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Etiqueta: Inspiración

NaNoWriMo: 5 excusas por las que no participaré este año

Lo siento. Comienzo este post pidiéndome perdón a mí misma. Primero, por haberme creado ilusiones durante casi dos meses, por esperar con ansias este momento y por echarme atrás a última hora. Segundo, por lamentarme. A pesar de que solo he participado en dos ocasiones, el NaNoWriMo se ha convertido en un imprescindible: me permite liberarme de las ataduras que yo misma me establezco, escribo sin mirar atrás y tan solo me concentro en la cifra (y en que la historia se sostenga, aunque solo sea un poquito). Este año no va a poder ser, pero no dejo de pensar en la sensación que me produce el reto, el esfuerzo y la recompensa al final del proyecto.

5 razones/excusas por las que este año me pierdo el NaNoWriMo

1. No he tenido una buena idea que desarrollar en los meses previos al National Novel Writing Month. Qué le vamos a hacer, pero a veces la inspiración no llega, mucho menos cuando no quedan huecos libres en mi cabeza.

2. No he tenido tiempo de planificar. Con uno o dos conflictos puede diseñarse una buena historia, pero esta vez me ha sido imposible centrarme, pararme a ordenar las ideas (más bien, los atisbos de ideas) y comenzar lo que podría ser un buen borrador.

3. No he organizado mi calendario. Mirando hacia adelante, soy consciente de que noviembre se avecina bastante complicado para mí en cuanto a lo profesional. No puedo permitirme complicármelo un poco más, pese a que la recompensa de ver el número 50.000 en el contador de palabras sea de lo más gratificante.

4. No puedo perder más horas de sueño. Este verano conseguí la Mi Band de Xiaomi y me sorprende lo poco que puedo llegar a dormir y lo mucho que me cunden los días. Si, además de todo, tuviera que escribir más de 1.600 palabras diarias, no creo que llegara viva a fin de mes.

5. No tengo claras mis prioridades. Al contrario que me ocurrió en los dos años anteriores, en esta ocasión no estoy segura de si el NaNoWriMo debe ir por delante de todo lo demás, sobre todo, de mi trabajo actual. Sé que un borrador puede ser una inversión a largo plazo, pero ahora tampoco puedo pensar a largo plazo, sino que debo hacerlo al día. Quizá este sea el punto que más me apena.

Hazlo por mí

A pesar de que solo he participado en dos ocasiones, tengo clavada la espinita por no poder hacerlo este año. Sigo de cerca a los wrimos de España, quienes cada año organizan quedadas en Zaragoza y se animan mutuamente a través de las redes sociales. En esta ocasión, no puedo unirme a ellos en la lucha hacia las 50k, pero no perderé la pista de quienes hayan decidido escribir el primer borrador de algo que, seguro, será mucho más que el principio de algo. Personalmente, el NaNoWriMo ha provocado en mí la sensación de motivación por la escritura que quizá ahora me falta, por lo que me encuentro en una de las mayores contradicciones que se me han planteado nunca: no escribo porque no escribo y, si escribiera, escribiría.

Por ello, os animo a hacerlo: apuntaos al reto. Todavía estáis a tiempo.

Vuelvo a escribir: la dificultad (y la satisfacción) de engrasar la maquinaria

Desde que llevo una vida tan frenética como ordenada he dejado de lado lo que más alegrías y berrinches me produce: no he vuelto a coger un folio y a garabatearlo, a darle forma a unos personajes y a complicarles la existencia de la forma más cruel y placentera tanto para mí como para quien los observe desde fuera. Tras varias semanas pensándolo en serio, hoy he decidido finalizar este periodo de barbecho y, volver a escribir y recuperar los proyectos que tenía guardados en un cajón.

Lo reconozco: como Dani Mateo, soy emprendedora porque inicio muchos proyectos, pero rara vez termino uno. Me ilusiono con demasiada facilidad y me resulta muy complicado dar por finalizados los jaleos en los que me meto. Y como no tengo excusas, me confieso en este espacio que es tan mío como de quienes me leéis.

