Del domingo de septiembre que comenzaba la decimosexta edición del reality que más me entretiene, más me engancha y más me convence de la televisión; al miércoles que finalizaba parece que, más que tres meses, hayan pasado tres años. No sé si ha sido la entrega de Gran Hermano que más larga se me ha hecho, pero de lo que estoy segura es de que el programa que empecé a ver con ilusión no tiene nada que ver con el que terminó. Los secretos que prometían no dejar indiferente a ningún espectador han acabado aburriendo y los temas tratados a lo largo del recorrido se han ido desinflando a pesar de las pretensiones del equipo, pero cuando las bases son de todo menos sólidas es lógico que acabemos deseando que cese el sufrimiento lo antes posible. Esto no quita que no haya disfrutado de algunos momentos (contados con los dedos de una mano), pero siento que cada vez me cuesta más trabajo ser fiel a las galas de los jueves, a los debates de los domingos, a los resúmenes diarios y a todos los programas especiales que se sacan de la manga con la intención de mantenernos actualizados de todo lo que ocurre en Guadalix de la Sierra para que sea más sencillo engancharnos. Conmigo no lo han conseguido.

Un casting previsible

Pese a los intentos de sorpresa que hemos observado en las tramas de Aritz y Han (que, más que sorpresivas han llegado a ser de lo más pesadas y poco creíbles, en mi opinión) y la presencia de Maite y su rol de detonante del malestar (aunque tan solo por una semana, por suerte o por desgracia), la selección de los participantes ha vuelto a quedarse muy corta. Prueba de ello es que el perfil de las ganadoras de las últimas ediciones parece un calco: mujeres jóvenes y atractivas, desgraciadas en el amor durante el concurso. Estos desengaños les han catapultado al primer puesto del podio y, por supuesto, el programa también se lo ha puesto muy fácil: han introducido a terceras personas en la casa para alimentar las tramas, han idealizado estas tramas a través del montaje y, en plató, han gozado del beneficio de Mercedes Milá, defensora de las causas perdidas en lo que a amores imposibles se refiere. Solo hay que echar la vista atrás para comprobar que siempre ha habido concursantes así (Sabrina de GH2, Patricia de GH3, Nuria -Fresita- de GH5, Indhira de GH11, Laura de GH12, etc), aunque me alegro al saber que las mujeres fuertes y luchadoras quedan en un mejor lugar de mi memoria (Silvia de GH1, Inma Contreras de GH7, Laura Ceballos de GH8, Melania de GH9, Ana Toro de GH10, Terry de GH12, Alejandra de GH15). Por supuesto, la ganadora de la última edición de Gran Hermano no corresponde a este perfil, pese a que no puedo negar su fuerza, conseguida gracias al apoyo masculino sin excepciones.

He de confesar que la entrada de Han y los inicios de su relación con Aritz me llamó la atención: como bien se mencionó anoche, era la primera vez que en un Gran Hermano de España ocurría algo parecido y, tan solo por la novedad de los acontecimientos resultaba una trama atractiva aunque haya perdido fuelle con el tiempo y haya llegado a ser más un esperpento que una “relación pasional” motivada por la atracción dentro de la casa. Sin embargo, pese a lo llamativo inicial de la trama, quienes la conformaban han decepcionado: Aritz, que prometía no tener televisión en su buhardilla ni conocer absolutamente nada del universo que conforma no solo el reality al que entraría, sino sus alrededores, acabó siendo uno de los participantes más prudentes en el juego. Pero, tras desatarse la vorágine que desencadenaría en sus gritos, en los llantos del chino y en las mil y una reconciliaciones bajo los edredores más famosos de Guadalix de la Sierra; pude comprobar que el vasco sabía más del funcionamiento de Gran Hermano que muchos de sus compañeros.

El papagayo, testigo de la “amistad” (según Aritz) o “relación pasional” (según Han), según se mire. Fuente.

Por otro lado, el programa jugó de forma inoportuna con determinados perfiles, aunque supongo que lo hizo en su beneficio. Mientras quemaron a Muti tras una semana de invisibilidad en la que solo podía hablar con sus compañeros a ratos; usaron una repesca para potenciar los roles de los participantes que todavía quedaban dentro del concurso. Así, creo con firmeza que la vuelta de Raquel sirvió para que Sofía, quien estaba en la cuerda floja momentos antes de los conflictos que se presenciaron tras el regreso de la fisioterapeuta, se hiciera con el ansiado maletín gracias a los arranques de rabia y celos de su mayor enemiga. Al final, Gran Hermano 16 se ha sostenido en los pilares que varias ediciones anteriores también utilizaron: en los desengaños, en la lucha de egos en cuanto a lo sentimental y a la atracción física. ¿De verdad que no existe otra cosa? ¿Los directores de casting no encuentran nada más jugoso que esto? ¿O es que ya no nos interesa nada más? Qué queréis que os diga, pero yo no me veo saciada con este reparto.

