Pese a que no tenía pensado escribir un post sobre el tema, no he podido evitarlo tras asistir al estreno de la segunda temporada de Pequeños Gigantes en el prime time del lunes en Telecinco. Ya lo hice el año pasado debido a la novedad del formato en Perdidos en la Tele y, por supuesto, las críticas no se hicieron esperar: un internauta bastante moderado en su tono pero muy radical en su discurso llegó a sugerir que yo, que parecía pasar por un “momento rabioso” o “falto de estímulos”, seguramente estaba llena no de envidia, sino de una mezcla entre admiración y deseos frustrados por llevar un “pequeño gigante” en mis adentros que jamás logró subirse a un escenario. Sí, yo también me quedé ojiplática. Tras este detalle, me pregunto si el supuesto mini yo vería cubiertas sus necesidades televisivas tras el visionado del programa, el cual todavía no soy capaz de encuadrar en una categoría.

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