Escribir: lo que me motiva y lo que me satura

Tengo la suerte de que me apasione algo que no tiene fin, al menos, a largo (larguísimo) plazo: la televisión, por mucho que se empeñen algunos en eliminarla del imaginario cultural universal, es un elemento siempre presente, en constante evolución y sorpresa para lo que nos gusta admirarla y desengranarla. Ahora estamos presenciando un periodo de cambio en la ficción nacional y, por suerte, no he dejado de comentar los nuevos contenidos que han ido aterrizando a nuestra pequeña pantalla. Sin embargo, en Vivir de la Tele no hablo de estrenos (a no ser que necesite un poco más de palabras, análisis o una visión distinta a la que aporto en Perdidos en la Tele), sino que voy más allá de lo que veo. Y esto, es una de las cosas que más me motivan para seguir escribiendo, no solo aquí, sino fuera de la “jaula” del post.

Sin embargo, la falta de tiempo y el “querer llevar todo para delante”, como decimos por el sur, son elementos incompatibles en lo que a la productividad efectiva se refiere. Porque sí, me considero una persona muy productiva: me paso el día pensando en todo lo que tengo que hacer y lo ordeno en mi cabeza para que, a la hora de la verdad, la maraña de tareas no pueda conmigo; pero la autoexigencia extrema que llevo practicando desde que iba al colegio no me permite dedicarle tan solo cinco minutos al día a este blog. O blanco o negro: o me siento y paso tardes enteras recopilando información, estructurando un post y, finalmente, escribiéndolo y publicándolo; o no hago nada. Y esto, es lo que me satura.

Aprendiendo a situarme en el ecuador de los estados

Y digo estado con minúscula, refiriéndome a los estados que experimento cuando Vivir de la Tele me viene a la cabeza. Y no solo por el blog, sino por todo lo que debería estar haciendo y no hago. Hace un año que decidí que un proyecto debía reposar algún tiempo, y me temo que ya ha tenido el descanso suficiente. Sin embargo, desempolvar las páginas escritas tiempo atrás me resulta una de las tareas más complicadas del mundo. Por suerte, no he dejado de trabajar en estos meses de parón y no he olvidado cómo golpear las teclas de mi ordenador. Algo es algo, ¿no?

Aunque todavía no me atrevo a lanzarme a la piscina de la reescritura (del repensamiento y del replanteamiento de todo lo que tenía claro, más bien, de lo que creía tener claro), sí que estoy en pleno proceso de preparación de lo que está por venir: quiero crear algo antes de que acabe 2015, algo más corto que extenso, y quizá pueda ser el comienzo de algo que puede alargarse. Sin embargo, hay que comenzar a engrasar la máquina antes de someterla a una carga de trabajo a la que no está acostumbrada porque, si no, puede romperse. Y en ese punto me encuentro, en el de “desacomodarme” y en el de ponerme en marcha.

Por suerte, y aunque no me haya parado a escribir, no he abandonado el proyecto ni un instante. Una profesora del Máster en Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual de la Universidad de Sevilla nos contó que si nos levantábamos con una idea en la cabeza y nos acostábamos con la misma, sería por algo. A mí me ocurre… ¿Será por algo? Quiero descubrirlo.

Más que de 0, empiezo de -5

Arrancar un coche que lleva años encerrado en un garaje es, más que complicado, casi heróico. Aunque mi caso no es comparable, me siento como si llevara años sin teclear una letra y la simple visión de la plantilla en blanco hace que el corazón me de un vuelco (pequeñito). No hay nada que me haga más feliz que escribir (más bien, que haber escrito, a lo Dorothy Parker) pero, a la vez, no hay nada que me resulte más trabajoso que sentarme en mi escritorio, eliminar el “ruido” que me desconcentra y sacar algo productivo de toda una tarde dándole vueltas al coco.

Ojalá todo esto me lleve hacia alguna parte y, si no lo hace, tampoco pasaría nada. He disfrutado mucho en el primer proceso de creación, que va desde el NaNoWriMo de 2013 hasta junio del año pasado. Un año después, tras ver las cosas desde la barrera y de convencerme de que mi proyecto no es tan ajeno como a veces he tenido que creer (obligándome a desvincularme tras haberle cogido demasiado cariño), vuelvo a la carga. Ahora comienza el segundo proceso, más bien, la segunda parte de un gran proceso: vuelvo a los mapas de tramas, a los corchos llenos de hojas, a las carpetas y carpetas desperdigadas por mi ordenador, a las copias de seguridad y a las pérdidas de sueño en mitad de la noche. Por supuesto, vuelvo a la libreta junto a la cama, ya que nunca se sabe cuándo puede pillarte la inspiración ni cuál será la idea que haga de mi proyecto un conjunto redondo.

