Vuelvo a escribir: la dificultad (y la satisfacción) de engrasar la maquinaria

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Desde que llevo una vida tan frenética como ordenada he dejado de lado lo que más alegrías y berrinches me produce: no he vuelto a coger un folio y a garabatearlo, a darle forma a unos personajes y a complicarles la existencia de la forma más cruel y placentera tanto para mí como para quien los observe desde fuera. Tras varias semanas pensándolo en serio, hoy he decidido finalizar este periodo de barbecho y, volver a escribir y recuperar los proyectos que tenía guardados en un cajón.

Lo reconozco: como Dani Mateo, soy emprendedora porque inicio muchos proyectos, pero rara vez termino uno. Me ilusiono con demasiada facilidad y me resulta muy complicado dar por finalizados los jaleos en los que me meto. Y como no tengo excusas, me confieso en este espacio que es tan mío como de quienes me leéis.

Escribir: lo que me motiva y lo que me satura

Tengo la suerte de que me apasione algo que no tiene fin, al menos, a largo (larguísimo) plazo: la televisión, por mucho que se empeñen algunos en eliminarla del imaginario cultural universal, es un elemento siempre presente, en constante evolución y sorpresa para lo que nos gusta admirarla y desengranarla. Ahora estamos presenciando un periodo de cambio en la ficción nacional y, por suerte, no he dejado de comentar los nuevos contenidos que han ido aterrizando a nuestra pequeña pantalla. Sin embargo, en Vivir de la Tele no hablo de estrenos (a no ser que necesite un poco más de palabras, análisis o una visión distinta a la que aporto en Perdidos en la Tele), sino que voy más allá de lo que veo. Y esto, es una de las cosas que más me motivan para seguir escribiendo, no solo aquí, sino fuera de la “jaula” del post.

Sin embargo, la falta de tiempo y el “querer llevar todo para delante”, como decimos por el sur, son elementos incompatibles en lo que a la productividad efectiva se refiere. Porque sí, me considero una persona muy productiva: me paso el día pensando en todo lo que tengo que hacer y lo ordeno en mi cabeza para que, a la hora de la verdad, la maraña de tareas no pueda conmigo; pero la autoexigencia extrema que llevo practicando desde que iba al colegio no me permite dedicarle tan solo cinco minutos al día a este blog. O blanco o negro: o me siento y paso tardes enteras recopilando información, estructurando un post y, finalmente, escribiéndolo y publicándolo; o no hago nada. Y esto, es lo que me satura.

Aprendiendo a situarme en el ecuador de los estados

Y digo estado con minúscula, refiriéndome a los estados que experimento cuando Vivir de la Tele me viene a la cabeza. Y no solo por el blog, sino por todo lo que debería estar haciendo y no hago. Hace un año que decidí que un proyecto debía reposar algún tiempo, y me temo que ya ha tenido el descanso suficiente. Sin embargo, desempolvar las páginas escritas tiempo atrás me resulta una de las tareas más complicadas del mundo. Por suerte, no he dejado de trabajar en estos meses de parón y no he olvidado cómo golpear las teclas de mi ordenador. Algo es algo, ¿no?

Aunque todavía no me atrevo a lanzarme a la piscina de la reescritura (del repensamiento y del replanteamiento de todo lo que tenía claro, más bien, de lo que creía tener claro), sí que estoy en pleno proceso de preparación de lo que está por venir: quiero crear algo antes de que acabe 2015, algo más corto que extenso, y quizá pueda ser el comienzo de algo que puede alargarse. Sin embargo, hay que comenzar a engrasar la máquina antes de someterla a una carga de trabajo a la que no está acostumbrada porque, si no, puede romperse. Y en ese punto me encuentro, en el de “desacomodarme” y en el de ponerme en marcha.

Por suerte, y aunque no me haya parado a escribir, no he abandonado el proyecto ni un instante. Una profesora del Máster en Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual de la Universidad de Sevilla nos contó que si nos levantábamos con una idea en la cabeza y nos acostábamos con la misma, sería por algo. A mí me ocurre… ¿Será por algo? Quiero descubrirlo.

Más que de 0, empiezo de -5

Arrancar un coche que lleva años encerrado en un garaje es, más que complicado, casi heróico. Aunque mi caso no es comparable, me siento como si llevara años sin teclear una letra y la simple visión de la plantilla en blanco hace que el corazón me de un vuelco (pequeñito). No hay nada que me haga más feliz que escribir (más bien, que haber escrito, a lo Dorothy Parker) pero, a la vez, no hay nada que me resulte más trabajoso que sentarme en mi escritorio, eliminar el “ruido” que me desconcentra y sacar algo productivo de toda una tarde dándole vueltas al coco.

Ojalá todo esto me lleve hacia alguna parte y, si no lo hace, tampoco pasaría nada. He disfrutado mucho en el primer proceso de creación, que va desde el NaNoWriMo de 2013 hasta junio del año pasado. Un año después, tras ver las cosas desde la barrera y de convencerme de que mi proyecto no es tan ajeno como a veces he tenido que creer (obligándome a desvincularme tras haberle cogido demasiado cariño), vuelvo a la carga. Ahora comienza el segundo proceso, más bien, la segunda parte de un gran proceso: vuelvo a los mapas de tramas, a los corchos llenos de hojas, a las carpetas y carpetas desperdigadas por mi ordenador, a las copias de seguridad y a las pérdidas de sueño en mitad de la noche. Por supuesto, vuelvo a la libreta junto a la cama, ya que nunca se sabe cuándo puede pillarte la inspiración ni cuál será la idea que haga de mi proyecto un conjunto redondo.

¿Me ayudáis a no perderme en este viaje? Como apoyo del blog, hace poco que he creado un newsletter quincenal donde iré contando aquellas cosas que influyen en mi proceso de trabajo, para bien y para mal. Si, como yo, eres un “culo inquieto” y no puedes estar más de cinco minutos sin hacer nada, suscríbete y ayúdame a no rendirme. Escribir es tan sufrido como satisfactorio. ¿Seguimos luchando?