está diseñado un producto porque nos resulte más o menos adecuado pero, si el fin es educativo, ya puede ser un programa de corte documental como un concurso.

Aprender de la televisión es tan sencillo como sentarnos en el sofá y, como decía un profesor de primaria, “tener las orejas bien abiertas”. El ser humano es una esponja y está dispuesto a captar todos los conocimientos que puedan ser útiles en un futuro… O no tan útiles.

Algunos hablan de “higiene mental” cuando presumen de no ver la televisión para evitar estímulos innecesarios. Seamos claros: los estímulos van a aparecer tengamos o no la tele encendida, tengamos o no tele en casa. Lo que importa es que, quien reciba estos estímulos, posea la inteligencia suficiente (adquirida por la experiencia, tras años de consumo de televisión y otros medios) como para saber con qué debe quedarse y con qué no.

¡Todos a ver la tele!

Aunque la programación televisiva sea soporífera en verano, yo recomiendo desde este pequeño altavoz que veáis la televisión. No hace falta que solo dediquéis un tiempo exclusivo a este medio, yo lo hago a la vez que realizo otras tareas: consulto las redes sociales, hago otros trabajos, navego… La verdad, soy incapaz de ver la televisión en exclusividad. La doble pantalla se ha convertido en esencial para mi vida diaria. Esto no significa que la tele me aburra, sino que los usos de este medio están mutando y que ya no somos un espectador ante una pantalla fría y unidireccional, sino que el público es más colectivo que nunca. Y esto es lo mejor que nos puede pasar a nosotros como audiencia y al ente televisivo: a los creadores de contenido, a los directivos y a los trabajadores. Si vemos la tele y opinamos qué nos parece, podremos hacer una televisión mejor en un futuro.

*Perdonad que solo haga referencias de Canal Sur, la autonómica de Andalucía, pero apenas conozco nada de las demás autonómicas. Ayudadme vosotros a hacerlo, ¿qué programas no puedo perderme de vuestras cadenas autonómicas?

IMAGEN: Television Head, de Pepe Kirchhoff.

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