¿Me ayudáis a no perderme en este viaje? Como apoyo del blog, hace poco que he creado un newsletter quincenal donde iré contando aquellas cosas que influyen en mi proceso de trabajo, para bien y para mal. Si, como yo, eres un “culo inquieto” y no puedes estar más de cinco minutos sin hacer nada, suscríbete y ayúdame a no rendirme. Escribir es tan sufrido como satisfactorio. ¿Seguimos luchando?

Yo gané el NaNoWriMo

Aunque el National Novel Writing Month empiece en noviembre, los lectores habituales del blog y mis redes sociales sabrán a estas alturas que soy una previsora compulsiva. Para los que todavía no lo sepan, escribo esta entrada para mostrar cómo lo hice. No fue nada del otro mundo: un poco de inspiración, noches en vela y salidas de la zona de confort a la fuerza que, a pesar de que resulte de lo más jodido, acaba convirtiéndose en un auténtico placer.

 

El cómo y el porqué

Conozco la iniciativa NaNoWriMo desde que comencé a “escribir” (no sé deciros una edad exacta, quizá a los 14 o 15 años). El año pasado decidí participar: acababa de matricularme en un máster que me obligaría a escribir cada día y me pareció la mejor manera para comenzar a engrasar la maquinaria. Sin embargo, pensé que aquello sería quizá la tarea más difícil a la que nunca me había enfrentado: comprometerme a escribir sin excusas, aunque para mí misma, me resultaba más complicado de lo que parece. Yo, que no era capaz de escribir dos páginas sin deshacerme del archivo al mínimo fallo, que me desencantaba (y lo sigo haciendo, no os engaño) cuando encontraba “agujeros” en lugar de remendarlos, iba a escribir una novela. ¡Una novela! Con todo lo que conlleva escribir una novela…

¿Estaba loca? Quizá, pero había planificado mi aventura con antelación y enfrentarme a un mes de estrés, falta de sueño y comidas de coco a todas horas me ilusionaba más que nada en el mundo. No me lo pensé dos veces, le conté a mis amigos y a mi familia que iba a pasar el mes de noviembre escribiendo (decirle a tus allegados que participas en el NaNoWriMo es casi tan importante como participar. Ellos serán un apoyo esencial en esta travesía) y llené una libreta de sinopsis, descripciones de personajes e ideas sueltas para que, cuando llegara el día 1 del temido (o deseado) mes, lo tuviera todo listo para comenzar.

E hice lo que jamás había conseguido: escribir sin mirar atrás. Me había encaprichado con mi historia a pesar de las lagunas que encontraba a medida que escribía, pero me dejó de preocupar cuando aprendí que la revisión sería una tarea que desempeñaría en el futuro. De hecho, mi “novela” se convirtió unos meses después en una serie dramática para televisión. NaNoWriMo me sirvió para desarrollar el argumento de la historia y describir múltiples líneas y posibles tramas… Todo una aventura creativa que, para quien no lo haya probado todavía, es digna de experimentar. Escribir 50.000 palabras en un mes puede dar miedo. Un post como este tiene poco más de 1.000 palabras y a veces nos cuesta la misma vida publicarlo. ¿Cómo vamos a ser capaces de escribir una novela? Creedme, no es tan difícil, mucho menos con ilusión.

Y así gané mi primer NaNoWriMo el 28 de noviembre de 2013, con días de margen por si me faltaba tiempo. Y me quedé corta: las 50.000 palabras que alcancé (51.000 y pico) no me fueron suficientes para cerrar la historia que tenía en mente, pero no me preocupaba el resultado final. Estaba muy orgullosa de haber realizado lo que me propuse. Los resultados ya vendrían después…

 

Decálogo para no abandonar a la semana

1. Planifica y vencerás: es esencial tener las cosas muy claras para cuando llegue el día 1 del mes más frenético y excitante (en cuanto a creación) del año. Pregúntate qué quieres escribir y cómo lo harás antes de comenzar a hacerlo.

2. No pierdas el norte: crea un mapa conceptual o una escaleta donde se vean representados los puntos clave de tu novela (detonantes, puntos de giro, clímax, etc) para saber qué camino debes tomar cuando te enfrentes a una encrucijada. Créeme, te enfrentarás a varias.

3. Plot, plot and plot (argumento, argumento y argumento): centrarnos en el argumento que hemos boceteado antes de comenzar el proceso es muy importante para combatir el síndrome de la hoja en blanco. Quizá nos surjan nuevas ideas que se alejen de la línea que trazamos al principio y siempre podemos anotarlas para el momento en que nos sirvan de ayuda. Lo que escribimos durante el mes de noviembre es tan solo un borrador, jamás una novela como tal. Tendremos todo el tiempo del mundo para reescribirla y revisarla (y destrozarla).