Un debate bochornoso

Considero esencial que un reality extenso y complejo como este tenga el mayor número de puntos de vista posible porque, ya que resulta imposible que un solo espectador sea capaz de verlo todo, es muy interesante que pueda nutrirse del testimonio y opinión de quienes han realizado un visionado colaborativo. Por ello, aplaudo la labor de quienes trabajan en el minutado, así como la de los bloggeros que narran y opinan sobre lo que ocurre en la casa más televisiva del panorama nacional (después de la de Bertín Osborne, por supuesto). Sin embargo, así como disfruto leyendo páginas y páginas de Gran Hermano, me pongo muy nerviosa si es una jauría la que debate sobre el reality, a gritos, al mismo tiempo y con argumentos más penosos que válidos.

Disfrutaba del programa del domingo cuando estaba conformado por tan solo una mesa de colaboradores y un presentador, cuando se mostraban vídeos y se comentaban sin que la voz tuviera que sobrepasar a la masa de asistentes, antiguos concursantes, familiares y demás público presente en plató. Pese a que el late night me mataba, pienso que este debate era de lejos mejor que el que hoy tenemos: no sé si por falta de chicha (carisma de los concursantes, contenidos, etc) o por necesidad de innovar el formato para conseguir una buena cifra a la mañana siguiente, se fuerzan secciones que carecen de sentido y que no aportan nada al concurso ni a gran parte de la audiencia.

¿Es necesario que nos inventemos secciones absurdas, en lugar de que ofrezcamos a la audiencia razonamientos lógicos (mínimamente) para salvar o expulsar a los concursantes? Fuente.

Al final, he optado por no quedarme hasta las tantas, tan solo lo pongo y, de pasada, veo algún que otro vídeo que me he perdido durante la semana. Si le presto más atención de la que merece, acabo frustrada intentando sacar algo en claro entre grito y defensa inválida. No soy nadie para valorar quién lanza una afirmación más o menos correcta, pero no entiendo en base a qué se llenan las gradas porque prácticamente nadie de los presentes en plató son capaces de ejecutar lo que considero esencial para comprender el debate: contextualizar, defender y ser todo lo realistas que permitan los favoritismos, inevitables en este concurso. Por ello, no entiendo las acusaciones automáticas ni los “y tú más”. Ni aquí ni en ningún sitio. Y, como en el debate se potencia la confrontación frente a la discusión lógica, me bajo del carro. De otro más en Gran Hermano.

Promesas incumplidas

Más que la edición de los secretos, Gran Hermano 16 ha sido la edición de la decepción. Confieso que me maravilló la idea de la que partía esta última entrega del reality: información oculta tanto para los propios participantes como para los espectadores, lo que permitiría que  en el momento del descubrimiento todos los que componemos el conjunto nos sorprendiéramos. Yo esperaba un clímax como el que prometían en la primera gala, como el que alimentaban con el vídeo de proclamación del ganador de esta edición, como el que necesitábamos para no abandonar tras varios años de sopor y falta de emoción. De hecho, anoche seguía confiando en que el último secreto que quedaba por revelar servirían para reconciliarme con el formato y esperar la próxima edición con la ilusión que se me ha ido diluyendo a medida que transcurría el concurso y, cómo no, me quedé de nuevo con las ganas. ¿De verdad que el gran secreto de la edición era el de llevar a una hinchada de cada finalista para animar la elección del vencedor? ¿O era el de la participación de Rosa Benito y Rappel en la próxima edición de Gran Hermano VIP? ¿O es que era el del anuncio por parte de Mercedes Milá de otra edición más del reality por excelencia? De verdad, qué cansancio.

Os prometo que intenté mantener la energía a lo largo del reality, pero cada vez resultaba más difícil, sobre todo cuando ni siquiera la propia organización nos lo ponía fácil: desde la presentación de los concursantes se nos fue rompiendo la intriga (en un escenario donde las redes sociales están a la orden del día es sumamente complicado mantener un secreto) y descubrí que ni los secretos eran tan secretos ni el programa era lo que deseaba que fuera. De nuevo, me ha decepcionado.

Ay, qué sorpresa, no nos dimos cuenta del secreto de Marina… Durante los primeros 30 segundos. Fuente.

Tal y como ocurre en las mejores fiestas, que es mejor abandonarlas antes de que decaigan los ánimos, con Gran Hermano debería haberlo hecho hace ya varias ediciones. No quiero una decimoséptima entrega (que ya está confirmada). No quiero otra remesa de participantes cortados por el mismo patrón, no quiero que nos lo vendan como algo novedoso y sorprendente y no quiero ver las mismas historias rodando y rodando por Telecinco. Y aunque no me reconozco pidiéndolo, a quienes correspondan: por favor, no gastéis más esfuerzos intentando crear algo que nos emocione cuando, por razones que seguramente queden fuera de vuestro alcance, siempre acaben pidiéndoos lo mismo. Gran Hermano está más que muerto. ¿Por qué no lo enterramos de una vez?

IMAGEN: Vanitatis