4. Aléjate de las excusas: para lograr alcanzar las 50.000 palabras en un mes tan solo debes escribir 1666 palabras al día, es decir, alrededor de 5 páginas a tamaño 12 y un interlineado de 1,5. Al principio asusta, pero no es para tanto.

5. Sé tan previsor como puedas: si un día no puedes escribir las palabras que te corresponden, procura escribirlas antes. Organiza tu calendario de forma inteligente, sin sobrecargarte con metas imposibles de alcanzar o dejando que la inspiración sea quien decida si conseguirás o no tus objetivos.

6. Encuentra tu espacio ideal: escribir en una zona en donde te sientas cómodo es esencial para que acometas la tarea que te has propuesto. Si no estás a gusto con la luz, la silla, el escritorio o el ordenador, cambia de método. A pesar de trabajar siempre en la misma habitación (o en la misma oficina o en la misma biblioteca), es normal que a veces nos bloqueemos y necesitemos cambiar de aires. Es una buena opción escribir en la terraza o cambiar el procesador de texto por una libreta y un bolígrafo.

7. No abandones tus responsabilidades: el NaNoWriMo no es un trabajo (a priori), sin embargo, tampoco es un pasatiempo. Ten claras tus prioridades y reserva un tiempo a escribir cada día.

8. Un hábito = 21 días: seguro que al principio te cuesta mucho más voluntad que a medida que pasen los días. Los expertos aseguran que si realizamos una tarea durante 21 días seguidos, aquello que nos hemos propuesto se convertirá en un hábito y dejará de ser una obligación.

9. No te dejes vencer: lo que estás haciendo es algo grande. 50.000 palabras no son moco de pavo… Siéntete orgulloso y sigue adelante con lo que te propusiste el día 1 y conseguirás el 30. No abandones ahora, ¡no lo hagas nunca!

10. Celebra tu victoria.

Este post va dedicado a Blanca Muñoz, quien se enfrentará conmigo a esta locura el próximo noviembre. Ella, como yo en un principio, tampoco se atrevía a embarcarse en proyectos a largo plazo y de tal extensión. Nosotras lo haremos juntas, ¿os apuntáis vosotros?

IMAGEN: Memories of old / Memorias de antaño, de Victor Nuño (Flickr)

¿Verano = Parón creativo?

El mes de julio lleva implícito aires de mudanza, de maletas por deshacer y desórdenes que resolver. Yo soy muy organizada dentro de un caos imposible de entender por muchos, por eso puedo pasarme semanas con macutos abiertos y bolsas llenas de no sé qué cosas alrededor de mi habitación. Sin embargo, soy incapaz de hacer nada productivo mientras en mi “zona de trabajo” hay un caos de trastos. Y cuando hablo de trastos no solo me refiero a los recuerdos del regreso a casa, también me refiero a los archivos olvidados en los rincones de mi ordenador e, incluso, a los papelotes de ideas sueltas que acumulo en mi escritorio. Con el cuarto ya recogido, la mesa despejada y el portátil formateado (soy muy maniática, suelo limpiarlo a fondo tres veces al año), me dispongo a enfrentarme a la apatía del verano en cuanto a lo creativo.

Y, ¿por dónde empiezo? La verdad, no estoy muy segura de cómo afrontar el parón. Desde que veía de lejos el fin de curso me propuse que estos dos meses de vacaciones no iba a permitirme una tregua, y no porque no la merezca.

Leer + pensar + escribir = crear

Yo soy persona de listas de tareas pendientes, de agendas llenas de anotaciones y, por qué no, de cumplir con lo que me propongo. Para este verano tengo una barbaridad de libros que leer, películas y series que ver, por lo que seguramente no pare de trabajar. Y digo trabajar porque nutrirse de novedades, alimentar la curiosidad y aprender sin descanso es esencial para el creador (ya seas guionista, novelista, cualquier profesión que implique creatividad). Carmen O. Carbonero, guionista de series como Los Serrano y Águila Roja entre otras, nos contó una tarde de máster que ella acostumbra a ver un capítulo de alguna serie antes de comenzar a escribir para “ponerse a tono”.

Mientras busco trabajo de lo mío (de guionista, de periodista, de productora, de lo que sea… De lo mío), yo también me pongo a tono: leo (nada de manuales, que ya me empapé bastante durante el curso), veo muchísima tele (para no variar) y veo muchísimas series. No puedo tomarme unas vacaciones en esto a pesar de que pueda llegar a saturarme, ¿quién sabe cuándo y dónde aparecerá la musa? Todo producto está inspirado en algo que hemos visto, escuchado o experimentado. Las ideas jamás proceden de la nada, por ello debemos permanecer en constante estado de recepción de estímulos que puedan resultarnos útiles en cualquier momento y en cualquier lugar: en la playa, echándote una siesta (a mí, los sueños me inspiran muchísimo) o dando una vuelta “con la fresquita”. El verano cuenta con escenarios ideales para poner nuestra maquinaria creativa a funcionar.

A mí me inspiran estas playas…

Lo tengo. ¿Cuál es el siguiente paso?

Con las ideas claras y el norte de nuestro proyecto definido, nos queda la parte más complicada del reto del verano: no estancarnos. Leí en el blog de Escrilia una entrada sobre las maneras de perder el tiempo para los escritores y decidí poner en práctica los consejos que proponía: establecer un horario de trabajo, permanecer el menor tiempo posible “conectada” (cuando desconecto el wifi de mi ordenador es cuando más me cunde el trabajo. Si necesito consultar un dato, lo anoto y lo hago después. Cada cosa a su tiempo) y, sobre todo, organizar mi zona de trabajo que, como mencioné antes, resulta un caos muy complicado de solucionar.

Para este verano he diseñado una lista de objetivos contabilizables que debo cumplir antes de que finalice el mes de septiembre. De esta manera, es muy sencillo saber en qué porcentaje hemos logrado lo que nos proponíamos a corto plazo, plantear qué podemos cambiar para mejorar este porcentaje y, sobre todo, conocer en qué nos hemos equivocado para que no vuelva a suceder la próxima vez que nos pongamos metas. Un objetivo contabilizable es aquel que puede medirse con cifras. Por ejemplo, si quieres proponerte escribir más cortometrajes este verano, piensa un número para construir tu meta. ¿Cuántos borradores crees que podrás conseguir en tres meses? ¿Tres, cuatro?

Ya me estoy arrepintiendo…

Sé que es muy difícil cumplir con todos los objetivos que nos propongamos al  principio del verano, no te angusties. Fallar no significa fracasar, es más, equivocarse es tan necesario como aprender. Quizá nos pasemos con nuestras metas, seguro que nos ponemos más de las que podamos alcanzar o nos quedemos cortos. ¿Qué más da? Lo único que importa es sacar algo en claro de nuestro trabajo, conocernos mejor a nosotros mismos como creadores: cuáles son las rutinas que mejor nos funcionan, a qué hora somos más productivos a la hora de escribir o qué manías tenemos.

Por lo pronto, yo estoy poniendo en práctica todo lo que os cuento aquí. Cuando termine el verano, ya veréis si me ha funcionado o me he quedado por el camino… ¡Deseadme suerte!

De agradecimientos y partos artístico-creativos: el proceso.

Siempre se me ha dado bien hablar en público. Desde el instituto (por suerte, comencé a presentar exposiciones con 16 años en 1º de Bachillerato) me ofrecía voluntaria para defender los trabajos en grupo de asignaturas como Historia de la Literatura Universal o Medios de Comunicación. Esta última, una optativa que ha desaparecido de la oferta educativa, fue la que me salvó la vida: descubrí el periodismo, la fotografía y el montaje de vídeo gracias a Macarena Astorga y me di cuenta de que no podía estudiar Turismo (lo que pretendía cuando entré en el Bachillerato, por aquello de los idiomas y que, viviendo en la Costa del Sol, era de lo poco que daba de comer… Y ahora, ni eso), sino que yo tenía algo dentro que debía sacar a base de capturar imágenes y escribir sin descanso.

Entré en Periodismo casi a trompicones, sin que me quedara más remedio que estudiar en un turno de tarde que me chupaba la energía a pesar de que sea un búho y prefiera trabajar cuando el sol ha caído. Cuando me cambié al turno matinal, me levantaba a las 5:30 de la mañana para coger un bus que me llevaba a la facultad desde mi ciudad. Fue una época bastante dura, aunque siempre he sabido ver el lado bueno de las cosas y disfrutaba pasando tiempo con mis amigas, a pesar de que algunas clases parecieran clones de otras que ya habíamos cursado (era muy normal estudiar el mismo temario en primero, segundo y tercero de carrera. No sé si con el Plan Bolonia habrá cambiado algo. Espero que sí). En 2º grabé un cortometraje (que jamás saldrá a la luz, ya sabéis, el odio que un autor puede tener hacia sus opera prima…) y me frustré como nunca en mi vida por haber obtenido una calificación mucho menor de la que merecía. Me di cuenta de que quienes no se apasionan con su profesión son incapaces de disfrutar con los trabajos de los apasionados. Y me dio tanta pena…

Cuántas horas he pasado encerrada en el sótano más productivo del mundo…/ Facultad de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Málaga

Por suerte, era muy complicado que yo me sintiera perdida. Siempre tuve muy claro qué quería hacer (tanto en lo personal como en lo profesional) e hice todo lo posible por “meter la cabeza” en el mundillo que más me llamaba la atención: el de la pequeña pantalla que siempre se había visto en mi casa como algo más que un simple entretenimiento. Mi madre, la mujer más crítica que conozco, jamás me ha dado tregua por ser su hija y ha sido la que más me ha machacado para que hiciera las cosas bien. Desde que comencé a escribir sobre televisión en medios digitales pequeñitos me echaba abajo todos los artículos por ser flojos y carentes de sentido. Y tenía razón. Cuando no se está demasiado motivada ni por los de arriba y no existen unos cánones de exigencia (y cuando se es bastante cría y no se sabe nada de lo que una escribe, como era mi caso), es normal escribir mierda y más mierda.

Hasta el último curso de carrera no tuve una asignatura de televisión, y qué corta se me hizo. Gracias a Juan Francisco Gutiérrez Lozano (no tendré palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, aunque él no lo sepa) aprendí los entresijos técnicos de la caja no tan tonta que cada vez me llamaba con más fuerza. A base de gritos y algún berrinche de pura impotencia por que las cosas no salieran tal y como yo veía en mi cabeza, me crecí ante las pantallas del control y descubrí que quizá no se me diera tan mal aquello de dirigir a un equipo, proponer alternativas en situaciones problemáticas y, en definitiva, hacer tele. A pesar de hiciéramos una basura de trabajo, recuerdo Edición y producción de la información en televisión como las mejores horas de toda la licenciatura.

Recuerdos de la pecera: cuando vuelvo a ver el Informativo del Canal 4 (nuestro grupo de trabajo), puedo escuchar mis gritos en un momento de silencio en el plató. ¡SON COLAS! ¡SON COLAS! Solo los entendidos (y los neuróticos como yo) me comprenderán. / Facultad de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Málaga

Antes de esto, en 3º de carrera, Pedro Farias Batlle nos preguntó a todos los alumnos de su clase para qué estábamos estudiando Periodismo. Yo, que estaba sentada en las últimas filas del aula, escuché con atención las respuestas de todos mis compañeros y llegué a frustrarme por no sentirme identificada con aquello que decían: muchos querían ser reporteros de guerra, enviados especiales, periodistas deportivos… Nada me llamaba la atención, nada me apasionaba. Cuando llegó mi turno, temblorosa (cosa que nunca me ocurría) dije: “Me llamo Ana Magdalena Quijano y estudio Periodismo porque, para escribir ficción, primero debo aprender a escribir sobre la realidad“… ¿Qué me acababa de ocurrir? Algo estaba cambiando. Sabía que quería hacer tele pero acababa de darme cuenta de qué tele quería escribir. Desde el primer curso me había convertido en seriéfila (todavía de pacotilla) y me había tragado Lost en plena época de exámenes de junio cuando todavía existía Megavideo (estudiaba durante los 72 minutos de espera. Lo aprobé todo…). Después vino The Sopranos y descubrí la magia de las series dramáticas. ¿Acaso la pantalla de mi ordenador me estaba llamando? Cuando yo veía aquellos capítulos sentía que tenía que ser yo la que escribiera esos maravillosos diálogos. Después, me bajé de las nubes. Tenía que hacer algo para conseguir lo que anhelaba, aunque jamás llegara a ser showrunner de la HBO ni escribiera Breaking Bad.

Me matriculé en el Máster en Guión, Narrativa y Creatividad de la Universidad de Sevilla y me mudé a la ciudad que voy a echar muchísimo de menos cuando ya no esté aquí. Aprendí no solo de los profesores que han pasado por el sótano hispano-dominicano que teníamos casi en propiedad, sino que tantas horas conversando de nada y de todo me han servido muchísimo más que estudiar cualquier manual de cientos de páginas. Gracias a vosotros, compañeros, he descubierto la magia de las palabras y he conocido a gente realmente apasionada por lo que hace: por crear sensaciones y por escribir guiones que no solo sean correctos, sino que muevan algo en el interior de quienes los leen o los ven hecho obras. Gracias también a los profesores que nos transmitieron tantísimo entusiasmo en tan solo un par de clases y de los cuales aprendimos sobre personajes, tramas y de la vida en general. Gracias a mi tutora del Trabajo de Fin de Máster, Cristina Carreras Lario, por compartir pasión por la televisión conmigo y por su atención durante este periodo tan importante para mí.

No estoy acostumbrada a escribir posts tan personales, pero a veces está bien dar las gracias a todas las personas implicadas en este proceso. Gracias por este año de convivencia a ti, por leer mis borradores y por darle la vuelta a mi pensamiento cuando me bloqueo y soy incapaz de dar un paso. Por inspirarme, siempre. Y gracias también a ti porque, aunque estés lejos, estás más cerca que nunca.

El lunes expondré mi Trabajo de Fin de Máster en este salón. Me impone un poquito bastante… / Facultad de Comunicación, Universidad de Sevilla

Finalmente, el lunes a las 10 de la mañana defiendo mi Trabajo de Fin de Máster ante un tribunal. Todavía no sé muy bien qué diré, ni si me pondré tan nerviosa que me tiemblen las piernas o si, por lo contrario, si me sentiré como cuando expongo ante mis compañeros y no tenga más que un poco de corte que se me pasa a los dos minutos. Una vez más, me inunda la incertidumbre, el pan nuestro de cada día (de mi vida). Y, ¿de qué iba a vivir yo si no es de incertidumbre?

De qué hablo cuando hablo de crear

Al más puro estilo Murakami, he querido escribir esta entrada por el simple placer que me produce escribir. Llevo mucho tiempo haciéndolo, desde que entré en primero de Periodismo y, hasta ahora, criticando los estrenos en Perdidos en la Tele, en clase por asignación y por gusto, por cuenta propia y sin tregua. Escribir no es solo escribir, para mí, es viajar lo que no puedo en la vida real, descubrir cosas nuevas, personas nuevas, crear el mundo. Y, aunque pueda parecer pretencioso, la labor del creador no es más que la de hacer sentir a los demás.

A finales de junio defiendo mi Trabajo de Fin de Máster ante un tribunal. Desde las Navidades pasadas estoy trabajando en él y la idea lleva rondándome la cabeza varios años. Vamos, que no es nada improvisado ni pensado por necesidad, sino que estoy creando la serie dramática “de mis sueños”. Y digo creando porque, aunque la haya entregado como un proyecto supuestamente terminado, sigo dándole vueltas para mejorarla y moverla en un futuro no muy lejano.

Murakami escribió una especie de autobiografía en la que relaciona el descubrimiento de su talento con la aventura del running. Yo, sin embargo, que todavía no me atrevo a correr un kilómetro seguido (aunque lo conseguiré algún día, lo prometo), he querido hacer algo parecido. ¿Qué significa la escritura para mí? Hace un año hubiera contestado sin pensarlo pero hoy, tras haber escrito más que nunca en mi vida en tan solo un curso escolar, no soy capaz de encontrar una definición que me convenza. La creación no se limita a escribir cincuenta páginas o unos versos, qué va…

Inspiración, ¿dónde encontrarla?

Desde que descubrí el placer de la escritura hago “rituales” para encontrar la inspiración en cualquier momento y lugar. Y aunque Picasso dijera que la inspiración siempre se encuentra trabajando, he pasado mucho tiempo esperando a que apareciera para ponerme manos a la obra y no he hecho más que perder el tiempo. Mientras encuentro a la musa, creo playlists de las cuales me canso pasadas dos semanas (o según los textos que tenga que escribir, los personajes que tenga que diseñar… Las circunstancias van variando), me paso las tardes mirando fotos bonitas en Instagram o leyendo noticias en la portada de Menéame o Reddit. Cuando miro el reloj, el tiempo se me ha echado encima sin que me haya dado cuenta.

He descubierto que tengo una gran facilidad para trabajar bajo presión, una bendición en mi profesión (como guionista y periodista, aplicable a ambas) y que es mejor escribir mucha basura de un tirón para revisarla después. No pensé que esta entrada estuviera repleta de citas célebres pero es inevitable al hablar de inspiración y rutinas literarias. Hace años encontré una imagen que llevé durante mucho tiempo de fondo de pantalla en el móvil para que me sirviera de recordatorio.

Un día me dio por investigar de dónde venía, cómo a Hemingway se le había ocurrido tal afirmación que significaba para mí mucho más que escribir borracha y editar sobria (yo lo relacioné con el hecho de escribir sin revisar y revisar sin escribir, un método que a mí me funciona por ahora). Bendito Reddit. En este blog se investiga que no hay material atribuible a este autor que confirme que Hemingway afirmó tal cosa. Peter De Vries, en su novela Reuben, Reuben, podemos leer:

Sometimes I write drunk and revise sober, and sometimes I write sober and revise drunk. But you have to have both elements in creation — the Apollonian and the Dionysian, or spontaneity and restraint, emotion and discipline.

He descubierto que la labor de investigación es una de los procesos que más me inspiran para escribir: leer la prensa, buscar en foros especializados, artículos en revistas, leer, leer, leer. Para escribir con verosimilitud hacer falta saber muchas cosas que solo se aprenden a base de constancia e inquietud. No conozco ningún guionista que carezca de curiosidad ni ningún escritor que pase un solo día sin leer algunas líneas. Tener los ojos bien abiertos es la mejor forma para inspirarse. Así que, he incluido esta premisa como una más dentro de mis “rituales”.

El resurgir del fénix: rescatando mierda de la papelera

Leí una entrada en Bloguionistas (portal indispensable para los que escribís o estáis interesados en el mundo del guión) donde se hablaba, por así decirlo, de la curva evolutiva que sufre un guionista a la largo del proceso de creación. Este párrafo resume a la perfección su esencia:

Los guionistas vivimos en un continuo “sube y baja” emocional. Un día, lo que estás escribiendo te parece la hostia, y al otro, una mierda. Así, sin término medio. Y para poder seguir escribiendo (y convertirse realmente en un guionista), lo mejor es aceptarlo. Somos así. ¿Qué resulta agotador? Desde luego. Pero es lo que hay (Lee el original aquí).

Siempre me he considerado una persona poco paciente pero, gracias a la escritura, he descubierto que soy todo lo contrario. Empeñarse en desarrollar una idea tal y como la trazamos en nuestro pensamiento, darle mil y una vueltas, escribir y reescribir lo mismo durante meses me ha servido como un ejercicio de control de la desesperación. Me he enganchado de personajes, les he cogido manía a otros, me he cansado de según qué tramas y he tenido pesadillas con las historias que creo. Sin embargo, he aprendido a aislarme de mis sentimientos, a convertirme en otra persona cuando escribo, en una especie de robot sin recuerdos ni experiencias. Crear es separarse del mundo conocido para sumergirnos en el que queremos escribir.

He llenado papeleras hasta arriba de hojas que no conseguía rellenar sin un solo tachón, me he arrepentido y he tenido que rescatar alguna que otra bola desecha. Una profesora del Máster en Guión, Narrativa y Creatividad que acabo de terminar, nos recomendó a principio de curso que no tiráramos un solo papel, a pesar de que nos parezca la tontería más gorda. Nos dijo que buscáramos una caja (o una carpeta o un archivador) y guardáramos todo aquello que escribiéramos porque, nunca se sabe, puede valernos en cualquier momento en el futuro. Y no sabéis la razón que tiene… Ahora rescato personajes que pensé años atrás y les estoy sacando más jugo que nunca para proyectos futuros.

Me estreno

Aunque a veces me las quiera dar de entendida (y, por supuesto, se quede en un intento fallido), no tengo idea de nada: ni de guión ni de blogs ni de creación ni de buscar inspiración y menos de encontrarla. 2014 está siendo un año de estrenos de todo tipo, sobre todo de lo relativo a lo “profesional”: ha sido la primera vez que he escrito guiones, que he creado una serie dramática, que he “trabajado” para una productora de televisión y que he hablado de series dramáticas en la radio. Tan solo espero que no se quede en eso, en un comienzo.

Con la defensa de mi Trabajo de Fin de Máster ante un tribunal doy por finalizada mi etapa como estudiante de guión. Sin embargo, no sé si puedo considerarme guionista todavía.

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Tema de Anders Norén.